domingo, 15 de junio de 2014

Mi padre, Jennifer y yo






Los dos nos enamoramos a la misma vez de la misma muchacha, que no era mi madre, frente a un televisor en blanco y negro marca Elektron-216, en una tarde de los años setenta en Lawton, otra de esas palabras perdidas que nadie en el mundo podría pensar que son cubanas, excepto los cubanos.

Ella se moría en pantalla, Jennifer. Pero antes corría con él, Oliver, por las calles desconocidas de un milagro llamado los Estados Unidos. Y los dos eran hermosos y libres como el amor, y así de tiernos y irascibles, inmortales. Y comían nieve y se la tiraban por la cabeza. Y ninguno de los dos había oído hablar nunca de Fidel ni de la Revolución.

Mi padre se acaba de retirar. Había sido un gris burócrata de la industria nacionalizada de los polímeros de importación. De las Muñecas Lilí a los Plásticos Habana. Sus sucesivas oficinas, como sus camisas de cuadros, olían a nicotina y a aquella sonrisa salvífica de no pertenecer ni por un minuto a su entorno.

He dicho otras veces que se llamaba Dionisio Manuel, pero si no repito de vez en cuando su nombre doble, corremos el riesgo de que desaparezca antes de tiempo de mi memoria de exiliadito tardío, de prófugo de utilería, que vine de boconear en la misma cara del totalitarismo sólo para refugiarme a la vista de aquellos caserones nevados y estadios de hockey y frases hechas en inglés, en un país que no fuera tanto una patria, sino un espacio abierto donde morir mansamente entre extraños sin formar el menor aspaviento.

Las películas norteamericanas eran nuestro consuelo contra el comunismo. Nuestra escalera de sábanas para bajar al cielo. Yo fui su hijo de viejo (cuando nací, él cumpliría 53). Él conservó intacta para mí su colección de los cincuenta de Life, National Geographic, Reader´s Digest, y un descomunal laberinto de pocket-books que al parecer mi padre se robaba uno a uno de la Biblioteca Nacional José Martí (picket-books).

Esos libros y revistas, esa lengua muerta llamada el inglés, eran nuestra promesa secreta de que habría una sobrevida, un futuro sin fidelidades, una historia sin hipocresía, un no-lugar donde los dos nos enamoraríamos sin tiempo de la misma muchacha, que no sería mi madre, pero tampoco estaría dentro de un televisor en blanco y negro marca Elektron-216, sino en una ilusión de fonética fósil llamada The United States.

Bien, yo llegué ahora aquí. He corrido entre los estadios de hockey. He reído a ras de los ríos. He comido nieve (otra manera de comerse lo blanco, el bodrio, el vacío). Tengo, yo también, un amor de correr juntos hacia el abismo, con la muerte política pisándonos los talones y los padres.

A Dionisio Manuel se le acabó el tiempo mucho antes de las visas B2 de 5 años con múltiples entradas a USA, que ahora no se la niegan ya nadie en La Habana, excepto a mi madre, que de todas formas a sus 78 años ya no tendrá ninguna muchacha de quien enamorarse.

Es el Día de los Padres y yo estoy huérfano por partida doble. Y feliz. Fundamentalmente feliz.


Hasta los domingos poco a poco comienzan a parecerse a los domingos de nuestra imaginación de infancia indigente. Con suerte, muy pronto los dos seremos hermosos y libres y tiernos y irascibles y inmortales y ninguno habremos oído hablar antes de Fidel ni de la Revolución.