miércoles, 2 de julio de 2014

Street Sense


POETA COWBOY
Orlando Luis Pardo Lazo

Se llama Street Sense, algo así como El sentido de la calle, un título mucho mejor que los de cualquier revista o periódico cubano, incluidos por supuesto los del exilio.

Se publica cada 15 días en Washington, DC, la capital no sólo del imperio sino también de los homeless de Norteamérica. Nunca he visto a tantos sin-casa como aquí. Sobre todo en las estaciones del metro, que ellos ocupan a partir de determinadas horas, y cuyas escaleras eléctricas son las más largas del planeta, según he leído en Wikipedia. Pero también los veo por doquier a la intemperie de la lluvia de primavera, tan fría que espanta, y aún antes, en los días más duros del invierno infinito de esta ciudad.

Nadie nunca se tropieza dos veces con el mismo homeless, aunque atravieses dos mil veces por el mismo lugar. O se mueven. O se mueren. No hay una tercera opción.

En Street Sense publican muchos de estos homelessitos mansos, aquellos que no fueron devorados por el odio y el crimen y la enfermedad; los que todavía tienen suficiente claridad mental y nobleza de alma; los que tratan, como mejor pueden, de regresar a la maquinaria que alguna vez los vomitó, o por la cual ellos se hicieron triturar, acaso como resistencia contra la mediocridad hipócrita que implica cualquier éxito.

Conservo uno de esos periódicos desde el mes de marzo 2013. Ese fue el mes y el año en que llegué azorado a las madrugadas insomnes de Washington, DC, en el lujo mercenario del Hotel Dupont. Se lo compré, apenas aterrizado de un Megabus, a un street vendor que después resultó ser un autor publicado en la página 9. Un poeta sin techo, como yo. Sin otra cosa que sus palabras, como yo. Un vejete ajado que lucía orgulloso y para nada derrotado, al contrario que yo, en las afueras de Union Station. Me vio cara de colega y me abordó. Me dijo:

“I’m published here. Wanna buy it?”

Y era verdad. Su nombre o su seudónimo literario resultó ser Chris Shaw, The Cowboy Poet. El poema de mi colega, ilustrado con cristales de hielo, se llamaba y supongo que aún se llame The End of Winter. Mi poeta y promotor tenía miedo al invierno. En apenas 11 versos de una sola palabra, y a pesar de las opiniones de los peritos en calentamiento global, Shaw se quejaba alas I fear it will be back!

Un poema muy malo, como corresponde, como malo era que volviera otro invierno en el próximo fin de año del 2013, aunque por entonces aún no se iba de DC la versión brumosa del invierno de 2012, el que yo casi no cogí. Pude sentir en mi piel el sentido de la calle de la poética de Shaw, cuando en sus noches tuviera que conformarse con el refugio que le diera alguna institución benéfica. O con los paredones imposibles de una estación del subway, es posible que tapándose con los periódicos que no pudiera vender. Nadie sino yo le compró nada mientras los dos esperábamos que me vinieran a recoger sólo a mí (porque en marzo de 2013 yo era un contrarrevolucionario cubano de Cuba y me merecía una visa y un auto temporal).

Le pagué los dos dólares recomendados en primera plana por la propia publicación. Luego descubrí que la mayoría de los colaboradores de Street Sense firman sus artículos como Vendors. Son vendedores de esta prensa plana desesperada. Venden sus pobres palabras de papel gaceta, como todos en Estados Unidos a todo nivel se venden, pero ellos lo hacen a una escala salarial ínfima, ridícula: la de la esperanza que casi tuvo una segunda oportunidad. Casi.

Siendo ahora yo también un sin-casa, y más que eso, un sin-patria, sé que algún día me decidiré a venderles a los desconocidos que entren o salgan de las estaciones El sentido de la calle en los Estados Unidos de Nadamérica.

Vine de Cuba sin querer, arrasado en el centro de demasiados asesinatos de Estado en la cara del mundo y consumido en secreto de amor. La academia de izquierda me da un asco amable. Ganar dinero me aburre. La derecha es un delirio de la izquierda académica. Pero igual nunca más regresaré a mi Isla, nuestra Isla amada, intacta en la ira de nuestra imaginación más íntima e intimidante.

No regresaré, cubanos amados, aunque Dios o Google restauren allí la democracia con o sin un despilfarro de cadáveres dictatoriales. Me sería imposible la visión sin mí de mi hogar, de mi madre puesta a morir a solas entre las tablas centenarias de Fonts #125 esquina a Beales, de mis amores moribundos por mi indolencia y mi desesperación pero nunca mi desmemoria, de darme cuenta de vuelta en Cuba que los Estados Unidos fueron una pesadilla potable y que el exilio cubano es una evanescente eternidad, y ahogarme entonces en mi homelessidad ubicua, en mi altanera atrocidad de hombre libre y hermoso en la única ciudad del mundo que entendí mientras estuve vivo y también después, cuando sobremorí escupiendo carajos en la cara del tiranuelo de turno: La Habana.

Porque el totalitarismo es sólo eso: una mala maratón de relevos. ¿Y saben qué? Me quedo con el batón bien clavado donde mejor me quepa, en mi odio o mi crimen o mi enfermedad. No se lo pasaré a ningún cubano. Discúlpenme, ustedes y yo ya no somos contemporáneos.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Hace tiempo no escribias asi: en carne viva y sangrante: Bravo!
Me matas, me matas...tu dolor chorreante, rio seco de lagrimas acumuladas. Ah!, volver a casa, a la semilla: inocencia primigenia, utero humedo, sangre...

Algun dia te contare el porque tantos homeless en Washington. Te adelanto que en gran medida tiene que ver con el gobierno de R. Reagan.
Desde un campo de girasoles, perdida en una agonia sin fin, te abrazo fuerte, knight of a thousand stars. AT