viernes, 31 de octubre de 2014

Cubanos, carajo



Infinita lástima, infinita conmiseración. La maestra Odali ha escrito Maceo con “s” en la pizarra de mi escuela primaria y yo me he puesto a llorar. No pude evitarlo, fue así. “Maseo” con tiza y yo a llorar en medio del aula.

Eran tiempos terribles y tiernos. El mundo era azul; La Habana, blanca. Mis padres estaban vivos y eso era una certeza para la eternidad. Nadie enfermaba sin merecerlo. La gente reía. Los ojos brillaban, aunque fuera de lágrimas. La Revolución no era todavía verdad.

Estoy hablando de una casa de las afueras en una ciudad de las afueras en un país de las afueras en una historia sin afuera, una historia que era la pura interioridad. Íntima, intimidante, insular. No había intemperie.

La semana tenía días que no tenían nada que ver entre sí. Los lunes, por ejemplo, quedaban a kilómetros de los viernes. Abril y Octubre nunca caían en el mismo año. ¿Se dan cuenta? Estoy hablando de la felicidad.

La mirada de los perros que tuve en mi patio de tierra. El olor a resina que supuraban las mangas, que yo siempre supe que eran una fruta no relacionada con los mangos. El vaho que desprende el chapapote cuando el sol revienta los techos de Lawton. El rumor del barrio. En los Estados Unidos hay sonidos aislados, susurros o chillidos, pero no rumor. Los condados no suenan así. Es algo que tiene que ver con el mar, con la posibilidad de inundación y de fuga. La Habana sonaba como las caracolas. Y las caracolas suenan porque le hacen eco a la circulación de la sangre en nuestra propia cabeza.

No nos dábamos cuenta de nada. Éramos inmortales. Tan delicados. Teníamos una música maravillosa que era rigurosamente norteamericana. Ese Estados Unidos en la prohibida distancia era la patria que nos esperaba. Todavía nos espera allá lejos, en la memoria inimaginable. Porque tan cerca no se vale. En efecto, ahora, con los pasaportes del águila a mano, somos unos parias en todo el planeta. Mientras más libres parecemos, más flotamos en la nada de los esclavos. Hemos perdido la imposibilidad que nos redimía.

Las aceras de La Habana eran carreteras. Las raíces de los almendros las levantaban. El concreto de los años cincuenta tenía otra densidad, había sido depositado allí con estilo y cada cuadrícula tenía su propia personalidad. Sé que esas aceras sobrevivirán a la vida en la Tierra.

Y luego los flamboyanes. Y los pinos. Fueron los primeros en darse cuenta de la barbarie. Han ido muriendo. A los pinos los cortaron en masa hace dos o tres décadas. Los flamboyanes enfermaron. Cuando murieron los del Parque de la Asunción, decidí que nunca volvería a Cuba si alguna vez conseguía salir.

Todavía camino Manhattan y voy montado sobre el mapa reflejo de La Habana. Miami no, porque Miami no tiene mapa, es una totalidad intangible. En Manhattan cada esquina tiene su clon en La Habana y es muy fácil ubicarse. Dos ciudades-islas en dos países que no les pertenecen.

Son las cuatro y media de la madrugada en Rhode Island, isla rodante. La luna es nueva y no permite dormir. Estoy convencido de que estaré muchos días sin dormir a partir ahora. Y luego caeré, como un pino o un flamboyán, rendido. Tendido.

La palabra “Maseo” se ve mucho más humana escrita con s sobre la pizarra. Pero ya ninguna combinación de letras me da deseos de llorar. Es que no las veo como palabras. He olvidado el reflejo instintivo de leer. Todo es información aquí, ni siquiera es necesario leerla. La información es innata y no te habla a ti sino a tu capital.

Los cubanos no tenemos contemporáneos. Somos el único pueblo de personas que no tienden a nada. Esa es nuestra salvación. Ser un pueblo impueblizable.

Todavía los quiero. Todavía no sé amar a nadie nacido en otros perfectos pueblos impersonales. Ese cariño es nuestra condena. Amar en cubano. Aprender de nuevo a leer debe ser eso, repetir ciertas sílabas hasta que se nos confundan con nuestras perdidas e imperdibles palabras:

Todavía yo te amo. ¿Tú todavía me amas?


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Palabras que duelen OLPL, como duele el recuerdo del pais que amamos, gracias...

machetico dijo...

Ese K9 tiene mirada inteligente.

Teresa dijo...

Deambular por pasillos ajenos toda la vida.