viernes, 5 de diciembre de 2014

Lo que dije en FIU


Desde la época del Telón de Acero y los socialismos soviéticos, solidaridad ha sido una palabra con valor de uso anti-totalitario. En los modelos dictatoriales que imponen los comunistas cada vez que en la Historia han alcanzado el poder, se hace imposible socializar al margen del Estado-Dios. Todo vínculo social queda regulado según las conveniencias de un régimen que en principio todo lo politiza, pero en la práctica despolitizan la sociedad.

No hay vida política después que los Partidos Comunistas se apropian del poder, sea por las balas o por las boletas. Esta evidencia debería bastar para ponderar si los partidos comunistas, como los fascistas o racistas o fundamentalistas, se merecen la responsabilidad de participar en el juego democrático. Los partidos que aspiran no a ser parte sino a convertirse en el todo, no han demostrado responden ni respetar el imperio de la ley.

Ante esa falsa socialización en masa de los socialismos estancados en el poder, ser solidario a nivel individual es entonces una manera de vivir en la verdad, de involucrarse en el complejo tejido social, de reaccionar contra las injusticias sistémicas, de no dejar solos a los desplazados por la utopía.

Ante el monolito estatal que secuestra a todo el espectro ideológico, la solidaridad encarna el redescubrimiento del individuo, de su libertad interior y sus derechos de manifestarla; también la revalorización de su dignidad en tanto persona, de su inviolable condición de ser humano. La solidaridad devino así un vocablo secreto, subversivo, redentor.

En Cuba, el prestigio de este vocablo, como el lenguaje todo que ha sido minado hasta lo miserable por el Estado, es sinónimo de peligrosidad. La solidaridad, una palabra de sol, fue forzada a las catacumbas de lo contrarrevolucionario. Lo mismo que el término derechos humanos, la solidaridad sufrió el estigma del clandestinaje. Sospecho que la solidaridad ni siquiera despierta tantas simpatías en el cubano común, que la asocia con conspiraciones incubadas en el extranjero y así justifica su propia humillación de sobrevivir con la cabeza gacha.

Los pueblos aprenden de sus tiranos. Y en este sentido, el pueblo cubano es cínicamente sabio. A estas alturas de la historia es casi injusto pedirles más. Hemos sancionado al castrismo con nuestras mejores armas espontáneas, por más que esas mismas armas nos hagan un poco cómplices: el silencio, la apatía, la represión por inercia, la simulación sin otra ética que no sea el instinto de conservación. Ante un régimen como el de los Castros predicar pacíficamente la solidaridad es también recordarnos que todo evangelio culmina en un vía crucis, en las manos mortíferas de la Seguridad del Estado, un organismo dedicado precisamente a disolver cualquier traza de solidaridad.

De ahí lo precioso del menor gesto de muchos amigos extranjeros de mirar y trabajar y arriesgarse por Cuba sin la camisa de fuerza de los mitos compensatorios de la Revolución: los programas sociales, el alto nivel profesional de nuestros paisanos, y la estabilidad al precio de la esterilidad de la vida en nuestra burbuja verde-oliva, que ahora está mutando del color de los uniformes al color de los dólares.

De ahí lo invaluable de los gestos de coraje de los cubanos rodeados del castrismo por todas partes. Castrismo chantajista y castrismo académico, o ambos. Castrismo bursátil y castrismo a lo bestia, o ambos. Castrismo idiota y castrismo ideológico, o ambos. Castrismo como terapia anti-establishment o castrismo sentimental de la reconciliación.

Sin caer en pesimismos paralizantes, hay en esta tragedia escaso espacio para la esperanza, y por eso la esperanza brilla al punto de la virtud. Es este matonismo de Estado lo que hace que ni un solo líder de los movimientos pro-democráticos en Cuba haya dejado de anunciar de antemano su muerte, ejecutada con especial ensañamiento en los casos de Laura Pollán y Oswaldo Payá.

La diasporización de nuestra nación comienza con la indolencia ante la injusticia ajena, mientras no nos incumba en lo personal. E incluso, después de que nos incumbe, muchas veces los cubanos prefieren sepultar su dolor y su daño, no permitir que una mano amiga “politice” su trauma, presumiendo que de hacerlo las cosas podrían ponérsenos un poco peor.

Es así como terminamos siendo como pueblo la fuente de gobernabilidad más fiable del fidelismo: su materia prima que no lo traiciona. Aunque, como ya he dicho, también día a día votamos en un plebiscito con los pies que es uno de los síntomas más sostenidos que debieran ponerse en la balanza de las bonanzas de la Revolución: nos vamos, así sea para virar; nos vamos así sea para construir una nueva esclavitud post-nacional, donde sabemos que la política sigue siendo no parte de nuestra vida, sino un todo terrible cuyo largo brazo de la barbarie podría alcanzar a nuestra familia en cualquier rincón.

Ni una sola de mis columnas y fotos desde mi ostracismo en La Habana hubiera tenido el mismo impacto de no haber sido por la solidaridad casi siempre de los sobrevivientes al socialismo. Esto jamás implicó la mínima injerencia en mis contenidos. No he evolucionado en términos de denuncia: es posible que ni siquiera sea un demócrata en tanto autor interesado en lo terminal, de ahí que antes de saberlo ya era libre al punto de lo intolerable. No me interesan la corrección (mental o corporal) y me aburren toda creación que desde su génesis ya define su destino (y su sentido). Me obsesionan los límites de la provocación, y mi furia y mis autos de fe con Cuba no se quedan en la finquita fósil del fidelismo, sino que buscan en los huecos negros de nuestra democracia que nunca supo valerse sin la moneda de cambio de la violencia, empezando por la tierra arrasada de las guerras de independencias que consagraron los litros de sangre derramada como un valor universal, el martirologio antes que la concertación, el suicidio antes que la claudicación, el odio a nosotros mismos mutado en el odio a la diferencia cubana: una indigencia civil que resulta típicamente tribal y que en pleno siglo XXI todavía nos tienta y nos traba.

Son muchos las anécdotas dramáticas de solidaridad con esa Cuba libre imaginaria, a la par que es inconsolable nuestro desamparo en tanto pueblo bajo un apartheid que el mundo no le concede apenas prestigio. Como colofón, quisiera mencionar un ejemplo exclusivo de eso que los cubanos nos cuidamos de citar por el miedo —a ratos mediocre y ratos mezquino— de quedarnos en territorio de nadie, dentro y fuera de Cuba, como si ya no fuéramos parias a perpetuidad, fuera y dentro de Cuba.

Me refiero a la solidaridad legislada, a los escasísimos documentos que han intentado acceder a la fuerza liberadora de lo legal. En Cuba, por supuesto, ninguna iniciativa ciudadana apuntó de manera tan radical a la refundación nacional como el Proyecto Varela, que de Oswaldo Payá tuvo su genio de inspiración y perseverancia, pero que fue nuestra gran marcha pública de cara a los usurpadores de la Ley, y también un hito histórico para que las próximas generaciones sepan que se intentó todo antes de la masacre, que no hubo manera humana de decirle a los Castros que no son bienvenidos en nuestra patria, y que son ellos y no ninguna potencia extranjera los que han secuestrado nuestra soberanía como nación.

Otros documentos de solidaridad legislada, que tampoco parecen estar hoy de moda entre una disidencia que ya no pretende ser oposición, y mucho menos dejar de ser oposición y aspirar al poder a través de las boletas y no con las balas, estaría en la legislación norteamericana. Lapídenme como siempre me han lapidado los castristas antes y después de Castro, pero es un acto en el mejor de los casos de ignorancia no citar que la llamada ley Helms-Burton es en realidad la Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act.

Más allá de tecnicismos de geopolítica, ese documento fija las claves para la desaparición el embargo financiero norteamericano, y esos escasos acápites para la normalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos pero sin complicidades con el castrismo, son mucho más respetuosos de los cubanos que la avalancha de editoriales de The New York Times o las campañas de las ONGs que desde Miami hasta Washington DC quieren catalizar el cambio-fraude cubano, la auto-transición del poder al poder y no de la ley a ley, de un castrismo cansado a un post-castrismo dinástico con los Castros herederos de literalmente sangre.

En su Sección 205 se enumeran con carácter legal las características mínimas para echar a andar nuestra demorada democracia: Legalizar la actividad política. Liberar a los prisioneros políticos. Compromiso de sostener elecciones libres. Independencia entre los poderes del Estado. Legalización de los sindicatos obreros. Libre expresión individual y de prensa. Respeto a la propiedad privada. Protección de los derechos de los ciudadanos de la Isla y el Exilio.


En este riesgoso contexto donde se construye en Cuba un capitalismo de Estado no menos totalitario que el comunismo (que es otra manera de capitalismo centralizado), tal vez sea pertinente que los cubanos con una voz empoderada por su labor a favor de la libertad, exijan a las democracias no una sino muchas leyes de la libertad, para que los jerarcas de La Habana, que jamás se sentarían a una mesa de concertación porque no reconocen a sus enemigos más que como exterminios selectivos por ejecutar, al menos sientan una presión efectiva y legal, contraproducente para sus tácticas opacas, que sea una indicación inequívoca de que no son depositarios de ninguna legitimidad, porque 56 años gobernando de manera beligerante, inconsulta y manipuladora de la voluntad popular, son más que demasiados. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Magnifico, gracias Orlando