viernes, 19 de diciembre de 2014

Mírame Miami y por tu muerte no llores




Alan Gross, como todo norteamericano que entra en contacto con el castrismo, y lo defiende incluso desde un cautiverio de mentiritas, atacando a su propio gobierno con reclamaciones millonarias, es un hombre malo. Sus amenacitas de suicidio, su falta de solidaridad con el exilio y la sociedad civil dentro de la Isla, su religiosidad retrógrada de salmos y milagrerías, su silencio cómplice con los asesinatos que cometió el castrismo mientras él supuestamente estaba en prisión, su abogado pagado por La Habana, su apoyo al levantamiento de un embargo que no parecía de su incumbencia cuando se hizo contratar por la USAID, su chicharronería con el Presidente Obama, su lealtad admirativa a los sacrosantos cojones de Raúl, su sospechosa pérdida de la dentición a la velocidad record de un diente por año, su pose y su esposa con pinta de izquierda insulsa, en fin: cuán fósil, cuánta fealdad, Estados Sumidos de Fidelidad…

Y, en simultáneo, el desembarco triunfal en la Isla de los 5 espías tanáticos, con sus músculos de matar con las manos, con sus miradas huecas de quienes se saben títeres de un poder tétrico que los puede hacer talco para la pinga, con sus denticiones exageradas, rodeados de un pueblo que hace décadas no es ya ni plebe, populacho perverso y paupérrimo, aterrados en su miedo que va de lo mezquino a la mediocridad, chachareando entre los vecinos en una lengua que los cubanos libres desconocemos porque es una jerga de establo, de Estado.

Cubanos, no nos hagamos ilusiones. La estupidez patria puede ser detenida aprovechando esta enésima coyuntura criminal de la historia. Nunca vamos a vivir en libertad. La tierra está maldecida contra nuestra belleza volátil. La raza que habita en la Isla es infecta y es ya indescontaminable. Los lúcidos, los virtuosos, escapan sin mirar nunca por encima del hombro, o han de pagar el precio corajudo de ser mártires eliminados a sangre fría, como el alma sagrada de Laura Pollán y Oswaldo Payá.

La estampida no puede detenerse ahora en Miami. Es muy tarde para quedarnos tan cerca del mal. Hay que huir más y más al norte del mundo. Durante generaciones y generaciones, los castristas se han hecho millonarios en el sur de la Florida. El castrismo es ley mediática y fáctica entre el exilio cubano. Es mayoría. Lo cubanoamericano mismo es hoy un invento insular, con esa nostalgia de nalgas abiertas a un fidelismo frígido, con ese argot que parece sacado de Google Talk, con esas guindalejas de oro de 19,59 quilates y las cejas delineadas hasta el delirio. Por favor.

Los legisladores de la Florida no cuentan para nada. Lo que impera es el poder corruptor de las mafias que Fidel ha institucionalizado en Miami, desde la iglesia hasta la academia, desde las marinas hasta los mataderos, desde una ciénaga hasta un cañaveral, desde el aeropuerto hasta sus horrendos museos y mausoleos, con sus ferias y sus colleges y su constante kitsch, desde los restaurantes hasta la mismísima Revolución.

Miami ha hecho su mejor esfuerzo, pero hoy Miami es millones de Alan Gross y de Cinco Héroes. Nada de espías, hermanos. Miami es la pura heroicidad del horror impune. La batalla de la Florida se perdió. Ni siquiera ganó Castro. Ganó Miami, que reprodujo y sedimentó un castrismo a cuentagotas durante decadentes décadas. Revisen en los malls, pobre gente mía, saquen de sus percheritos plásticos esas camisitas a cuadros que se venden al por mayor. Verás las etiquetas de la Seguridad del Estado, mi amor. La chealdad y la chaldonería. La trampa sucia entre el escamoteo y el secretismo. Como en Cuba, allí no hay una sola palabra dicha por los cubanos que no sea falsa. El castrismo es eso: la cáscara de la cubanía, su desechabilidad, su cuacuacuá.

Cubanos, es la hora de reconocer que no sólo no queremos cambios en nuestra nación, sino que tenemos unas ganas ubérrimas de nunca jamás volver a tener nación. La experiencia de haber sido súbditos de la muerte es irreparable. Ahora todos vamos a morirnos muy solos. Aletargados en una retórica quejosa que nos envilece. No merecemos ni lápida. Ni ser polvo esparcido sobre el Estrecho. Nos merecemos permanecer muertos por el resto de nuestras biografías sin vida.


Nadie es más triste que nosotros. Nadie es más nosotros que yo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ayer, el aullido desgarrador de mis benditos padres se me clavo en medio del pecho y me hizo polvo.
Ayer, la inconstatable belleza, dignidad, amor y ejemplo de mis padres me enterro en un lodo rabioso e impotente.
Ayer, como nunca antes, supe que no soy de este mundo. Quisiera mudarme a otro planeta. ATmariposa