viernes, 10 de enero de 2014

NO SOMOS NADA



Finalmente ha quedado solo.

Encorvado, su perfil griego perfecto devenido ahora el de un vultúrido.

Hay algo de sabiduría clásica en las especies rapaces. Algo de nobleza en el gesto adaptativo de comer carroña.

No está ni remotamente senil, como dicen sus enemigos desde las antípodas.

Está simplemente solo, en un mundo irreconocible, rodeado de rostros reminiscentes. Trazas de totalitarismo.

A su alrededor, todos entienden la escena a la perfección. Le sonríen con misericordia. Le disparan fotos con impunidad. Se creen privilegiados de asistir a las últimas anécdotas de la Revolución. También se notan algo impacientes o tal vez nerviosos. Saben que la Revolución terminará con ese cuerpo que cancanea. Saben que habrá consecuencias más físicas que legales.

Mientras tanto, nos asomamos con morbo a los ojos vaciados del Mínimo Líder, del Compañero en Jefe que ya no ostenta ningún cargo dictatorial, y que apenas se dedica a tocar objetos con un índice de pronto no más asesino sino tan inocente como el de un bebé. Después de haber impuesto tanta barbarie como estrategia eterna de gobernabilidad, Fidel está ahora viviendo en Braille. Su muerte será táctil. El amén cubano de extremaunción le llegará con puntitos apretados en su piel, acaso a manos del Cardenal.

Seniles, en todo caso, estamos nosotros. Que le permitimos esa soledad salvífica, de espaldas al mundo reconocible, rodeado de represores en un estado exquisito de futuridad. Totalitarismo por trazar.