domingo, 9 de marzo de 2014

para ti, en el 9 de marzo


Washington me recuerda al William Soler, el hospital infantil que en mi infancia quedaba en las afueras de La Habana, hasta que fui creciendo y la ciudad se lo anexó.

Los edificios tienen aquí, por zonas, ese mismo misterio curvo de soledad y clínica. Hay vidrios en lugar de ventanas. Uno puede ver dentro de cada cuarto a los pacientes de la pequeña gran capital norteamericana. Desde la calle, diría que en cada hogar hay aquí un balón de oxígeno sobreiluminado al punto de la esterilidad, como en el hospital habanero William Soler.

Los ómnibus me recuerdan las Leyland inglesas de los años setenta en Cuba. El metro me recuerda a los trenes que allá en los ochenta llamaban “el especial”. Las muchachas son demencialmente hermosas en Washington. En cada esquina irradian cierto poder de Casablanca, especialmente ahora que ya se muere el invierno y aún quedan suficientes hojas verdes y puertas verdes donde buscar cobijo casual para nuestro corazón.

El mundo en los Estados Unidos sigue siendo como en un cuentecito de O´Henry.

Discúlpenme. Lo cierto es que son las cuatro de la madrugada y asumo que será otra noche sin dormir. Los cubanos hemos provocado una masacre en Venezuela y la peor parte en esa hermana tierra aún está por venir. Además, yo no viro a Cuba y por eso hace semanas que a esta hora La Habana me pone puntualmente a llorar.

El cielo es rojo en DC, como el de mi ciudad iluminada por la amenaza de lluvia y el despilfarro de la refinería Ñico López, en Regla. Una llamarada de chimenea, secuestrada a la Shell o la Esso o la Texaco más de medio siglo atrás: de dueños que ya murieron a manos supuestamente más proletarias, pero que hoy han muerto también. La refinería, como yo, hemos quedado muy solos, escorados en una esquina de la bahía, dos fantasmas de humo insomne, inercial, inservible.

No me quiero quedar en este país. Aquí nunca voy a ver una película en contexto. Aquí nunca voy a poder pararme en una esquina y entender mi posición sin necesidad de prender el GPS. Aquí la policía política de Castro me puede asesinar, como a tantos cubanos antes y venezolanos hoy, pero por lo menos no me acosan ni arrestan, y aún así sigo extrañando con todo el cuerpo ser yo. Me cansa no ser Orlando Luis. Me cansa la carencia del amor. Hasta me cuesta escribir igual, ¿no lo notan?

El esfuerzo aquí es doble para ser yo. El premio es que, cuando consigo escribir en cubano, estoy de nuevo en mi Cuba libre mental, la misma en la que estuve tan exiliado durante los últimos cinco años, cuando abrí mi blog en el 2008 y el ex Ministro de Cultura Abel Prieto me anunció enseguida que nunca más podría publicar en la Isla.

Pasan muchos aviones en Washington, DC. Eso sí es algo nuevo en La Habana. Desde que estoy en los Estados Unidos se me curó el asma, pero cada noche me falta un poco más el aire. He vivido precisamente en el aire, prestado, como en cuartos de hospital donde no hay un balón de oxígeno ni en el recuerdo. Los rostros pasan tan rápido y alto como los aviones, sin dejar rastro. Ya no sé a quién conocí en Cuba y a quién conocí aquí. Sé que se me van cerrando a cal y canto los pulmones, las palabras, las pesadillas de estar de nuevo entre mis seres queridos en la Isla, la paciencia de nunca volver a ver mi casa, mi casita de tablas en Lawton con jardín y perros y gatos de los que no me despedí porque venía de viaje sólo por 3 semanas, luego por tres meses, luego también por tres años. Y ahora entiendo que será por tres vidas.

Sé que estoy rodeado por la maldita circunstancia de los cubanos por todas partes. “Maldita” en el sentido de “traviesa” que tenía ese vocablo cuando todos éramos niños y no había muerto el primero de nuestros padres. Ni el primero de nosotros tampoco.

Pero seré fuerte y leve como un rayo de sol. Nunca los dejaré solos, es una promesa de patria perdida. Si no los dejé solos estando preso allá en Cuba, mucho menos los abandonaré siendo libre ahora y aquí. Sólo esperen un poquito a que se me pase este vértigo, este vahído. Discúlpenme de nuevo, de pronto tengo muchas ganas de vomitar.

La noche es honda. Las lecturas en español tienen algo de talismán. Cada libro torna ahora a ser un objeto sagrado, como en la infancia. Una biblia de verdad. Creo que soy más libre. Esperen cualquier cosa de mí. Los amo.