sábado, 29 de noviembre de 2014

LOS CIPRESES CREEN EN DIOS, PERO ¿CREE DIOS EN LOS CIPRESES?



Cipreses, sauces, almácigos. Ficus. Cipreses, cedros, sequoias. Árboles raros, irreconocibles, inexistentes acaso. Una línea sin forma en el horizonte desquiciado de la gran ciudad. Sombras de luna. Siluetas de perfil loco, como yo, viento cósmico sobre el asfalto arrasado, a esta hora desierto como una bendición. Desertado. Es tan difícil estar solo en La Habana. Es tan difícil quedarse solo en medio de tanta desolación. Silencio con voz de muerte. Todos mueren, todos morimos. Y antes y después el aire se satura del magnesio virgen de la clorofila, del sodio volatilizado de las bombillas en los postes de luz, del hierro oxidado de nuestros barrotes, del rocío imaginario que enseguida anuncia el amanecer. Ojalá nunca amanezca esta vez. Ojalá la prisión sea eterna. Camino en círculos. Corro con los ojos cerrados sin moverme de mi posición. Es el lenguaje, ese objeto perverso. Precioso. Es el deseo de ser libres, esa fuga imposible. Impasible. Eres tú. Cipreses, robles, pinos que no son pinos. Casuarinas. Cipreses, baobabs de las lecturas de infancia, palmas reales como pinceles apuntalando los cielos sin dios de La Habana, ceibas sin embargo sagradas y un framboyán florecido hasta tocar con sus ramas el pasillo del hospital. Árboles impronunciables, irrepetibles. Irresistibles acaso. Estamos ingresados, no hay futuro para los enfermos. Cualquier sueño sería efímero desde aquí. La luna hoy es un cero que se recorta contra los algodones rojizos, sangre con sabor a salitre. La luna otras veces es una uña del diablo, una hoz, un colmillo de elefante, marfil maravilloso a pesar de ser tan tarde ya para todo. Para todos. También para ti. Me recuerdo niño, en un año indivisible excepto por él mismo. Yo me asomaba a una baranda como esta y la ciudad era una colmena de alfilerazos de neón. Lomas, barrios hechos de escalinatas, chimeneas, iglesias. Me recuerdo arrodillado, fingiendo, murmurando ensalmos que no me protegían de nada. Perdiendo tiempo bajo techo mientras la noche se hacía más honda allá afuera. Una pasta viscosa, masticable, definitivamente real. Se ve tan claro todo en la oscuridad. Se distinguen tantos detalles que luego son aniquilados por el sonambulismo del sol. Te recuerdo niña, en otro año indivisible excepto por mí mismo. Tú te asomabas a un balcón como este y la ciudad no necesitaba simular un camposanto para serlo de verdad. Techos, muros, ropa raída sobre alambradas de púa, la voz matemáticamente exacta de unos seres queridos llamándote desde tu propio cuarto, una epidemia de semáforos sin electricidad, madrugadas aceleradas por la llovizna lunar. Ganas de tener ganas de reír, de llorar, de que amanezca de inmediato pero muchas veces antes de que amanezca del todo. La locura te preservaba íntima, intacta, intolerable. La inteligencia no es un don, es un despilfarro. Es tan amable la idiotez que imanta al resto de los mortales. Porque todos han muerto y todos de nuevo morirán. La memoria es un almacén de mentiras. Los árboles no te salvan de nada en la fantasmal línea claustrofóbica del horizonte. Tus árboles míos, nuestros, acaso de nadie. De raíces y sílabas sinuosas, de frutos ínfimos y efímeros como sueños menores de edad. Como yo. Árboles apócrifos de la patria perdida en algún pestañazo. Árboles arteros, ataúd de atardeceres. Maderas reiterativas de los mil y un milagros que han sobrevivido puntualmente a cada pesadilla de adultos. Como tú. Echo la cabeza hacia atrás. Me detengo sin haberme movido de mi posición, animal sésil. Abro los ojos y sigo un rato más a ciegas. Es insultante la imaginación. Sólo en la mudez queda aún esperanza. Sólo en el acto puro podría haber cura para nuestra enfermedad. Despierto. Eso es lo más difícil. Por un instante sé que hubiera sido feliz. Será tan fácil como un monosílabo afirmativo. Cipreses, cipreses, cipreses. Como un bostezo. Cipreses, cipreses, cipreses. No sé para ti.

domingo, 23 de noviembre de 2014

CUBA IN SPLINTERS in MIAMI BOOK FAIR




Imagine a country sequestered by a national narrative that leaves no space for dissent or even for disappointment.
Imagine the consequences for imagination in such a closed environment, aggravated by a mass media monopoly that occupies every channel of information, opinion, criticism and legitimation.
Imagine language itself as a prison, with grammar reduced to inertia, with syntax subjected to socialization and desire doomed to discipline, where beauty is suspected of being subversive, the whole vocabulary becoming a kind of vocubalary that makes superfluous any censorship because self-control is now constitutional.
Is fiction feasible under such pressure, between the Revolution and the deep red sea? But, isn’t fiction fostered best under the most despotic rhetoric? Creativity as resistance. Danger as the measure of all things. Literature understood as limiterature.
In the early 90’s, Fidel Castro and his Special Period in Peacetime threatened the Island with the so-called Option Zero: namely, concentration camps to survive local famine as the European Iron Curtain fell and Cuba found itself naked in a post-Cold War Era.
Paradoxically, this meant tons of fresh air for Cuban writing. Please, don’t laugh if you think it’s ridiculous but alas, yes, for the first time since 1959, our authors could publish their books abroad, skipping the need for official permission. Besides, the government’s Non-Governmental Organizations allowed writers to collect honorariums and copyright fees in hard currency, while prodigious privileges were being distributed according to the cultural politics of the “rule of loyalty”: to rent a house, to have access to the internet, to import a car, to own a passport with an exit permit.
Yet, despite the more ample margins for tolerance in terms of content, confrontational voices were still coerced, blackmailed, fired from their jobs, marginalized, stigmatized, beaten, jailed and forced to choose between silence or exile.
In fact, at the beginning of the 2000’s or Years Zero, maybe as guarantee of the original Option Zero, our literary field attained both tokens of totalitarianism: silence and exile. Thus, it was about time for a generation to start from zero.
Generations, of course, do not exist at all. In the case of Generation Year Zero, the 11 outlaws included in CUBA IN SPLINTERS (an anthology of new Cuban narrative translated by Hillary Gulley for O/R Books in New York 2014), behave like okupas or squatters or rather like textrrorists. Provocation as the distinctive trademark of a dysfunctional generation that, out of apathy and almost aphasia, are focusing their fiction on the black holes of memory and tradition, digging into the uncomfortable and the unpleasant, cannibalizing our cannon, escaping from correctness, reappropriating political scenarios to disrupt their logic, a bet on horror instead of heroes, épater le proletaire, vengeance as a fine art, yet from bad painting to worse writing, insisting on a scatological esthetics far from all Cuban stereotypes expected both by conventional readers and foreign editors.
The fragmentary as a splintered strategy to express the inexpressible, fractals versus fossils. A diary of dystopia as the cynical symptom to dynamize and dynamite our State establishment, dealing with a decubanized Cubanness not as scandalous as scoundrelous. I’m afraid that in this bible of the barbaric, quod scripsi, is crisis.
And the 11 trouble-makers of CUBA IN SPLINTERS by O/R Books have plenty of experience in this, since during the last decade they were the editors of the Cuban clandestine boom of independent digital magazines, like Cacharros(s), 33 y un Tercio, DesLiz, La Caja de la China, The Revolution Post, Voces, among other conflictive documents.
Let’s recognize that almost another dozen of writers could have been included in this literary warfront of new narrative: Lizabel Mónica, Osdany Morales, Jamila Medina, Ainsley Negrín, Abel Fernández-Larrea, Arnaldo Muñoz Viquillón, Legna Rodríguez, and Evelyn Pérez, for example. It is very likely that this anthology of newrrative is the portrait of a family that never was.
The communicating vessels between these short-stories are not bridges, but short-circuits: the tension among each fiction hopefully will produce a fertile friction that will render fractions of sense and nonsense, a bit of idiocy after so much ideology, from the Berlin Wall to the wall of the Florida Strait, from Fidel’s bodyguards to sex for sale at a regional train station; snob Buddhism and socialist zombies; cannabis cubensis so the mind can emigrate before our body crosses the claustrophobic line of the horizon; Habaniroshima, mon amour, the cenotaph city like tears in the ruins of a rheumatic Revolution; remake and collage, plagiarism taken to the paroxysm; who knows if poetry for the pariahs of the Cuban holocastro. It is also very likely that this anthology of newrrative is the portrait of a family meant never to be.
Del clarín, escuchad el silencio, as these 11 anti-national hymns turn out to be hyper-nationalistic histories, as no Cuban can truly escape from Cuba. Fidelity has given way to fatality. So, let it read. Or at least, let it rip these many Cubas in splinters. Unrest in peace.