jueves, 24 de diciembre de 2015

Rosa Maria Paya por la Libertad de Cuba y de los cubanos

Rosa María Payá promueve un plebiscito para Cuba

Rosa María Payá por un plebiscito en Cuba.

Nadavidades 2015


NADAVIDADES

De Julián del Casal conservo sólo su inviernofilia. Esas crónicas semanales donde se añora un invierno que dure meses en la Cuba decimonónica, para así disfrutar del silencio de unas calles ya apenas habaneras después del crepúsculo, “¡y que la nieve principiara a caer, colocando sus arandelas alrededor de los troncos de los árboles, poniendo sus caperuzas sobre las montañas eternamente verdes, y empezando a extender los pliegues del sudario en que todos nos hemos de abrigar!”

El frío, sus bizarrerías orientales, lo japoniche, una Cuba otra (menos cubana, más escritural). La nieve como un manto de misericordia o una mortaja sobre la patria déspota bajo la bota machorra de los iberos. El invierno como invención civilista, como resistencia de un poeta habanero que no tuvo los ovarios de coger un machete y salir a la manigua a decapitar.

Navidades de 1898. Nuestra independencia de España fue la manera cubana de estar más cerca del norte. La manía de contar en nuestra casa con los colores más comerciales del fin de año. Y villancicos en inglés, esa lengua libertaria. Para cambiar a la sacrosanta corona de Madrid por el muchísimo más humano Santa Claus de Manhattan (Miami todavía no sería Miami hasta la Revolución de 1959).

Pero, poética y narrativamente, desde 1998 las Navidades cubanas se nos han ido devaluando en la Isla. Algo sutil se ha perdido en el aura vieja de la noche del 24 para el 25. En los diciembres de la dictadura, cuando los cristos estaban proscritos, flotaba alto el espíritu nocturno de resistencia contra esa prohibición por edicto. Algo triste y virginal y muy casaliano que, según han venido los Papas católicos a Cuba,  se nos fue haciendo vulgar, barriotero, mundano, marxterialista. Hasta llegar al punto procaz de sufrir más de treinta grados Celsius los fines de año.

Mientras Cuba más se mimetiza con el resto del mundo, cuando demagogia y democracia parecen parónimos demacrados, mientras la gente más se entusiasma con el día después de (o se exilian el día antes), cuando en las vidrieras de invierno ahora venden propaganda castrista con candilejas navideñales, mientras menos y menos represivos sean los revolucionarios de guayabera y mercado, más y más remota intuyo la tumba donde hibernan aquellos textos de Julián del Casal.

Hoy deshabitamos una Habana que ya no exhibe en la Cinemateca su sinfín de películas lánguidas, presididas por Los paraguas de Cherburgo, musiquita maravillosa que mesmerizaba puntualmente nuestros fines de año, con un retintín de nieve y gasolineras intermitentes en la escena final con grúa, mientras los novios adolescentes nos poníamos bufandas para encajar en el ambiente europeo de nuestra calle 23. Ya no podría vivir sin ti, pero tú bien sabes que no será posible…

Otro diciembre me sorprendió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (Jalisco, México). Desde los primeros días del mes, la ciudad se llenó de flores rojas que entonces yo no sabía ni nombrar. ¿Flor de Pascua? Los funcionarios me miraban como si yo les estuviera haciendo una broma. Todos eran intelectuales de izquierda, pero así y todo no se convencían de que yo venía de un país sin Navidades.

Sonreí ridículamente y les dije que sí, que por supuesto: los cubanos éramos un pueblo súper chistoso (de haber tenido el dinero hubiera huido a La Habana en el siguiente vuelo).

Por suerte hoy ya tenemos flores plásticas de color rojo pascual, y cadenetas luminotécnicas de 3 volts en las tiendas en divisas convertibles, al menos en las capitales de provincia (que nunca se saben en definitiva cuántas son). También se venden postales más o menos neutras en términos religiosos y revolucionarios. Y la barba cana del compañero caudillo Castro I se torna por esas fechas una reminiscencia de Papá Noel (con uniforme verde daltónico). Y, al fondo, en lugar de renos, una marea humana desfilando en clave de Photoshop ante la plaza pesebre de la Revolución, entre bamboleos bambis de la barbarie.

Una de esas navidades de los años cero, una muchacha medio asfixiada de su propia belleza me escribió desde Matanzas este poema como aguinaldo (resabio o reconciliación de su niñez entre el esplendor y el caos, entre su padre preso y después sin patria, entre el vértigo y el naufragio):

Cercenaron nuestra infancia en consignas vacías,
historias de mar, cárceles inútiles.
Nos arrancaron las manos
de construir castillos de arena,
las piernas de correr delante de la muerte,
la voz de cantar salmos,
los ojos de mirar a las estrellas.
Nos volvieron austeros, siniestros.
Han querido borrarnos el alma
pero nos queda el llanto y la rabia,
y la memoria como escudo ante tanta mentira.
Hoy todo es vacío y una densa paz ciñe la noche.

En efecto, en Cuba no hay Navidades que no sean de noche. El día es para los ritos y, desde las misas locales de Juan Pablo II en 1998, es también un día feriado para roncar las comelatas de la Nochebuena anterior; para paliar las puñaladas de las broncas y los empaches e infartos en el hospital; y con suerte volver a emborracharse jugando dominó en familia o en una esquina del barrio.

Mi amiga poeta y yo cumplíamos en ese diciembre nuestros 31 años. Nos unía una tenue orfandad. La misma que con 31 años Joseph Brodsky captó en su poema “24 de diciembre de 1971” (justo el año en que nacimos ella y yo):

Vacío total. Pero ante la idea del vacío
ves de pronto como una luz salida de ninguna parte.
Si el Monstruo supiera que mientras más fuerte es,
más creíble e inevitable es nuestro milagro…
En el rigor de esta ley reside
el mecanismo clave de la Navidad.

Y es que no hay Navidad sin memoria de los muertos recientes que se nos fueron y lo que se van a ir. De ahí que las masas de puerco frito bajen tan lentas por nuestra garganta, a cuentagrasas, sofritas con un regusto de latitud lejana, ajena, añeja. Consecuencias secundarias de Julián del Casal y su “suspiro por las regiones donde vuelan los alciones sobre el mar (y el soplo helado del viento parece en su movimiento sollozar)”.

“Casi tan gris como es el mar de invierno”, repetía la fanfarria nocturna de Radio Progreso. Aunque durante décadas mi generación interpretó que se trataba de una “casita gris” junto a ese mar imaginario del norte que resfría las costas de Cuba (en realidad, el Estrecho de la Florida es una corriente tibia y turbia del trópico, repleta de tiburones y de la osamenta anónima de miles de balseros huyendo de nuestro verano).

Mientras tanto, la prensa presa cubana aprovecha el naviderío para estamparnos las efemérides más fúnebres de la nación. De suerte que cada Nochemala leemos reciclados los titulares y testimonios de las Pascuas Sangrientas de 1957: asesinatos de Estado de un Herodes de apellido Batista, que sería herido de muerte en las Pascuas siguientes por un superhéroe de nombre Fidel (el evangelio según Castro).

Y, por supuesto, la TV nos colima en casa con la película Clandestinos, seguida de un Comunicado solemne con bandera e himno nacional, más las aleluyas alegóricas de un nuevo aniversario de la Revolución (el totalitarismo no es totalitarismo en absoluto, sino tiempo totalitario: árido).

Sea el solsticio o sean las saturnales de los Sagitarios —como yo—, a ritmo de villancicos o de reguetón, igual el nacimiento del niño dios en nuestra Cuba atea y supersticiosa me remite a una retórica remota, finisecular, prefidelista, donde imploramos un invierno que dure meses o milenios, para que el silencio sea el mejor sudario de esas calles promiscuas de La Habana siglo XXI (anagrama del XIX): “¿qué mejor mortaja que la de la nieve puede ambicionarse en un pueblo que bosteza de hambre o agoniza de consunción?”

martes, 22 de diciembre de 2015

Mi Conúzcole definitivo

Permítanme, herman@s del mundo, como desagravio y primer rayito de esperanza por Navidad y Novísimo Año, compartir uno a una con ustedes mi historia íntima con CONÚZCOLE, que es también un secreto entre mi padre (Dionisio Manuel Pardo Fernández, 1919-2000) y yo:





CONÚZCOLE, por OLPL

Conúzcole no tenía edad. Su piel cetrina era de papel periódico estrujado, pero con un olor menos agradable, más agrio.

Conúzcole no se peinaba ni afeitaba, para no tentar a la muerte de cumplir con un olvidado refrán. Vestía percudidamente elegante, como ya nadie en Cuba sabría hacerlo. Era un lord de otra época y su sola presencia ya era subversiva para el paraíso de un proletariado procaz, procastrista.

El vidrio mate de sus ojos ahora desenfocaba aquel verdemar del que alguna vez él estuviera orgulloso. Sus encías hacía décadas que eran otra vez las de un recién nacido, lisas como de loza, pero su verbo seguía siendo el látigo de aquel tribuno republicano de barricadas y años treinta, con cadáveres de enemigos de clase en cada esquina de Catalunya.

Como hogar donde deambular sus días en duermevela y sus madrugadas insomnes, le bastaba con la intemperie de las escalinatas de Lawton. Allí moraba Conúzcole, reclinado en los peldaños de piedra, bajo sol y sereno, entre los marpacíficos salvajes y la hierba guinea, instalado en su mirador junto a gatos y perros callejeros —también gorriones y palomas—, desde donde se domina un paisaje chato que llega hasta la bahía de La Habana y más allá, hasta la línea claustrofóbica del horizonte, muralla imaginaria para contener el flujo incesante de sus mil y un exilios (primero peninsulares y después insulares).

Conúzcole no era viejo en absoluto. Antes bien, después de dejar atrás su primer siglo de vida, ahora parecía atemporal. Su nombre se lo había puesto él mismo con su dicción castiza de la Madre Patria en el Viejo Mundo, seguramente sin darse cuenta, ya nadie podría recordar cuándo. Conúzcole era anterior al tiempo y probablemente anterior al espacio.

“¿Conociste al dueño que fundó este reparto?”, decía alguien. “Conúzcole”, decía él. “¿Y viste funcionando la fábrica de miel de purga?”, decían. “Conúzcole”, decía. “¿Y el fuego que casi vuela a la destilería de alcohol?”, alguien. “Conúzcole”, él. “¿Y cuando el Cardenal anterior puso la primera piedra del convento?” “¿Y cuando Machado vino a ofrecer ayuda por el ciclón del 26?”. “¿Y cuando las líneas del tren eran de palo?”. “¿Y cuando la ruta 23 era un tranvía todavía tirado por caballos?". “¿Y cuando Martí habló en el Liceo de Lawton?” “Conúzcole, conúzcole, conúzcole", era su invariable, no por inverosímil menos verdadera respuesta.

Conúzcole era gallego o vasco o asturiano o catalán: desde Cuba, eso queda exactamente en el mismo país. Es decir, no tenía nacionalidad (ni el odio connatural a todo nacionalismo). Los cubanos piensan que España es sólo una España, ignorando franca —y un poco franquistamente— que allí se habla un manojo de lenguas, hermosas aunque no siempre bien hermanadas, en una pugna de diccionarios editados por una Corona a ratos cándida y a ratos tan cruel.

Tal vez fuera un judío del Líbano, por decir algo exótico y tan común en nuestra Republiquita capitalista. Tal vez, era más o menos marroquí. O un refugiado blanco de la Rusia sin zares pero igual de zarista, de los tantos que recalaron un par de guerras en la Europa roja —con pasaportes falsos de Rumanía, por ejemplo—, antes de huir de las matanzas del mundo hacia la última islita de ultramar. Cuba, esperanza. Cuba, espejismo. Cuba, Conúzcole.

Hombre sin festividades, su alegría tocaba a partes iguales a lo largo y estrecho de cada año, fuera en son de neocolonia conservadora o fuera al ritmo de la fanfarria fanática de la Revolución. Nunca se le vio deprimido ni iracundo, como era común entre la gente de Lawton y otros márgenes, quejosos o violentos ante cada nueva adversidad de un socialismo con salud gratis que se nos fue yendo de las manos, con cada aniversario tornándose más despótico y más propiedad colectiva de nadie. Más camisa de fuerza irreversible en la que tú única opción era el Sí.

Conúzcole a todos consolaba con sus frases sacadas de un relicario tan antiguo como sus huesos prehispánicos. Era un evangelista o por lo menos un epicúreo. Un Séneca del parquecito Córdoba, entre calle Fonts y el pasaje que nadie nombraba, el de la estación policial.

Nadie podría asegurar si Conúzcole conocía de libros. Si sabía leer o interpretaba al azar lo que estaba escrito en la prensa y en aquella Biblia destartalada que era su única mascota. Conúzcole iba a sobrevivir a su época, a pesar de que su época era eterna: él sería el único cubano —enmudecía si lo llamaban “extranjero”— que asistiría sin asombro al velorio de Fidel, y hasta podría despedir íntimamente en público su duelo, sin patetismos políticos ni histerias histriónicas ni revanchismos históricos. Conúzcole estaba de vuelta de todo lo divino y lo humano.

De hecho, esa era su diversión o acaso la fuente de su sabiduría secreta (nunca se le conoció salario): los velorios de la barriada, los héroes anónimos que caían como moscas en cajas a lo largo de nuestro siglo XX doméstico. Conúzcole iba puntualmente a todos los velatorios, casi siempre en la Funeraria de Luyanó, un local que, desde los años cuarenta, fue comprado por los comunistas del PSP para honrar a sus mártires y, de paso, complotar contra la democracia burguesa constitucional (Conúzcole en alguna otra vida pudo ser comunista, pero de los que no pasan de la letra a lucrar con lo luctuoso).

Se aparecía sobre las diez de la madrugada. Compraba su cafecito barato y unos buñuelos de cuando en Cuba había buñuelos. Rememoraba detalles que ningún doliente imaginaría sobre el occiso —siempre datos humanizantes—, y antes del alba ya se había marchado, dejando cierto aire de resignación tras su estancia de fantasmita parlante. Algo de reconciliación con la existencia aportaba su ubicua asistencia, su talante en harapos majestuosos, su donaire salido de un tiempo etéreo: futurista y ancestral. Era una cosa que consolaba. “Ay, Conúzcole, no somos nada”, le decían con lástima no se sabe hacia quién. “Conúzcole”, reconocía cabizbajo él.

Su familia eran todos. Y nadie. No parecía extrañar cercanía de sangre ninguna, pero tampoco de ninguno estaba distante. Uña y carne anti-martiana, con nadie y para el mal de nadie. Conúzcole se nutría, más que de marquesitas matinales o croquetas y frozens y yogurts del crepúsculo, de la cronología de los sucesivos pobladores de Lawton, apócrifos o famosos, enfermos o accidentados, atletas o tullidos, y también lo deleitaban las milagrosas mutaciones de la arquitectura entre pueblerina y cosmopolita del barrio: un lomerío hecho ciudad por la fuerza de voluntad de una Habana siempre habitable, inabandonable a pesar de los pesares.

Los rumores sobre él eran muchos y muy mal intencionados (o cómicos, que en Cuba es casi igual), aunque jamás se atrevieron a soltárselos en plena cara. Que era pájaro arrepentido. Que había sido cura y dejó preñada a una monjita que se mató. Que fue espía nazi. Que fue cómplice de Ramón Mercader. Que era un prófugo de Alcatraz o de la prisión de El Príncipe, acaso un sobreviviente de Sing Sing. Que comía carne cruda. Que conspiró contra Hemingway por unos pesos o por unas putas pagadas por el FBI. Que no se bañaba por una promesa de niño. Que su madre aún vivía. Que era el primer abakuá blanco. Que nunca había sido niño. Que vino en el acorazado Maine y lo dieron por muerto en 1898 (su verdadero nombre estaría en la tarja sin águila de Línea y Malecón). Y, por supuesto, que era catalán o asturiano o vasco o gallego (de todo, excepto español), y que sus padres fueron quemados vivos en una plaza de toros, siglos después de la Inquisición. Cuba como una olla de grillos, donde el mito supera con creces a nuestro aburrimiento de bárbaros. Cuba como cacareo: un asco, sí, pero un asco que nos acaricia el corazón.

Conúzcole parecía inmune a esa burbuja de malicia sin malevolencia. Conúzcole mismo era el antídoto contra ese miedo al otro que los estudiosos llaman cubanidad, enfermedad congénita de las islas.

Cuando cambió la fecha, algo en su alma de repente se trastocó. No son lo mismo los mil novecientos algo, que los años cero o dos mil nada. Hay como una ruptura de colores, un cambio en el tono de la voz, una cosa frágil muy adentro —a ras de pómulos, dentro de la tráquea, bajo el esternón— que ya no reacciona igual en nosotros. Es una suerte de mudez que se resiste a toda mudanza, sobrecogiendo incluso a Conúzcole, el hombre sin edad que no podía verse trancado en una casa sin que a la postre le resultara una cárcel (toda pared se le parecía a un paredón). Preparen, apunten, luego…

El primer síntoma de abatimiento fue precisamente cuando lo arrestaron en la patrulla número 666, esposado sin necesidad hasta la estación de callecita impronunciable, al lado del parque infantil en ruinas (era un bastión del anterior dictador Fulgencio Batista: un castillejo feudoso que bien ejemplificaba cómo los caudillos entienden de urbanidad). Simplemente recogieron a Conúzcole por “ambulante” en la esquina del antiguo Club Ferroviario, culpable del delito de “peligrosidad” con un adjetivo no menos impronunciable para él: “predelictiva” (la justificación fue que un Papa peligroso estaba a punto de desembarcar en aquella Habana sin dios).

Varios vecinos reunieron firmas en protesta, pero luego se aterraron con las noticias de los no sé sabía cuántos arrestos en pocas horas, caídos como una plaga sobre todas las provincias del país (nadie quería ser equiparado con uno de los 25,000 firmantes del Proyecto Varela, por ejemplo: el pánico te paraliza y es la base de nuestra empalizada de país).

En realidad, Conúzcole estuvo preso apenas tres días —con sólo dos noches— y lo trataron con distinción, como a un nuevo Caballero de París: culpable de nada, excepto del contexto de guerra civil que a todos los cubanos con Castro no ha tocado sobrevivir. Le ofrecieron la comida de los oficiales de Seguridad, que ese mes habían invadido el recinto, y sólo fue forzado a bañarse con la ayuda de una enfermera o siquiatra o ambas, traída especialmente desde el policlínico “27 de Noviembre”. Esa tardenoche friolenta, sus gritos de humillación restallaron en la apatía atroz de un Lawton que comenzó su decadencia definitiva.

Y Conúzcole cambió, aunque seguro se empeñó en que su apariencia no delatara la metamorfosis. La textura de su piel milenaria perdió su carcasa protectora. La luz larga y vagamente amorfa de sus ojos con cataratas ahora sí lucía opaca de verdad. Un temblor inédito se apoderó de su gesticulación. Las sílabas se le enredaban. Redujo a casi cero sus recorridos. Ay, Conúzcole, tú también no, por favor.

Como guerrillero urbano contra todos los caudillismos del siglo XX, entendió que él no serviría ahora ni como retaguardia (nunca estuvo muy convencido de que el siglo XX ya había pasado hacía siglos). Como orador improvisado y seductor de sombras, sus letanías perdieron la misericordiosa espontaneidad, su aura de sinceridad seca se resintió, su sentido concreto se tornó carencia. Tal vez su memoria le comenzó a mentir, primer síntoma clínico de toda debacle, sea privada o en comunión.

Conúzcole terminó escurridizo. Dejó de visitar funerarias y panaderías amateurs y cafeterías por cuenta propia y quincallitas de los horrores con productos hechos durante el socialismo soviético. En el portal del Correo de la avenida Porvenir, por ejemplo, nunca más recaló para comentar a voz en cuello —traduciéndolos en clave de cómics, como fue su costumbre durante décadas— los tétricos titulares de los tres tristes periódicos de los comunistas cubanos: Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores (los únicos legales).
Conúzcole se cobijó en las escalinatas menos transitadas de Lawton: la de Calle 12 sobre todo, convertida mitad en cochambre y mitad en marabuzal (al fondo del matadero de reses, abandonado a su suerte durante el Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz, y ahora sobresaturado de okupas, a pesar de que el olor a vísceras de vaca no se iba de allí).

Conúzcole era muy persistente, pero no tanto como un olor. De pronto envejeció en unas semanas todo el tiempo que él le había ganado a los relojes en sus más de cien años de inmortalidad.

Cayó en cama. Calladito, como el roble noble que era. Como no tenía cama donde caerse, alguien llamó a una ambulancia que lo recogió sobre el asfalto del mediodía y lo tiraron en una camilla cutre del Cuerpo de Guardia de la antigua Quinta Benéfica, que hoy es el indecente hospital docente Miguel Enríquez (porque los nichos de muerte han de ser bautizados con biografías de muerte).

De cuando en cuando, lo auscultaban. De cuando en cuando, una pastilla sin prescripción. De cuando en cuando, alguna toma de presión arterial (no tanto para el diagnóstico, como para entrenar a los estudiantes llegados gratis desde la Amazonia o desde ese volcán extinto que es la América Central).
Conúzcole les sonreía, condescendiente. Parecía saber más que todos a su alrededor. Acaso él era allí el único que entendía por qué a estas alturas su cuerpo se comportaba tan infantilmente mal. Acaso él era allí el único que había vivido de verdad, sin dobleces de dientes para afuera —de encías para fuera—, pero también sin credos de los que arrepentirse incluso ahora que deliraba.

Sus compañeros de calamidad, cada cual en un camastro, le permitían explayarse en aquellas ensoñaciones, entretenidas a pesar de estar en una lengua traslúcida que ninguna enfermera emergente, ni ningún geriatra de salario mínimo, descifró. Igual todos lo llamaban con cierto exceso de confiancita: “Abu”. Gente buena y banal que tenían más carisma para peinarlo que para cogerle una vena (por primera vez sus cabellos finísimos cedieron a un peine; por primera vez sus venas de veterano reconocían el desierto exterior).

En cada historia, la Historia parecía írsele desfigurando del rostro. Las fechas eran líquidas, estirables, anacronismos de un milenio de caucho. Las distancias apelmazaban aldeas y villorrios y nombres ceceantes de vecinos que ningún vecino recordaba. En cada relato, afloraba el tufo de la violencia, de la peste, de la traición, del desamor dejado atrás por las estupideces del alma (si el pecado es lo que separa a los hombres de dios, ¿es dios quien separa a los hombres de los hombres?).

A Conúzcole nunca se le conoció amor hasta el momento de su agonía. Y entonces todas sus dulcineas se llamaban María. Todas eran dulcísimas, de tez de pera y olor a uva en los labios (frutas imaginarias en Cuba), la mirada frondosa, el talle algo regordete por la descripción, todas prestas al baile y al cante jondo sobre un cajón de bodega, algo brutas de carácter pero muy bellas en su intención. Todas seguro que todavía esperando por él, por su regreso en barco, tal y como a cada una de sus Marías él se lo prometió, aunque ninguna lo conociera como Conúzcole, claro, ni tampoco quisieran creerle que él volvía ahora con más de cien ¿años?, ¿días?, ¿minutos?. ¿O Conúzcole nunca se fue? Espérame, por tu vida. Mira que soy yo, soy tu amor.

¿Cómo darse cuenta de que ya hemos vivido, cuando la cabeza se nos cansa de luz y lenguaje, hundida en un almohadón sin fundas con olor a lejía (propiedad estatal)?

Conúzcole calló. Fue tan simple como cualquier rima popular. Una redondilla guajira. Cayó redondo. Sin su jerga de jotas guturales y sus erres recalcitrantes. El cuerpo se le hundió de súbito bajo su propia impesantez. Pasó lo impensable. De carapacho a esqueleto a cadáver, en una sola medianoche de Luyanó, de las más frías de que hubiera noticia para esa ¿semana?, ¿mes?, ¿milagro?.

En un hangar de la morgue, de cuyo número de gaveta no quisiera acordarme, congelaron su biología que nadie en la Revolución cubana reclamó.

El noviciado médico de Cuba y del resto de los países bolivarianos se encargó de tasajear sus órganos en solventes orgánicos, como un juego didáctico, para aprender cómo era un ser vivo por dentro y, con suerte, lograr una buena tinción histoquímica que les garantizase la máxima puntuación en la próxima práctica de laboratorio.

Conocí a Conúzcole a través del diario de mi padre, libretona cuadriculada de contador —ese oficio obsoleto—, páginas y contrapáginas a tope con su letrona cayuca de celta de Cudillero, un mamotreto que él nunca me mostró hasta después del día que él también terminara —ya sin Conúzcole como consuelo— tendido en la funeraria poscomunista de las calzadas de Luyanó y Porvenir.

Mi padre escribió ese diario de espaldas a la familia: era su crónica de intimidad en medio de un castrismo con los cristos escondidos en los cuarticos de desahogo. Me dio mucha lástima leerlo, tan torpe con las oraciones que la vida lo había obligado a redactar, tan austero y por eso mismo tan osado en imágenes y en buches amargos, tan perdido y tan digno en la tierra a la que lo trajeron sus padres antes de morirse ambos enseguida (en la misma fecha pero de años sucesivos), tan huérfano de nosotros (quiero decir, de mí), tan conúzcome tú y tan desconúzcote yo.

Ahora supongo que por fin me toca a mí. Emigrar con un libro o un desvarío o ambos a España. Camisa blanca de mi desesperanza, España: aparta de mí este castrismo que es tirar nuestra tragedia a choteo, que es tildar a nuestro totalitarismo de apenas una trompetilla si se le compara con.

Homenaje u horror, hoy volvemos como salmones desesperados a la patria conúzcole más querible, que siempre será aquella de la que ninguno de los cubanos a Cuba llegó.

viernes, 18 de diciembre de 2015

La gran novela del exilio cubano me toca escribirla a mí

NARRATIVA

Reykjavík y tú (fragmento)

Metropolitan Museum, Nueva York. (THEWEBLICIST.COM)
Entrar al Metropolitan Museum y quedar decepcionado ante las ruinas y estatuas. Trapos. Piedras que fueron columnas. Joyas oxidadas. Máscaras de valor invaluable. Heces históricas.

La Casa Vacia de Lilo Vilaplana

jueves, 17 de diciembre de 2015

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17-D: UN AÑO

Comenzar a provocar los 

cambios reales


17D: Un año de relaciones Cuba-EEUU. (UPRRP.EDU)
En este año transcurrido desde el anuncio de restablecimiento de relaciones entre Cuba y EEUU, ¿cuáles son los avances conseguidos?
Es positivo que los ojos del mundo se hayan vuelto sobre Cuba, pero un avance implica la noción de una meta, algo que, una vez restablecidas las relaciones, no ha estado claro más allá de las predicciones de los cubanólogos de la academia norteamericana y la sospechosa ingenuidad de algunos millonarios cubanoamericanos.
De la retórica oficial se desprende que la meta es la continuidad del mismo grupo en el poder en Cuba, ahora con la amenaza de un mercado cautivo y con inversiones foráneas centralizadas con un Estado monopolista. Es decir, el predominio de la impunidad a perpetuidad.
Tal vez hubo avances en los titulares de la prensa norteamericana, en su afán de narrar "hitos históricos". Pero en esto hay que prestar más atención a los titulares de la prensa cubana, tanto la oficial como la independiente (que sigue siendo, por cierto, ilegal y perseguida): las reformas no han traído libertades y mucho menos prosperidad económica. Continúan la censura, las amenazas, el chantaje, el acoso físico y la estigmatización mediática, las detenciones, las golpizas, los juicios arbitrarios: continúa intacta la maquinaria represiva del Ministerio del Interior.
Y, tristemente, (también como síntoma de resistencia) por parte de nuestra ciudadanía, continúa el éxodo de un pueblo cansado del mismo grupo de generales en el poder desde 1959, lo cual es una vergüenza ante las Américas y el resto del mundo democrático.
Al cabo de un año el único avance es la demostración de que la miseria espiritual y material de los cubanos es consecuencia de la dictadura y no de las acciones del Gobierno norteamericano.
Durante este último año, ¿qué ha primado de parte del Gobierno cubano: los cambios o el freno a los cambios?
Durante este y los últimos 56 años, ha primado lo que sea necesario que prime para que el Gobierno cubano se afinque de manera cruel en un poder inconsulto y dictatorial. El régimen ha frenado y acelerado cambios a su conveniencia, da igual. No son cambios en la "dirección correcta pero con la velocidad inadecuada", como varios analistas los han intentado semi-legitimar, porque no se hacen ni con el objetivo de beneficiar a la ciudadanía, ni contando con ella, ni garantizando sus derechos. Todo cambio que venga en exclusiva de parte del régimen es por naturaleza reaccionario, y es en la dirección contraria a la libertad y la prosperidad del pueblo cubano y con la velocidad adecuada para mantener el control que intenta perpetuar el despotismo en nuestra patria.
¿Qué medidas beneficiosas para la población de la Isla han sido puestas en práctica a lo largo de este año?
Por elemental respeto a los lectores no puedo considerar responder esta pregunta mencionando la apertura de pocas decenas de puntos WiFi en la Isla, con precios prohibitivos para la mayoría de los cubanos, donde el servicio está totalmente controlado y censurado por las autoridades. Pero cuando a mediados de este año Google ofreció servicio de internet gratuito para todos los cubanos, el régimen lo rechazó.
Tampoco podría argumentar el supuesto aumento del flujo de capital en la Isla, cuando miles de cubanos que durante este año pudieron acumular un mínimo de recursos (quizá como cuentapropistas), decidieron usarlos para intentar escapar embarcándose en una travesía llena de peligros y sin garantías a través de Centroamérica, y llevan ya más de un mes durmiendo en las calles al sur de frontera con Nicaragua, pero se niegan a regresar a "la Cuba de los cambios".
Es una situación muy trágica para nuestra nación y no quisiera responder con ironía. Pero "beneficiosa" para los cubanos es la libertad y el reconocimiento (y el pleno ejercicio) de nuestros derechos ciudadanos, para poder prosperar con el fruto de nuestro trabajo y participar de la vida económica de la nación. Lo beneficioso y lo lógico sería comenzar una transición a la democracia respetando la participación ciudadana, que es también la manera más rápida de prosperar como país y ofrecer oportunidades a todas las familias cubanas.
¿Qué puede esperarse a corto plazo de las relaciones entre Cuba y EE.UU.?
A plazo corto, debemos dejar de esperar y comenzar a provocar los cambios reales. La iniciativa ciudadana Cuba Decide apuesta por esa acción liberadora, que incluye poner sobre toda mesa de negociación un plebiscito para que no sean las castas, sino todos los ciudadanos cubanos, quienes decidamos el sistema económico, político y social que queremos para nosotros y nuestros hijos.
Hasta hoy la Administración norteamericana, cuya prioridad son sus propios intereses, avanza y discute sobre la agenda del régimen, pero esta no tiene nada que ver con los intereses y necesidades de la ciudadanía cubana.
Es tiempo de que comencemos a hablar de la agenda de los ciudadanos cubanos y a reclamar de manera efectiva el derecho a elegir, decidir y participar que tiene la ciudadanía cubana (donde quiera que resida): un derecho que ningún cubano puede ejercer hoy, incluidos los miembros de la nomenklatura. Las que tienen que cambiar son las relaciones de poder en Cuba y lo haremos con la participación con todos los cubanos.

EL CUBANO LIBRE DE HOY, DICIEMBRE 2015

Tranquilo, me iré a dormir con los pequeños


Venid a mí,
hez de la Tierra.

Locos hijos de locos,
ladrones hijos de ladrones.

Pequeños tarados
de la vecindad,
idiotas insignes de la familia.

Venid.

Soy feos como nadie 
antes de vosotros.

Pero venid, os digo.

No hay belleza en el cuerpo,
no hay virtud en vuestras vidas.

Pero venid, parias
que ignoran ser parias:
izad por fin, hijos míos, 
la bandera bárbara de la verdad.


lunes, 14 de diciembre de 2015

Rosa María Paya de Cuba Decide en la Asamblea General de la #OEA





Rosa María Payá le pregunta en público a Luis Almagro, Secretario General de la OEA, sobre cuánto la OEA denunciará a la dictadura asesina de los Castros y cuándo la OEA defenderá a la sociedad civil cubana. 

La OEA se pronunciará a favor del derecho a los derechos de los cubanos en un PLEBISCITO? 

Sí o No? 

Que responda la OEA!

17 de Diciembre 2014 - 17 de Diciembre 2015

Otro 17 de diciembre y pa’ lante

Durante el último año se incrementaron las agresiones, detenciones y la censura en Cuba, pero en compensación se abrió la embajada de Estados Unidos en la isla

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A un año de aquel histórico 17 de diciembre de 2014, bastante se ha avanzado en el pacto secreto entre Cuba y Estados Unidos. (The Source)
Un presidente norteamericano no intervencionista, un papa católico peronista, y un dictador revolucionario de ultraderecha aupado por la izquierda latinoamericana: semejante carambola criminal por fuerza tenía que resultar infalible.+
Y lo ha sido. A la vuelta de un año exacto del 17 de diciembre de 2014, el régimen cincuentenario de los hermanos Castro, en Cuba, tiene garantizada la estabilidad, las subvenciones foráneas al por mayor, la condonación de sus mil y una deudas impagables, y hasta una sucesión dinástica transgeneracional con miras al 2018 (año en que, si no fallece antes, dada su delicada edad, el general Raúl Castro depondrá todos sus cargos designados a dedo en el 2006 por su hermano mayor).+
Seamos, pues, humildes: el castrismo tenía razón con imponerse mediante la violencia; la revolución cubana era históricamente una necesidad; el capitalismo sigue siendo un fraude condenado al fracaso; y Fidel Castro ha sido un visionario de toda esta verdad.+
Seamos también justos con el pueblo cubano: somos muy descreídos, conformistas, ingratos, perezosos y escapistas. No nos merecimos ser el pueblo elegido para protagonizar la saga socialista de la utopía. Al primer descuido, traicionamos a las masas propietarias de los medios de producción en la isla, sólo para ir a refugiarnos bajo el manto mercantil del aire acondicionado de Hialeah.+