jueves, 22 de enero de 2015

CASTROBAMA

(BACKGROUND IN D.C.: Obama with Chavez-like smile)



QUE LOS MUERTOS VIEJOS DEJEN SITIO A LOS MUERTOS NUEVOS
Orlando Luis Pardo Lazo

El título es, por supuesto, una cita checa de Milan Kundera, referencia obsoleta para el resto de un mundo que cree vivir en el post-comunismo. Pero en Cuba él sigue siendo un autor del futuro.

Tal como en el capitalismo global time is money, en el castrismo sigloveintiúnico el tiempo es totalitarismo en sí. Por eso los cubanos no tenemos vida, sino apenas biografías. Por eso en Cuba no se habita en un tiempo humano, sino inhumado, con la tara tétrica que implica toda eternidad. Por eso desde la Casa Blanca por primera vez están tan interesados en cooptarnos. Por eso el fascismo fúnebre del fidelismo es rescatado por las resoluciones tiránicas de Barack Obama y su secta de demócratas que odian la democracia, así en el Congreso como en la Plaza de la Revolución (antes de su fallecimiento en jefe, muchos de ellos viajaban a la Isla para hacerse selfies solidarios con nuestro dictador).

Después del Discurso a la Nación del 20 de enero de 2015, los Estados Unidos han quedado listos para su remate presidencial. La unión americana queda populistamente abierta para su disolución demagógica. Para prevalecer de manera estable, las democracias que van quedando en el planeta deberán hacerlo ahora no sólo contra los fundamentalismos integristas o izquierdistas o ambos, sino también en contra de los Estados Unidos. Y el caso Cuba sienta un precedente precioso al respecto.

Como parte del pacto secreto entre poderes de élite, era obvio que nadie le exigiría nada a nadie, excepto la mutua legitimidad. Los 5 o 55 “héroes” o “hermanos” del horror llegaron a La Habana amenazando con que estaban dispuestos a ejecutar nuevas misiones de asesinato e infiltración, al estilo del médico soplón que regresó teatralmente al África para retar otra vez al Ébola. David y Goliat hoy son sólo el Dinero y la Grosería.

El primero atrae a la segunda hacia el tiempo estancado de una Isla sin comandante, pero con mil y un descendientes “decentes” de generales degenerados. La segunda es la gesticulación mecánica de un presidente civil que es el más desconocido de los norteamericanos: su plan público se basa en el golpe de sorpresa privado. Hasta físicamente parece artero. No le importamos ni un poco, antes bien: lo importunamos. Su agenda es otra y Obama no va a desaprovechar la impunidad legalista que le dan estos dos años terminales.

En el caso Cuba, por fin se ha consumado la venganza de los comunistas contra el exilio cubano. Para ello se trabajó por etapas. Se asesinó con súbitas enfermedades post-soviéticas a sus líderes libertarios. Se empoderó a los sectores interesados en invertir —e inventar— un modelo de plattismo economicista. Se impactó con muñequitos elianes y espermatozoides espías a la opinión pública norteamericana (lo cual fue fácil por tratarse de una audiencia infantil, infame). Y ahora viene la gran orgía sin orgasmo de la reconciliación entre los sujetos de la represión post-revolucionaria. Ni en el exilio ni en la Isla hay hoy un cubano cabal que crea o cree los cambios. El castrismo acabó. Por eso jamás se acaba.

Nadie le preguntará nunca nada a los Castros por sus muertos más o menos mediáticos. En su caminito cómplice hasta La Habana, Roberta Jacobson seguro iba maldiciendo el avión de Washington DC en que coincidió con Rosa María Payá, cuando se vio obligada a mentirle a la hija del mártir: “es un tema que siempre podríamos poner sobre el tapete” (la traducción es mía, la traición es de ella). Always say always.

Por favor. Si nadie se está oponiendo a esta operación. No es necesaria la inverosímil vaselina de los vencedores. Sean menos LGBTotalitarios, no tengan culpa ni carencias sucitas, y salgan del closet castrista con el orgullo propio del opresor (el oprobio asumido es nuestro). Los muertos viejos ya no son ni amuletos para la memoria. Los muertos nuevos pueden esperar ahora para ser reciclados por los muertos futuros que vendrán (que venderán).

El castrismo obsoleto —menos para el resto del mundo— se sobrevive a sí mismo a fuerza de saber muchas cosas. Pero el checo Milan Kundera tuvo la debilidad de saber una sola. Compatriotas, pueden colgar por fin sus pasaportes cubanos. Ahora sí que la nación de los castros, por los castros y para los castros acaba de ser embargada a perpetuidad.