lunes, 12 de enero de 2015

LA MÚSICA DESPUÉS DE LA MUERTE DE FIDEL

UNA ROSA EN TU PELO PERECE
Orlando Luis Pardo Lazo

Las canciones comemierdas no alcanzan. Porque esas mismas canciones, de las que nos burlábamos comemierdamente en nuestra adolescencia de rabia, son ahora lo único que nos permite saber qué fuimos, qué somos, qué seremos.

Estando con ellas nos olvidamos de todo y de todos. Parece que todo lo tenemos teniéndolas a ellas. Musiquita de la mala memoria. Y no sentimos ese mal que nos agobia y que llevamos con nosotros, arruinando esta vida que tenemos y no podemos vivir. Mucho menos frente al destino, ese desatino que nos desquicia de despotismo en despotismo y de cadáver en cadáver, sin que en nuestro pecho se encienda la llamita medio mágica y medio mentirosa del amor, siempre tan miedoso.

Sería redundante una rosa en su pelo. Ni estrellas en el cielo ni medallas en el cuello destellarían más luz que esa que ilumina las noches en nuestro largo camino, y que en el viento parece un acento de voz musical al menor movimiento de nuestro cuerpo al andar. Este es el peligro de las rimas reumáticas. Se nos enredan ridículamente en el corazón y un día descubrimos que nuestra bomba de sangre no es más que eso: una herida mortal que nos empeñamos en cicatrizar hasta que ahora lo único que sabemos es qué no fuimos, qué no somos, qué ya no seremos.

Hoy la madrugada youtube de los Estados Unidos es tenue, tierna y tan triste que nos tumba. En esa palabra vamos a morir aquí millones y millones de cubanos. En una lápida apátrida entraremos sin paz un número mucho mayor que las estadísticas de la isla y el exilio, porque cada uno morirá múltiples veces la muerte de sus memorias pero sin toparse nunca con la eternidad.

La arqueología en los Estados Unidos es también un descubrimiento digital. Hacemos clic en túneles de sonidos que apenas encajan en lo interactivo de un navegador de internet. Son y somos ecos huecos, ecos de huesos. Reproducimos esos milagros de bits y es increíble su estado intacto de conservación, después de tanto tiempo de abandono tras la estampida. En nuestra fuga, hemos dejado atrás cobardemente la música, notas fósiles secuestradas por los delirios marciales del dictador y sus himnos a ras de la historia. Que arrasan la historia.

Pero no fue el Tirano de los Pentagramas sino nosotros, los sin-historia, los que sacrificamos la banda sonora de nuestras biografías bajo la bota resentida de la Revolución. Por eso Dios, que se suponía era música misteriosa para las enfermedades del alma, como el amor, se vengó de nosotros con una amnesia atroz, con una arritmia emocional que nos pone a llorar como comemierdas al primer acorde de las canciones decrépitas de nuestra otra vida.

Los Estados Unidos para los cubanos son los estados silentes del espíritu de aquella otra nación, tan atiborrada de versos malos, de poetas pésimos, de melodías decadentes, como corresponde a una vida verdadera que se nos ha hecho inverosímil con cada nueva ejecución de esos clips fósiles grabados en otra Cuba unas pocas décadas atrás.

El exilio es eso: la traición del tímpano. El totalitarismo jamás soñó con convertirnos al socialismo, sino a la sordera. Quien no oye, otorga al callar. Y mientras más lo queremos en medio de la decencia que implica toda patria perdida en comunión, menos nos oímos ahora entre cubanos.


Ay, amor, una rosa en tu pelo ya no sabe ni lo que parece.