viernes, 23 de enero de 2015

Nuestros muertos alzando los párpados.


Es verdad. Aunque yo todavía no me lo creo.

Pero me lo han dicho en todas las familias que he visitado desde que no estoy en mi país. Las familias son eso, un mausoleo. No mienten. No hay una familia cubana que no sea la memoria misma de nuestra muerte.

Es así. Los cubanos morimos en familia. Eso es lo más triste de morir. No la muerte como tal, que no nos concierne a quienes morimos, sino el horror de imponérsela justo a quienes más amamos mientras vivimos. Uno debería saber irse a morir entre extraños. Perderse y ya. Por eso vine a los Estados Unidos. Por eso no me morí en La Habana, a pesar de que la muerte me decía al oído “orlando” madrugada tras madrugada del barrio.

Pero es verdad. Al principio me daba pánico darme cuenta de que alguien me iba a contar lo mismo otra vez. Sin ponerse de acuerdo, por supuesto, sin nunca haber estado en contacto entre sí. Entonces yo sólo quería agarrar el teléfono y llamar a mi casa y ponerme a llorar.

Poco a poco fui prestando más atención. Me serené. Del miedo al misterio a admirar el sentido secreto del alma de una nación que no existe: la cubana. Los relatos se repetían. En cada familia cubana se acordaban de uno, dos, tres, diez casos. En cada familia cubana el mismo brillo en los ojos y el mismo temblor en las manos de quien me lo contaba. Y es que tal vez han pasado demasiadas generaciones. Ahora somos el exilio en sí, sin referentes ni vuelta atrás. Es decir, el vacío en sí. Ya todos tenemos una memoria en casa de quien se nos murió sin querer sin casa, sin Cuba.

Me lo han dicho en español y en inglés. En Hialeah, que es La Lisa del Norte, y en Fairbanks, Alaska, donde ningún otro cubano antes llegó. Dos detalles que nunca fallan:

1) En el exilio no se muere a cualquier hora. Se muere de noche, que es cuando la patria se refleja en el cielo y de rebote bajo el esternón, por lo que es fácil verla más de cerca que cuando estábamos allá. Verla desde muy dentro.

2) Cuando un cubano va a morirse lejos de Cuba, tiene un instante intensísimo de lucidez. Y de niñez. Deja de ser el adulto desdeñoso y cruel que siempre ha sido y recupera entonces un aura del ángel que nunca dejó de ser. Nos hacemos buenos en el preciso momento en que ya no podemos hacer el bien. Y en cada familia me cuentan, casi con las mismas palabras, sin importar el nivel de instrucción o de ínfula intelectual, que el cubano lejano antes de morir siempre vocaliza el nombre de Cuba.

¿Se imaginan? Es sobrecogedor. Un pueblo arrasado, envilecido, disperso, irreconocible entre sí. Y a la hora sin hora, tendidos de remate en la cama querida de crear los siguientes cubanos, para luego acurrucarlos mientras crecen entre almohadazos que los salvan de la carencia cruda de Cuba, tumbados al borde de la tumba bajo la mirada sin adiós de los nuestros, ahí coincidimos todos en un estertor. Y exhalamos ese mismo par de sílabas tan elemental: Cuba.

Nunca he leído esto antes de revelarlo ahora aquí. Le debía este testimonio al pueblo cubano, nos los debía. Y es una palabra perversa que detesto por asesina de hombres: pueblo. Pero después de saber cómo moriremos todos sin Cuba, incluidos tú y yo, creo que nos merecemos ser algo de pueblo. La nación nocturna imaginaria, cóncava como el corazón humano. La familia memoriosa de los que van a morir a solas y sin embargo en un coro de Cuba, Cuba, Cuba.


No me dejes despedirme de ti. Muerto y todo, todavía te amo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te leo. Se sienta un alarido mudo en el medio del pecho. Me estrangula, me ahoga en llanto vivo habitado por los que no pudieron regresar. Veo a mi padre,mis tios. A Luis Aguilar Leon,a Huber y Celia. Tantas almas en pena mirandome,mirandome desde el otro lado. No falta mucho para que yo tambien los acompane. No hay tiempo. Me lo robaron. AT