jueves, 12 de febrero de 2015

1991



Empezábamos la universidad. Era La Habana de 1991.

Una tarde fuimos a sentarnos en las gradas del estadio universitario. No teníamos deseos de permanecer en el aula.

La Bioquímica por momentos nos sabía a ciencia-ficción, en una Facultad de Biología donde ya no había ni agua destilada.

Los profesores y alumnos desertaban en masa, cuando lograban cualquier bequita en el extranjero. A los que íbamos quedando atrás, nos expulsaban tan pronto como nos atrevíamos a dar alguna opinión. El clima era de una crueldad inconmensurable. Nunca fui más triste que cuando yo era un estudiante cubano, pobre y feliz y con la mirada siempre en nuestra indolencia ante tanto dolor. Para mí el castrismo es eso. Un páramo donde la salud y la educación son gratis, pero la vida humana no se da.

Esa tarde atravesábamos por el hospital Calixto García. Cuando rebasamos el Cuerpo de Guardia, un señor me abordó. No al grupo, sino que vino directo hacia mí. Usaba traje y corbata en el verano de aquella Cuba en pleno Período Especial. Me agarró por los dos brazos y me dijo:

“¿Qué edad tú tienes?”

Mis amigos reaccionaron con algo de violencia. También mi novia de entonces. Las novias son siempre las novias de entonces.

Lo separaron de mí.

Pero yo ya había visto algo en aquella escena repentina. Fui hasta donde el grupo había empujado al señor. Lo agarré por los brazos yo.

“19 años”, y aún le di más detalles: “cumplo 20 en diciembre”.

Entonces él me abrazó. Fuerte, hondo, sentido. Olía también fuerte, hondo, sentido. Y rompió a llorar en mi hombro. En mi cuello, en mi nuca, en mi pelo que comenzaba a lucir largo a inicios de la década y a finales del milenio.

“Lo sabía, su misma edad”, dijo con la voz rajada de lágrimas. “Y me lo acaban de matar allá dentro. Acabo de dejarlo muerto en la misma camilla en que lo trajimos ayer. Ve y pídele perdón de mi parte. No quiero que mi hijo sepa que su padre tuvo que verlo así”.

Y me soltó tan abruptamente como había llegado.

Y echó a caminar hacia la Facultad de Filología, un oasis de ficus o laureles o como se llamen esos árboles que antecedieron y van a sobrevivir a la Revolución.

Puede que apenas recuerde ahora las palabras exactas de aquel diálogo. Pero esa última frase fue sílaba a sílaba así:

No quiero que mi hijo sepa que su padre tuvo que verlo así.

Yo tampoco quiero.

No quiero que Cuba sepa que tuvimos que verla así. Horrenda, odiosa, hipócrita, hueca.

Me fui. Nos fuimos.

Esa tarde no fuimos al estadio universitario.

Esa tarde los amigos y novias de entonces, en aquella banda de bioquímicos de la barbarie, nos fuimos cada cual a su casa para no regresar nunca más al país.

A algunos nos tomó casi un cuarto de siglo, como es mi caso. Otros ni siquiera se graduaron de la universidad, para simplificar el papeleo y los sobornos de rigor. La mayoría terminó "traicionando" a la patria tan pronto como la patria los "ubicó" en un centro de alta tecnología del Consejo de Estado, donde podían viajar a un congreso en Europa o USA.

Nos disolvimos como grupo. Como compañeros de biografía y del corazón.

Yo y mi novia (en ese orden) fuimos hasta la parada de la ruta 23, en un parqueo desierto de 25 y N. Le di un largo beso en los labios. Yo la amaba tanto. Pero era, por supuesto, un beso de despedida.

Decidí volver al hospital. Volví a por el hijo muerto del señor en traje y corbata, que me reconoció como su no-sé-qué en medio de una tragedia no tan personal como colectiva. Siempre voy a volver a por la muerte de los míos.

En el Cuerpo de Guardia, con su cochambre de policías y pordioseros, con sus estudiantes entre la ignorancia y lo incivil, no había ya ningún hijo muerto sobre ninguna camilla. Por otros motivos, tampoco vi nunca más a mi novia de entonces. Ni nunca más tampoco a nuestra Cuba de entonces.

Hoy el clima sigue siendo de una crueldad inconmensurable. La tristeza no nos deja salvarnos del totalitarismo. Somos cada uno de nosotros, el castrismo en sí. Y mucho menos ahora, cuando la esperanza es una puta pobre y feliz, a sueldo de la danza exiliada de los millones, los que borrarán muerte a muerte la memoria de nuestra indolencia ante tanto dolor.


1 comentario:

William Cacer Diaz dijo...

Diariamente mueren cientos de ciudadanos en las salas de emergencias de los hospitales en Cuba, unos por infecciones contraidas en el propio hospital, otros por negligencia medica, otros por caprichos medicos, otros carentes de medicinas,nadie por muerte natural, esos mueren en sus casas mientras esperan una ambulancia o en las calles ante las
miradas de indolentes marchantes que los toman por borrachos....sin contar los cientos de legrados que se le practican a jovencitas estudiantes y el creciente numero de suicidio.