miércoles, 11 de marzo de 2015

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Cada mañana nos perdíamos entre los rascacielos hasta encontrar el nuestro. Ese. El de la lluvia artificial que caía incluso en los meses más secos de la ciudad. A ella le gusta entonces hacer un alto en nuestros recorridos. Me soltaba la mano y se acercaba a las fachadas de mármol falso, hasta irse humeciendo casi sin darse cuenta, con gotas imaginarias que se evaporaban antes de llegar al asfalto. Pero que, aún imaginarias, la mojaban en una danza que tenía mucho de erótico y algo de errático. Su pelo líquido, su ropa transparente en la megápolis de las limusinas y trajes. Yo me quedaba un poco atrás. No quería interferir con la magia de esas mañanitas en libertad. Duraban tan poco, era sólo un instante. Lejos de Cuba, lejos de la Revolución. O no tanto. Porque una vez, terminando un octubre de cielos encapotados y ciclones recurrentes, llovía de verdad en Manhattan. Ella me dijo: "¿Tú también la hueles, verdad? Hoy no es Nueva York, sino La Habana". Y se salió debajo de nuestra sombrilla, un paraguas grave más propio de esas escenas de cementerio con que terminaban las películas norteamericanas de nuestra infancia. Lejos de la isla larga, tan cerca de Long Island. Ella me dijo: "Un día vamos a ser como esas gotas imaginarias que nunca caen. Y otro día vamos a ser nosotros los que caigan en medio de un aguacero cansado". Yo sólo caminé detrás de ella durante el resto de esa mañana. Sabía que no me hubiera perdonado que la viera mezclar la lluvia con sus lágrimas de ciudad extraña.

2 comentarios:

carlos dijo...

Hermosa prosa, gran expresión. Continuad así.

Liborio Esperanza dijo...

Excelente, maravilloso me lo leí todo!!!