martes, 10 de marzo de 2015

Yo, niño armenio

La muerte de los niños

Una vez tuve una prima. Se llamaba Munka y era poeta, si bien contaba apenas con trece o catorce años. De hecho, Munka era sólo el chiqueo de su aristocrático nombre, no muy bien mirado por los comisarios soviéticos de la Unión: Silviartaxata Mun Kaputikián.

Fue durante una de nuestras tantas vacaciones de veraneo junto al Lago Sevan, supongo que en mil novecientos setenta y algo. La familia en pleno reunía anualmente sus dos ramales allí: los Saroyan proletarios de la capital pero sin capital (nosotros), y los Kaputikián del valle fértil y los volcanes de alcurnia, incluso dormidos (ellos).

En la casona siempre sumábamos cerca de cincuenta, aunque cada año moría al menos una docena. De manera que, por motivos de simple lógica de la memoria, asumamos ahora que ese verano sumamos excepcionalmente unos veinte, entre los cuales nos encontrábamos, por supuesto, los primos.

Mi prima Munka se negaba a comunicarse en armenio: el ruso del Pedagógico Interestatal le parecía mejor. La familia en pleno arqueaba las cejas, pero nadie la rectificaba. Por lo demás, por cuestiones de trabajo, sus padres residían bastante tiempo en Moscú y, en definitiva, se trataba sólo de una chiquilla con ínfulas de llamar la atención: ese era el comentario que la justificaba.

Munka era pionera de vanguardia, y esto se notaba especialmente en su manera de rimar el final de cada renglón en cada uno de sus poemas. Hay vocablos y frases que marcan internamente el pensamiento de toda una generación. Para mí, todos aquellos versos y consignas conformaban en realidad un sólo poema épico, cósmico a la par que cómico, y aristocráticamente proletario, que si tendría algún título este sería, por supuesto, aunque ella misma despreciase mi teoría, el de Silviartaxata Mun Kaputikián: su nombre.

Mi prima Munka, además, era campeona nacional de ajedrez en su categoría pioneril, y en dos o tres superiores también, y hasta se oían comentarios de que, rebasadas no sé qué pruebas y formalidades de la federación internacional, Munka bien podría representar a la Unión de Repúblicas en las Olimpiadas de 1980, a desarrollarse precisamente en su adorada Moscú. Lástima que no fue así.

Ese verano, el lago Sevan olía a pescado muerto más de lo habitual. Bañarse en él era como darse un chapuzón en una enorme cacerola tibia de sopa. Lo odiábamos. Considerábamos todo aquel vacacioneo peor que un ritual de iglesia o un mitin escolar. De manera que, cada cual con su propio pretexto, los primos comenzamos a escabullirnos de aquella acampada diaria entre las márgenes del Sevan y las de río Kurá.

Una tarde sumábamos (reitero que por motivos de la eficacia anecdótica) cinco primos, más Munka y yo. Es decir, siete desertores en total. Y los siete subimos a la buhardilla de la casa. Y de la buhardilla nos encaramamos clandestinamente hasta la azotea por un tragaluz que, tras mucho esfuerzo, logramos forzar haciendo palanca con un bate de hockey.

Desde allá arriba teníamos la impresión de dominar medio Valle de Araks, media República Socialista de Armenika, medio Cáucaso pacificado, y acaso media Unión Soviética también. Era eufórico.

Serían las tres o cuatro de la tarde y el sol ya era noble, un redondel naranja sobre el espejo siempre sepia del lago Sevan: aquellas aguas ni siquiera en verano reflejaban el azul añil saturado arriba; aquel era un líquido más bien reacio de cielo, tal vez por las demasiadas historias de ahogados por mano propia o criminal o divina o histórica.

Nuestros nombres de pila eran: Dikran, Kosrove, Gurken, Sirak, Melik, mi prima Munka y yo: todavía Vilniak. Así que fue a Dikran a quien se le ocurrió:

—Juguemos a las hormigas —propuso.

—¡Sí, sí, bravo! —rompimos todos en aplausos, él incluido–: ¡Da, da, hurra! —vitoreaba la prima.

Es realmente contagioso un aplauso. Puede que al final sea justo eso lo que todos anhelamos de niño primero y de adulto después: aplaudir y, de ser posible, aplaudirnos. En Eriván, Moscú, New York o La Habana: la naturaleza humana no da para mucho más.

Así que fueron Kosrove y Gurken los que bajaron por el tragaluz hacia la buhardilla, y de ahí siguieron el descenso hasta la cocina de la casona, donde se robaron el pomo de mermelada de haya que entre los dos subieron de vuelta a nuestro puesto de observación.

Así que fue Sirak quien le forzó la tapa y lo abrió, y fue Melik quien le acercó la nariz:

—Es hediondo —aprobó, y uno a uno fuimos probando su aprobación: en efecto, la mermelada olía a animal podrido desde el invierno.

Rifamos en suerte quién sería el de la mala suerte esa tarde. Teníamos estrictamente prohibido jugar a las hormigas. De hecho, esas vacaciones sería la primera vez que lo hacíamos. Y me tocó a mí.

—Con Vilniak no, que es muy chico —me defendió inesperadamente mi prima—: ¡yo tomaré su lugar! —y dio un paso al medio del pequeño corro de niños.

Recuerdo que fue Dikran quien dirigió la tortura. Esa tarde mostró un talento sobrenatural. A ratos diríase que imitaba al villano de alguna película de espionaje, pero a ratos yo diría que no: Dikran Kaputikián, con apenas una década de vida, ya era un experto torturador, aunque para ello hubiera tenido que estudiar las costumbres y mañas de todas las especies de hormigas que pueblan esta o aquella latitud.

Korove y Gurken se limitaron a obedecer como verdugos (actuar directamente sobre la torturada), Sirak y Melik ejecutaban bajo protesta semejante rol tan trivial (localizar los insectos), y yo sólo miraba: me imaginaba a mí mismo en el lugar de Munka, semidesvestido y atado con mis propias ropas, la piel embadurnada de aquel gel de hayas hecho acaso por la tía Vava.

Entonces llegó el momento. Colocamos el cuerpo de Munka bien cerca del peor hormiguero. Había tres en la azotea de la casona: al menos eran tres los que Sirak y Melik localizaron. Dirak trazó una mecha de mermelada entre el cuerpo maniatado de la prima y la boca del hormiguero, y dio la orden de comenzar a contar.

No teníamos reloj, de manera que sería un conteo al azar. Habíamos acordado con Munka hacerlo sólo hasta mil, pero era evidente que no sería necesario pecar de tan quisquillosos, pues por simple inspección visual podríamos decidir si continuar o parar, según la violenta reacción del torturado y, por supuesto, la virulenta acción y el número de las hormigas complotadas.

Después de todo, el juego era muy divertido y entrañaba una gran responsabilidad porque, a pesar de los gritos y las amenazas (por esta vez en lenguaje de mudos, para no delatar nuestra ubicación), nadie quería mutilar realmente a quien resultase seleccionado. Al contrario, dado que éramos un grupo bastante cerrado, era muy importante conservar la confianza entre nosotros, para que así el juego no se agotara ante la falta de concursantes. Como, de hecho, esa tarde se agotó. Y no sólo en la región del lago Van sino tal vez en el resto de Armenia: en lo personal, nunca más he oído ni leído una frase sobre la ancestral costumbre infantil de nuestra patria natal.

Enseguida perdimos la cuenta: tal vez no pasamos de cien segundos hablados. Ni de diez. Fue fulminante, súbito. Y lo peor no fueron las hormigas, como pudiera pensarse (que en esa ocasión se mostraron particularmente incisivas y voraces, penetrando sin previo aviso por cualquier agujero de la prima Munka: excepto su boca, que permanecía amordazada), ni tampoco fueron los retorcijones de aquel cuerpecito de animal doméstico que va a ser sacrificado. Oh, no. Lo peor fue el pánico colectivo que se instauró al reparar, todos a la una, en la excesiva realidad de nuestro espectáculo: ¡ante nosotros estaba sucediendo algo real y teníamos inmediatamente que actuar! O, de lo contrario, ya sería demasiado tarde para actuar (como fue la cosa), aún si alguien se atreviese a llamar a algún adulto (que no fue el caso): pues ninguno de ellos podría, por lo demás, meter su corpachón caucasiano por el boquete forzado en el tragaluz.

Y, en medio de aquel caos repentino, y de las órdenes y contraórdenes de Dikran el torturador, y del correcorre en sentidos opuestos de Kosrove y Gurken, y de las gesticulaciones inútiles de Sirak y el llanto paralizante de Melik, por algún azar el pomo de mermelada cayó en mis manos, y de mis manos cayó entonces por ningún azar contra el piso, reventándose en mil añicos de vidrio y en mil lanzas filosas y microscópicas, cada una con el típico sabor y el hedor de las hayas sobrecocidas.

No estoy seguro, pero estoy seguro que lo tiré para detener aquella escena que enseguida me repugnó: romper el maldito pomo había sido mi tímida manera de dar a todos un piñazo colectivo y gritarles en pleno rostro: “Con Munka no, que es una chica”, la defendería tan inesperadamente como ella a mí: “¡yo tomaré su lugar!”, y hasta daría un paso al medio del pequeño corro de niños, o saltaría al vacío del primoroso paisaje con tal de escapar entonces de aquella trama o trampa o no sé.

Tras la sonora explosión, calló Munka y callamos nosotros. Aún seguiría siendo un verano de mil novecientos setenta y algo, supongo. Pero el mundo nunca sobreviviría igual.

La mermelada sepia se fue oscureciendo en silencio (primero rojo, después pardo, después marrón, después violeta, después negro), como la tardenoche misma de Armenia, y allí permanecimos nosotros, mudos, de pie, impávidos hasta rebasada la medianoche y sus gritos exasperados en boca de nuestros padres, tíos, y primos no convocados a la reunión.

Munka brillaba. Parecía vestida de novia de tan blanca que lucía su piel bajo la luna de Eurasia. Las hormigas, al parecer, habían perecido por el exceso de mermelada o de sangre: tal vez todas se habían ahogado, porque nuestros pies descalzos no dejaban lugar a la confusión. Era un hecho que la azotea estaba ahora inundada, al menos hasta mis tobillos: si bien yo era entonces muy chico, como Munka misma lo reconoció.

Dikran fue el primero que no aguantó. Hizo algo parecido a mi plan tras estrellar aquel pomo de gel: se estrelló él mismo desde otra azotea. No de aquella (a la cual no regresamos ya más en verano), sino desde el noveno piso de la Academia Premilitar David Zazonski, cuando apenas le faltaba la ceremonia de graduación para entrar a la Universidad Militar Interestatal, y convertirse en un piloto de guerra o hacerse matar en el intento.

Kosrove y Gurken quedaron enfermos de por vida. La leucemia le lamió la sangre al primero, como una lengua luenga de fuego fatuo: primero rojo, después pardo, después marrón, después violeta, después negro. Esto fue a finales de 1991, cuando ni la URSS en desintegración, ni la Armenika libre en formación, podían hacer algo por él (de hecho, era un Saroyan, y todos han terminado muy pobres).

Al segundo, fue otro tipo de cáncer, algo más lento pero igual voraz, acaso como las hormigas: una tumoración inoperable por dentro del corazón, la que no quiso ahogarse (como las hormigas) con decenas de sueros y radiaciones que lo desangraron, gota a gota de hemoglobina, antes de cumplir veintitrés.

Sirak todavía vive, pero ya está muerto. Lo atropelló un auto tras el tercer terremoto de Leninakán. Ni siquiera respira solo. Un aparato estatal se encarga de conservarlo con vida para el futuro de la patria: allí, tal vez, alguna técnica sofisticada podrá, esta vez sí, hacer algo por él.

Melik ya murió, pero sigue vivo. Puso una bomba en el Parlamento a finales del año cero, cuando en el Azgayin celebraban con bombo y platillo la primera década de la Segunda República en libertad (1991-2000). Nadie, salvo él, murió en la acción, y su nombre fue tratado en los medios como el de un mediocre Saroyan más. Pero, desde entonces, varios comandos urbanos han tomado su nombre como bandera: al parecer, con apoyo relativo de las guerrillas armenias que operan más allá de nuestras falsas fronteras.

Por lo demás, yo ni siquiera me llamo ya Vilniak. Mi madre prefirió William, si es que habíamos de vivir para siempre en América, como de hecho ocurrió. Ahora mi nombre es William Saroyan y no hago nada salvo escribir. Lo mismo cuento sobre mis primos que sobre mis padres que sobre mi amor. En cualquier variante, siempre cuento sobre la muerte. En un final, no puedo ni deseo evitarlo, para algo estuve años y décadas como espectador: ahora tengo pánico de que muera también mi memoria del espectáculo, y es por eso que trato de inventarme una entera por escrito, aunque ya sólo encuentre retazos sin mayor cohesión que sus incoherencias. Acaso terminaré siendo otro Saroyan remendón más: remedo de ningún escritor en especial, miedo de imitar demasiado a todos a la misma vez.