viernes, 10 de abril de 2015

Llevan todos tu nombre, Fidel



Los cubanos vamos a extrañar mucho a Fidel.

Fidel era un asesino espontáneo, casi infantil, con un carisma irresistible que erotizaba incluso a sus guardaespaldas, mientras podía matar por la sola curiosidad de ver la última expresión de pánico o de coraje en sus elegidos. Como quien abre con candor una lagartija de Birán o la vagina virgen de una habanera adúltera.

Fallecido Fidel, en uno de esos espectáculos fecales de correcorre entre camillas y Mercedes Benz, hoy como pueblo nos hemos quedado muy solos, entre el sicópata tuerto de su sobrino y la pedofilia patética de Eusebio Leal.

Fidel andaba lleno de lodo. Subía y se bajaba de yipis y de helicópteros cuyas aspas decapitaban al resto de los comandantes de la Revolución. Cortaba caña con cojones. Bebía agua de jícaras con la saliva del campesinado. Metía canastas de tres. Y de trece. Expulsaba curas y reconcentraba maricas. O ambas. Pescaba agujas hemingwayanas y era un as con el crossing-over de vacas. Fumó y fumó y esquivó las células del cáncer. Sembró de todo y tuvo el talento de no recolectar nada, y ese ciclo de tozudez estéril para el pueblo cubano era un síntoma de cercanía. Fidel era un fracasado que nunca perdía, un cubano de barrio. Fidel era yo. Un tipo que desvió huracanes y trajo a Cuba el SIDA desde la mata de África, en los linfocitos heteros de sus soldaditos de ébano. Clonó el interferón y cristalizó la fórmula amorfa de la espirulina. Deportó a medio país y lo puso a producir para él en un mall desde Miami hasta Melbourne. Sin contar con que puso a orbitar al primer negro en el cosmos. Fidel, compañeros, era un pingú.

Ahora en el 2015 Cuba está en trance de democracia. El gobierno de La Habana se satura de blancos ricos que han pactado con los blancos ricos del ex-exilio cubanoamericano. Los comandantes están siendo puntualmente cremados y los archivos del holocausto no sólo han sido desaparecidos, sino re-escritos del pí al pá. El futuro pertenece por entero a ese pasado aún sin estrenar.

Del tuerto tétrico de Alejandro Castro Espín y sus zetas sionistas sólo podemos esperar la masacre, pero esos miles de muertos importan menos que la túnica de Eusebio Leal. El gran don decimonónico, el retórico ratero que arrasó con las propiedades de Dulce María Loynaz, el cúmbila de Lage y otros supuestos reformistas que terminaron en piyama sin poder dar ni entrevistas, el historiador castigado por corrupto y por hacer un chiste de embajadas sobre quitar de La Habana Vieja al mausoleo del Yate Granma, en fin, el párroco que empala por culo a lolitas con sus dólares de pedigrí, juzga en público al pueblo cubano —un pueblo cuya estampida ha sido nuestra única venganza contra el tirano— como apenas una mota de lodo en su gabardina Lord Spengler.

En consecuencia, la neo-marketización entre los tycoons totalitarios de Brickell y los capos corporativos de Siboney, implicará reciclar a las mejores mentes de mi generación en el laundry de una cárcel de alta seguridad digital. Nada que ocurra en Cuba es creíble. Los primeros demócratas que lleguen a la democracia en la Isla serán sólo el fast-food que el fidelismo entrena hoy en sus cumbres continentales.

Como cubano extraño mucho a Fidel, a sus cadáveres que son mis últimos contemporáneos. El líder máximo del Tercer Mundo nos llamaba “lumpen”, “escoria”, “gusanos”. Pero jamás dejó de embarrarse con nuestros mojones mediocres de nación emputecida por medio milenio de despotismo sin Estado y sin dios.

También me da tristeza que en su muerte Fidel nos vaya a extrañar mucho a nosotros, sus cubanos.