sábado, 26 de septiembre de 2015

EQUINOCCIO DE REYKJAVÍK

EQUINOCCIO DE REYKJAVÍK
Orlando Luis Pardo Lazo


Los sábados no llegan hasta aquí.
En estas latitudes, la semana tiene dos o tres días,
rara vez cuatro.


Presente y repetición,
máquinas de infancia.
Memoria que ya dábamos por muerta y enterrada,
como buenos cubanos.


Pero todo es péndulo en el Círculo Polar.
Todo es magma que vuelve
sobre sus pies.


Las iglesias repican sus campanas digitales
cada dos o tres minutos,
rara vez cuatro.
Las brújulas son menos definitivas.
Es el triunfo de lo frágil,
con esa fragilidad del fuego que hace mierda a los mapas.


Comenzar todo de nuevo como si fuera lo más
natural.
En estas latitudes, antes del sábado ha sido martes
dos o tres veces.
También cuatro.


Y más.


El resto es mito. Es decir,
mundo.


Las estaciones corredizas.
El año constante.
La luz que escasea en verano
y en el invierno ya es mínima,
pero pertinaz.


Como lluvia de Reykjavík.
Como humo de mar.


Aquí las horas son horas humanas
todavía.



De manera que todo era justo al revés
de como nos lo pintaron a ritmo de Revolución.
Por eso mismo nos lo pintaron
a ese ritmo.


Para que no nos diéramos cuenta de nada.
Al menos no
hasta que fuese lo suficientemente tarde.


Y lo fue.
Tarde hasta para morirse de pronto aquí.


Atravieso las plazas y los cafés.
Soy un sueño político de Jón Gnarr.
Estatua caminante,
turista estúpido que todo lo intuye primero que tú.


Mi soledad cubana basta para destruir
familias milenarias.
La belleza de resistirse a pertenecer es 
irresistible.


Tengo que disimular mi euforia
por humildad.
Siempre es vil ser un vencedor venido de afuera.


Miro a los adoquines como si fuera extranjero.
No es cierto.
Ni remotamente lo será cuando por fin llegue el sábado,
tras dos o tres intentos de martes.


Rara vez miércoles.


De isla a isla, soy el único de los islandeses
que ha nacido a propósito en el último equinoccio de Reykjavík.