sábado, 24 de octubre de 2015

A CABALLO MUERTO, CABALLO PUESTO


LA MUERTE DEL CABALLO
Orlando Luis Pardo Lazo


No relinchó. Dobló las patas delanteras y arqueó la cabeza hacia atrás, en un ángulo que parecía imposible. Que lo humanizaba. En cámara lenta, esperando por una humana solidaridad que nunca llegó. En los dos mil o años cero los cubanos estábamos demasiados hundidos en nosotros mismos para abrumarnos por las boberías de muerte de nadie más.

Sudaba como una diva porno o una súper-estrella de rock: en ambos casos, un objeto anacrónico en la Cuba de Castro (no hay ninguna Cuba que no lo sea). Sudaba como un corredor de fondo, con esa legendaria soledad pública del primer maratón mortal. Sudaba como un obrero bajo la canícula que caía sobre la calle, a esa hora de sombras mínimas pero de un negro rabioso, en un contexto sin texturas ni colores creíbles en la retina de quien se arriesgue a la radiación.

Coincidimos de frente. Yo iba a cruzar la calle Reina a la altura de la avenida Galiano (ninguna ya se llama urbanísticamente así: la Revolución rebautiza cosas y espacios y hasta años a una velocidad espeluznante). Yo salía del soportal sobre el que brilla una pancarta sonriente de Fidel Castro anciano, y el animalito formidable me miró. De frente. Eran las doce del mediodía terrible. Ambos chorreábamos como bestias —sudor sin sentido—, pero acaso sólo el caballo tenía una mueca humana en el rostro. Una mueca que recuerdo sólo en quienes tienen el privilegio —o el pavor— de entender que esa hora es la hora en que se van a morir.

No relinchó. Dobló las patas delanteras y arqueó la cabeza hacia atrás, en un ángulo que parecía imposible. Que lo humanizaba. En cámara lenta, esperando por una humana solidaridad que nunca le llegó de mí, ni de mis ojos ni manos ni de por lo menos mi grito contra la muralla hueca de la multitud. Hay momentos tan miserables que merecen ser narrados dos veces.

El caballo estaba atado a un coche en divisas convertibles —el indecente dólar cubano— de la Oficina del Historiador). Asumí que me había elegido a mí como testigo para morir menos solo, menos desolado. Sobre nuestras cabezas, la pancarta ideológicomercial de un Fidel Castro anciano le sonreía ahora más picarón a los curiosos, calañita de carroñeros de toda ralea, que cruzaban sin cuidarse del tráfico hacia la escena luctuosa. Eran los desclasados del parque El Curita, un parqueo sin parquímetros desde 1959, pero con parqueadores del proletariado cobrándote igual.

La sorna de Fidel Castro no podía ser más helocuente, con hache himpronunciable: ¿ya lo vieron, cabroncitos? ¡yo sí que sobreviví!

Más arriba de la pancarta era el desierto: no había nubes en Centro Habana. Un cielo chamuscado de ese azul cianótico que nos enorgullece de ser cubanos. El caballo se dejó caer desde su altura y casi vuelca al coche con su cochero. Por suerte o por desgracia no traía turistas encima (o supieron fugarse a tiempo de aquel naufragio local).

Lo vi —y oí, y olí— patalear sobre el asfalto casi líquido por el calor. Rebotó entre el contén y la acera, y casi se mete moribundo dentro del soportal. Me hice a un lado, con un pase insolidario de ballet (o de torero arrepentido). Esta vez sí bufó un poco —no sé si bufar será el verbo correcto para un caballo—: tal vez lo quemaba el pavimento a medio derretir por el sol socialista de una nación sin toldos.

La esquina entera hedía a fuel, a chapapote, a combustión fósil. Y entonces comenzó a soltar sangre por la nariz y entre sus dientones amarillos (a mí también me dan esos episodios de epistaxis, augurio de no sé qué, por lo que me puse muy nervioso o muy triste o ambos).

Era una sangre negra, espontánea e impredecible. A borbotones y sin causa externa aparente. Impresionante para los impresionables (allí, en minoría absoluta yo). El súmmum del horror silente: cerveza oxidada de Miguel Servet, hemoglobina sin oxígeno útil para seguir la inercia de no irnos de aquí. De Cuba, de la Revolución, de Fidel (perdonen mi persistencia: es patológico, esperemos que pronto se me vaya pasando).

La mirada se le apagó al caballito en un rencor distante, como si lamentase que nadie le hubiera avisado a tiempo lo que le iba a pasar. Como si no se hubiera podido despedir de sus seres queridos (equinos o no). Como si me recriminase el no haber movido ni un músculo para salvarlo.

No sentí culpa, sentí la continuidad de siempre yo ser el cómplice en una ristra de escenas parecidas (con equinos o no). Hacía una temperatura incompatible con la respiración, grados Celsius de planeta cadáver. Si quería sobrevivir, como el Fidel Castro de papel allá arriba, debía escaparme cuanto antes de allí.

La sangre se hacía un charco espumoso sobre el percudido granito del soportal. ¿A qué edad se muere un caballo? De un título de Horace McCoy nunca leído, y de vivir en un barrio marginal por donde trotaban los delincuentes, de niño me quedé con la idea de que los caballos eran los últimos inmortales de La Tierra. Después, durante décadas, mis caballos fueron sólo librescos y televisados, sin contar los plásticos de ajedrez. Así me protegí por un tiempo de la verdad, que también tiene piernas largas para pisar tus talones y trampas. La verdad piafa.

Antes de huir, le hice un par de fotos al caballo ya muerto. Los curiosos coreaban en corro la palabra “infarto” (todos son expertos en occisos en este país-ataúd). Nos empujábamos para ver a la celebridad forense ya rendida a la fuerza de la gravedad. Yo tenía la ventaja de la primicia, por parecer extranjero con mi camarona Canon 7D (donación a la disidencia cubana, directo desde Washington DC), y de vez en cuando me daban un chance de acercarme a la arena.

Los niños venían corriendo desde cuadras remotas. Algunos comentaban golosos que la carne es 100% aprovechable cuando el animal se muere así de rápido, no de enfermedad (como si el corazón roto no fuera la más “larga y penosa” enfermedad). Un viejo chino siguió de largo sin el menor aspaviento (apuesto a que la muerte ya lo aburría a su edad). Sentí náuseas. Primer síntoma de que voy a desmayarme. Un peligro, pues me hubieran robado la cámara antes de echarme una mano. La necesidad es la necesidad.

El cochero liberó por fin los retorcidos amarres del carricoche y el cadáver reposó libre sobre el granito: a la sombra cenital del mediodía dominguero, entre el churre de las últimas décadas y los gargajitos de esa mañana torácica, atorada. Entonces llegó un comando de policías, despejando la manifestación espontánea con sus walkie-talkies y enfriando el canibalismo equino de la población: “arriba, tunturuntun por donde mismo vinieron, que aquí a nadie se le ha perdido nada”.

En presencia de los uniformados, en medio de ese patiñero de pánico que implica siempre la idea de una Policía Nacional Revolucionaria, hubiera resultado excesivo pedirle a alguien que me hiciera una foto abrazando el cuello del caballo (consecuencias de leer mal a Nietzsche en La Habana del II Reich Anti-Imperialista).

Pensé en sentarme en un banco del parque El Curita, a recuperarme entre borrachitos pedantes y putas de las más baratas del hemisferio (chupi-chupi por poco más de un dólar, pero al cambio de la moneda nacional), hasta alejar toda sombra de mi fatiga, de paso revisando las últimas fotos fúnebres en la 7D.

Allí revisé entonces los píxeles de una muerte aún tibia y borboteante de espuma negra, husmeando con el zoom de la pantalla a dónde se habría ido el alma de aquel caballo bajo la sonrisa ubicua de un caudillo llamado cariñosamente El Caballo: nuestro comandante en jefe ya saben quién.

¿El dueño enterraría ahora al caballo o vendrían por él los peritos de Zoonosis y Comunales? ¿Podría aprovechar su carne en familia o tendría que donarla por resolución ministerial al Zoológico del Parque Lenin? ¿Cómo luce en cámara el corazón roto de los caballos? Porque incluso ellos tienen el suyo, supongo, a pesar de una actualidad tan descorazonadora, ¿o no? Horses they have hearts, don´t they?

Me dio por borrar las dos fotos recién tomadas. Atravesé el Barrio Chino sin acordarme de comprar la pizza familiar que me habían encargado, como regalo de cumpleaños para qué más da quién ahora. Igual los quioscos humeaban a queso y astillas acres de piña, a pollo decapitado y puerco a falta de perros para sacrificar. Un vaho vacuo se me coló en el estómago, revoltura. La calle estaba cubierta de cucuruchos de maripositas chinas y rollitos de primavera. Capitalismo carnavalesco de lo incomestible.

Llegué hasta la parada de la ruta 54 en el cuchillo injusticiero de Zanja y Galiano. Ya estaba a salvo. Me paré a esperar. Esperar como todo un país espera, pensando en la muerte del caballo. Hoy, con minúsculas disimuladas. Mañana, con esa mayéutica de las mayúsculas con que los cubanos en Cuba o sin Cuba esperamos el día después de.