martes, 27 de octubre de 2015

CAMILA DE MI CORAZÓN CONTRACOMUNISTA




CAMILA DE MI CORAZÓN CONTRACOMUNISTA
Orlando Luis Pardo Lazo


Ese fue el problema de la Revolución Cubana: no tener cheer-líderes como Camila Vallejo en nuestra juventud (en la Juventud Comunista, se sobreentiende, que es la única concebible en la islita).

En 1959 tuvimos, eso sí, un Camilo que igual arrebataba a las masas sin distinción de sexo, pero precisamente por eso nos duró menos que un merengue en la puerta de un aeropuerto: Camilo Cienfuegos enseguida voló por los aires —lo volaron, por envidia vil—, peor que el clásico globo de Matías Pérez. Así que sus restos nunca tendrán un nichito necro con la boina calada al estilo del Ché, como el Guerrillero Heroico en su cenotafio de Santa Clara (dicen que sus huesos no coinciden con el ADN argentino).

A Camila Vallejo, que llegó a presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, sí le sienta bien esa bolchevique calada sobre su rostro de modelo súper-star. Comunista, para mayor swing y onda cool anti-capitalista y anti-hegemónica y anti-todo (excepto anti-totalitaria). Fajada a palabras y a palos contra el gobiernito en pleno de La Moneda, en esa democracia tan demacrada con ínfulas de un Primer Mundo piñeriano en Latinoamérica. Radiante y rabiosa, virgen incitante de una represión estilo Pinochet que la legitimase no sólo como parlamentaria, sino como conspiradora de calle. Como mujer pre-mártir que muy pronto incubaría en sus entrañas a un bebé con sangre 50% cubana (léase, nacido ya con media nacionalidad revolucionaria).

Camila vituperada por la machorrería empresarial y hi-tech. Camila escudo playboy de los think-tanks izquierdosos a ras del ALBA. Camila Vallejo, compañeros, que salió publicada en la tinta tétrica del periódico Granma, y nos partió de una patada andina nuestro corazón sin minas de cobre colectivizado. Camila, que duele de belleza y virtud como una diva anticlerical de película, con su piercing trilce de dormirnos los dos en una sepultura, como dos hermanitos en un verso Vallejo.

Ese es el problema de la Revolución Cubana: vivir la política sin glamour, firmes y de completo uniforme, sin futuridad —un presente precario perpetuo—, sin placer y sin placenta de pueblo, porque en Cuba todos éramos una única hembra que se sacrificaba —de efeméride en efeméride— ante el falo infalible de Fidel.

Quien haga en Cuba la mitad de lo que hizo Camila en Chile, el puño en alto y exponiendo los trapos sucios de la nación ante la prensa internacional, en lugar de sentar al gobierno en la mesa de negociaciones, terminará preso profilácticamente antes de terminar su primera alocución. Y el reportero que se atreva a cubrirlo será expulsado según las normas de higiene de nuestro Centro de Prensa Internacional (ese don’t-think-tank de la ultraderecha castrista).

Sólo por postear en su blog tan contestatario al establishment patrio, en Santiago de La Habana la hubieran tildado de “ciber-mercenaria” en la TV estatal (por ejemplo, como a Yoani Sánchez y a mí). Y sólo por poner sus pies disidentes en nuestro Parlamento 1959% unánime, la Cenicienta chilena hubiera sufrido un acto de repudio, donde la harían tragarse su manifiesto poético (como a María Elena Cruz Varela, por ejemplo).

Camila Vallejo parecía otra cosa, incluso en el Granma, libelo reaccionario del gerontocomunismo cubano. Con su mirada de novia de Peter Pan que, si llegara a crecer y descubrirse adulta, no sería nunca una diputada pragmática. Con su look un tanto cleptómano de Mariam Hood, caperucita roja que roba a los lobos de los barrios altos —sus barrios— para devolvérselo a los okupas de Hasta La Victoria Siempre.

Ah, demasiada poesía de princesita valiente para un pueblo tan mendigo apático como el cubano. Pero que por ella sí que podríamos ponernos kitsch y declamarle los versos más populistas de esta noche chapuceramente mapuche, con tu boina verde oliva y el corazón encandilado con los cóndores sin conmiseración de La Habana.

Ese será el problema de la Revolución Cubana: sembrar sólo cuadros cetrinos, tipos de traje y corbata antes de cumplir veinte años (o con esos pulóveres de rayas que los delatan como agentes en formación); lo mismo que mujerongas de joyas tan falsas como sus maridos, arribistas de la proletariocracia cubana, que se exceden en la represión para ser premiados con un puesto en la diplomacia. Porque en una Isla, triunfar significa siempre salirse: ponerse a salvo del Archipiélago Cubag. No estar físicamente flotando dentro cuando anuncien del Día F del funeral de Fidel.

Pero Camila por suerte no es cubana, así que puede hacer en paz la peregrinación en sentido contrario a nuestro pueblo tan ingrato. Por lo que en el 2012 Camila vino a esa Cuba que decúbito sufrimos y hasta le dio un besito a ras de boca al vejete no tan chocho como chulo que sigue siendo Fidel (meses después, Camila pariría a un bebé mitad chileno y mitad cubano). El hálito histórico es irresistible para la izquierda, con o sin halitosis: “para nosotros lo que diga, reflexione, lo que nos señale es como una carta de ruta, […] todas las reflexiones que haga Fidel constituyen luz y esperanza para Chile”.

Ah, el recuerdo glorioso de las armas contrabandeadas desde la Plaza de la Revolución hasta La Moneda. Ah, el estoico escolta cubano que dicen que remató a Allende para que no lo atraparan vivo, como al resto de los soldados socialistas del presidente, durante el holocausto de septiembre de 1973. Ah, el atentado del que se libró el Pinocho —en otro septiembre, pero de 1986— por un golpe de aché. Ah, el barrio de los chilenos en Alamar, en una Habana de edificios de corte yugoslavos, los que fueron abandonados en masa por la chilería cuando llegó la alegría con el plebiscito Made in Pinochet. Ah, la Gladys Marín y el Pedro Lemebel viniendo a Cuba hasta sus últimas consecuencias clínicas, viendo sin ver a nuestro zanjón de una aguada no tan caribe como caníbal.

Hasta desembocar en Piñera, el epígono del pinochetismo chistoso, advirtiéndole a Raúl Castro al entregarle la presidencia de la CELAC: “a usted lo han elegido por un año, no por 50”. Una broma macabra acaso respondida por Guillermo Teillier, al burlarse en público de la opositora cubana Rosa María de visita en Chile, por ser la hija del mártir del castrismo Oswaldo Payá: “ella no ha conocido esos horrores en Cuba, ni tiene detenidos desaparecidos en su familia, ni torturados, ni ejecutados, pues su padre murió en un accidente carretero por imprudencia de un chofer, representante del Partido Popular de España”.

Eso es lo insoluble de la Revolución cubana: que en el pueblo no hay ninguna Camila, carecemos crónicamente de su talante de gladiadora contra el sistema. Nuestras guerreras exportan y explotan su glamour de boconas en la televisión de Miami, anunciando cosméticos o bombitas para parártela antes y después de la Viagra; o simplemente aplican por una visa de turistas y enseguida sí que son “desaparecidas”, pero en un resort cinco estrellas de Cancún o de Chiloé.

Camila de fisionomía fácil que nos convertiste a nuestra propia fósil ideología: si el Estado cubano me deja salir a tus Andes, si me fugo en un ataque de furia hasta tu islita continental —del desierto a los hielos, páramos de eternidad—, yo te prometo por ti, Camila, que militantemente te iré a buscar.


Por supuesto, no te diré nada que no te haya dicho ya aquí, y mucho menos aspiro a tus labios levógiros porque bien sé que sólo soy un gusano de los que no fusiló fidelistamente nuestro Pinochet. Pero quiero, Camila, si tu Grupo de Amigos Personales de la Presidenta me lo permiten, rociarte la piel desde la otra acera de Morandé 80, con una pucha de amarantas disparadas con un lanzaflores de Ladislao.