miércoles, 28 de octubre de 2015

CAMILO Y YO, YO Y CAMILO



YO, CAMILO
Orlando Luis Pardo Lazo

Una vecina que viene de visita del Norte —contrario al lemita de TeleSur, en Cuba nuestro norte sí es el Norte— me saluda después de no sé cuántos años, y me ve por primera vez con barba desde que ella partió (mi barba de talibán anti-totalitario o fundamentalista contra Fidel). Entonces casi se hinca de rodillas y se pone a rezar ante mí. Luego se persigna y se para. Me da un abrazo devoto y le suelta con lágrimas en los ojos a mi mamá: “¡Por Dios santo, María, en tu hijo Camilo se reencarnó!”

         En efecto, la Cuba de Castro es la nación más Kardec del planeta. Aquí ningún muerto ha muerto todavía. Por eso todo se sabe en la Isla, incluso antes de que suceda. Y lo que se sabe, no se pregunta: sabiduría empírica de un Wittgenstein que hace innecesario cualquier conato de censura. Los cubanos somos unos cotorrones que todo lo comentamos, pero con un cuacuacuá de catacumbas. Como dice el dicho, calladitos nos vemos mucho más bonitos.

A finales de cada octubre, la prensa oficial resucita al comandante Camilo (Cienfuegos y Gorriarán, porque tuvo padre y madre, los que lo sobrevivieron engañadamente durante décadas). Camilo es ya un género literario en sí: la narrativa de quienes, de tan amados por los dioses, desaparecen muy jóvenes sin explicación terrenal. El subtexto ateo es que a Camilo lo desaparecieron los hombres a la cañona, que ningún dios o diosa lo hubiese reclamado a sus 27 años (edad en la que, en efecto, mueren estadísticamente los que irradian demasiada luz).

A finales de los noventa, el escritor Francisco García González ganó el premio de cuento “Luis Rogelio Nogueras” con Color local, un libro que al intentar publicarlo por Ediciones Extramuros, fue secuestrado en la imprenta por ficcionalizar a un puñado de personajes perdidos en la maraña mentirosa de nuestra historiografía: desde Matías Pérez y su globo aerostático, hasta Camilo Cienfuegos y su avioneta Cessna 310C (el hecho de hacerlo “volar como Matías Pérez” fue la burda burla de sus verdugos de verde olivo).

En el planeta YouTube hay entrevistas y documentales donde se da testimonio en firme de que todo no fue más que un perverso pase de cuentas político. Camilo caía bien. Era un mujeriego maravilloso. Odiaba las tiranías. Creía en la peregrina idea de que el comunismo no venía al caso en Cuba después de ganar a tiros una Revolución popular (desconociendo que los pueblos prefieren al fascismo por comodidad). Había vivido en Estados Unidos. No quería competir “contra Fidel ni en la pelota” (esta fue sentencia de muerte). Y era, por supuesto, nuestro vecino de Lawton mientras vivió.

Mi madre se horroriza sólo de pensar en las versiones digitales de cómo Camilo murió, antes de reencarnarse ahora en mí —es decir, en su barriguita materna de 1971— gracias a nuestra vecina recién caída del Norte. “Borra esa basura, te lo ruego”, me ruega, “vas a caer preso por propaganda enemiga si te cogen con eso grabado ahí”. Y se va del cuarto sin esperar por mi protesta cívica o mi ejecución Shift + Delete (no deja de ser curioso que una mujer sin instrucción haya incorporado tan orgánicamente el repertorio represivo revolucionario: propaganda, enemiga).

Mi madre María, virgen doméstica de los cincuenta, sirvienta que devino proletaria que devino propietaria en la misma casa de familia donde sirvió por un quinto del salario mínimo de entonces (no hay peor cuña que la del mismo cubano). Ella fue una de esas jovencitas que entristeció de muerte cuando el vuelo de Camilo nunca aterrizó. Y luego fue mi madre la que más lloraba de euforia y gracias-a-dios cuando Camilo resucitó en la radio cubana —otra falacia novelesca de Fidel para despingarnos el alma, mientras él complotaba como el tercer o cuarto golpe de Estado silente de enero a octubre de 1959—, sólo para que Fidel rematara de nuevo a Camilo desde su tribuna-tribunal de discursiva luctuosa en el Palacio Presidencial (Castro acusó al Imperialismo del crimen).

Del aquel Cessna 310C no apareció nunca ni un tornillo —datos oficiales—, a pesar de que Fidel movilizó a millones de cubanos para que perdieran una semana rastreándolo. Así y todo, aún hoy, frente al hospital general docente de Yaguajay —donde Camilo ganó su más cruenta batalla—, se expone una hélice materializada por obra y gracia del espíritu de algún Kamilo Kardec.

Creo que desde entonces, mi madre vivió un poco enamorada de esa palabra que había nacido en nuestro barrio y que, de mero milagro, no terminó siendo mi nombre una década después. Santo Camilo Cienfuegos Gorriarán de Lawton. Es una lástima que su casa natal sea hoy un museíto muerto. Y es lastimoso que tenga que venir un exiliado de afuera (como nuestra vecina vidente) a reconocer su barba noble y su sombrero alón —de guajiro jovial— en un exiliado de adentro (como yo). Por cierto, Fidel usaba gorra de guerrilla; el Ché, una boina de bolchevique; pero Raúl es lampiño y por eso mismo los cubanos lo sienten tan siniestro.)

En mi escuelita primaria fui una vez con el resto del aula a lanzarle flores a Camilo al malecón. Hacía un viento de otoño ciclónico y el aire casi me arrebató las rosas rojas de mi jardín, que María me había envuelto en un nylon: no cayeron ni siquiera sobre los arrecifes. Fue como si el mar rechazara mi ofrenda. Las vi volar de vuelta al asfalto, desperdigadas  directamente contra el pasa-pasa de carros americanos, cuyas yantas desguazaron mi culto de pétalos y pistilos al mártir más pingú de la Revolución. Un Adonis bello hasta la violencia, pero mudo e inocuo como sus estatuas instantáneas: ese millón de bustos de bronce o de cemento que irrumpió en aulas y fábricas tan pronto él “desapareció” (en realidad, los “desaparecidos” somos el resto de los cubanos, que nunca sabremos del cuerpo-cadáver de Camilo, ni si dejó testamento, ni nada).

Por cierto, junto con Camilo desapareció su piloto Luciano Fariñas, pero también —días después— otro piloto de un caza Sea Fury que escoltaba al Cessna 310C, así como el mecánico de aviación que revisó a ese Sea Fury de vuelta al hangar. Además, fueron abducidos de por vida varios testigos oculares de una extraña pirueta aérea en la zona de Caibarién, así como semanas después balearían “por accidente” al capitán rebelde Cristino Naranjo —quien hacía una investigación criminal por su cuenta que nunca nadie prosiguió— y a su chofer Luis Nieves Peña. Como colofón, meses después el ejecutor a tiros de estos dos últimos sería a su vez fusilado: Manuel Beatón, un capitán rebelde condenado por alzarse en armas contra el Ejército Rebelde.

Una estela terrorífica, con testimonios que no terminan ahí, sino en el comandante Jaime Costa —castrista antes del castrismo: asaltante al Cuartel Moncada en 1953 y expedicionario del yate Granma en 1956—, quien luego estuvo décadas preso en la Cuba de Castro, hasta poder confesarlo todo desde el exilio, en su libro El clarín toca al amanecer: él mismo vio cómo acribillaron e incineraron a Camilo en la Ciénaga de Zapata, en el fuego cruzado de imponerle el comunismo a un pueblo comunistofóbico de cabarés y casinos, casas de citas y televisión a color, con un congreso corrupto pero con una constitución inclusiva donde en 1940 cupieron incluso los comunistas (los mismos que esperaron su turno para traicionarla hasta el día de hoy).

Nuestra vecina que vino de visita del Norte nos cuenta antes de irse que, en octubre de 1959, con el alma en pena de Camilo flotando sobre la islita de sus amores, muchos cubanos tuvieron entonces revelaciones hechas por un arcángel o por el propio Camilo o por ambos en uno solo ser superior.

Muchos de estos sueños aparecieron en la prensa aún medio libre de aquella época, titulares que con el tiempo serían borrados por “vándalos” con acceso —no sé sabe cómo— a las bóvedas patrimoniales de la Biblioteca Nacional.

Otros visionarios de Camilo dejaban de rastrear al “Señor de la Vanguardia” y peregrinaban de urgencia hasta la Plaza de la Revolución —confesionario del Hombre Nuevo—, donde le daban hasta su último detalle onírico al Departamento de Opinión del Pueblo —ramal en ciernes de nuestra KGB: el G-2—, intentando así aportar pistas para que apareciera el desaparecido.

Por favor.

Ni una tuerca. Ni una mancha de aceite. Ni un humillo. Esa falta de evidencia es la evidencia más obvia de lo que el augusto Camilo habrá tenido que aguantar, sea como sea que lo “murieron” con saña los señores de la retaguardia.

De niño, en el Lawton de los setenta sin barba, yo también soñé una vez con Camilo. Recuerdo muy poco, por supuesto, pero era un sueño muy triste (todos siempre lo son). De esos fogonazos conservo sólo la dentadura rozagante de un Colgate Cienfuegos, su luz de leche tan campechana y cándida, su olor a colonia de barrio habanero y no a los porquerizos de la “tierra colorá”, y las ganas de que Camilo me abrazara y no se muriera al yo despertar (después de su metástasis misericorde —nunca tuvo dolor, ni siquiera un diagnóstico amateur—, de adulto he soñado milimétricamente eso mismo, pero con la risa de abuelo de mi papá).

Camilo cayó como un Ícaro ingenuo, grávido, gravísimo. Lo fusilaron en el fango fétido, flor nativa cuyo coraje enfureció a los 1959 pendejos que importaban una ideología sin dios ni diablo, ni hombres (Raúl Castro y el Ché Guevara armaron aquella orgía horrible de su holocausto). Por algo restauraron la pena de muerte en Cuba en enero de ese mismo año. Y la venganza más vomitiva contra Camilo ocurrió como quien dice ayer, cuando atornillaron su rostro desternillado de risa en una fachada del Ministerio del Interior (no es ese edificio, pero sí lo es).

“Si van a tirar, tírenme a los cojones”, fue la última frase con que Camilo no deja ahora de humillar al Ché, a quien en otro octubre hubo que callarle a tiros su pataleta de “no me maten, valgo más vivo que muerto”. Mientras Fidel y Raúl morirán desechos en menuda mierda en sus camas y ni una momia de mausoleo podrán parir.

“Hacer el amor es como morirse”, le dijiste después de hacer el amor a una de tus marías de los fabulosos cincuenta, “y yo quiero abandonar este mundo con las botas bien puestas”. Amén, pues, Camilo, hermanito hermoso. Y gracias por rechazar mis rosas de niño, crecidas en un jardín vecino al tuyo (como nunca creciste, el castrismo adúltero te maduró). Camilo novio de todas las novias de nuestro Lawton: Cuba la fea de los cubanos nunca te mereció.