viernes, 30 de octubre de 2015

Castrismo jaujau



ZOOCIEDAD CIVIL
Orlando Luis Pardo Lazo


“¡Como un perro!”, termina interrupta la novela El Proceso, de Franz Kafka. Nunca me gustó ese remate vil. Todavía pienso que tal vez no sea el final que planeaba su autor.

¿Cómo mueren los perros? ¿Acaso no mueren los animales con mucha más dignidad que los humanos, aferrados a una vidita de delirios con dioses y diablos? En todo caso, somos nosotros quienes los matamos como “lo que son”, perros —por ejemplo—, para nuestra definitiva degeneración en la escala biológica: somos, por desgracia, el eslabón que no se perdió.

En esa frase cristaliza toda la violencia que supura de la abyección de los anónimos, esos seres traspapelados que nos van peloteando —hilarante y horripilantemente— de una oficina a otra de la novela: un librito con suficientes connotaciones cubanas como para considerarlo parte inalienable de nuestra literatura insular.

Escribir como un perro (hezcribir, cagar escondiéndonos en las calles). Leer como un perro (desleír la senda de orines que los idiotas llaman “idiosincrasia” y los cubanólogos de la academia caracterizan como “ideología”). Templar como un perro (la pinguita pronta al meteysaca, antes de recibir un cubazo de agua fría o una patada). Jadeos de perro (joder, jodido).

Todo esto y más, encajado de golpe en la escenita de un perro que cargan por la cola ante mi cámara, y lo catapultan por el aire contra la cama del camión-jaula. Zoonosis en acción, arte artero por el bien comunitario. Contra las plagas de pulgas. Y yo, como siempre, metido en el medio, impotente. Escarnio de mi Canon.

Ocurrió la captura del can en la Virgen del Camino, en la frontera frágil de Lawton con San Miguel del Padrón, en La Habana del cincuentinosécuánto aniversario de la Revolución. Fue muy temprano en la mañanita de enero, un Día de los Reyes Mongos: efemérides de la entrada triunfal de Fidel al bastión de nuestra Babilonia bebé, en mil novecientos cincuentialgo.

Me dirigía a la parada de la ruta P-3 y oí varios tanganazos a mi espalda. Pero no podía imaginarme nada. Sería alguna obra en construcción (qué optimista). O alguna descarga de hielo o de viandas para el mercadito (nuestro agro es amargo, pero es nuestro agro). O serían los carroñeros de Servicios Comunales, dándole jan a sus tanques de basura sin ruedas ni tapas ni agarraderas (donación de algún ayuntamiento español que en Cuba descuajeringábamos en tres días inhábiles).

Entonces oí el chillido. Un chillido de perro. Como un frenazo agudo o el efecto de un feedback amplificado: un chirrido biológico al que por fuerza te tienes que virar. Era un perro. Literalmente y literariamente, ¡como un perro!

Y los tanganazos salían de los cuerpos de los múltiples animalitos que atrapaban con lazos, los casi estrangulaban en el aire, antes de coger impulso en círculos con ellos mismos y lanzarlos, para que hicieran su música de ayes contra la planchuela metálica del camión-jaula: un vehículo que era del mismo diseño —pero en miniatura— del que la Policía Nacional Revolucionaria emplea para cazar humanos (igualitarismo o muerte, vil seremos).

Desde el asfalto, dos forzudos proyectaban a los perritos callejeros a full-speed. Tal vez competían entre ellos para ver quién cumplía con más encono su higiénica labor. Por su eficacia mutua, seguro que ambos eran vanguardias en la emulación del MINSAP.

Quise rebelarme. Ir hasta los torturadores de Estado y liberar a la jauría por los métodos que fuera necesario, por las buenas o con un buen bofetón (que probablemente iba a recibir por partida doble yo). Pero supuse que entorpecer semejante “tarea de choque” —onomatopéyicamente, de choque: bang, bang, bang— podría ser penado en mi caso como sabotaje o desacato o escándalo público. Es decir, el expediente perfecto que esperaba la policía política cubana para no tener que procesarme por contrarrevolución.

Me han dicho que a los perritos que nadie reclama, sobre todo a los que lucen más enfermos, los ahogan con monóxido de carbono al estilo de un Brausebsad de bajo presupuesto, pues nuestras cámaras de gas disfrazadas de duchas son sólo una manguera enchufada al tubo de escape de un Moskvich o un Volga o un Lada en uso (siempre modelos rusos). Mientras que los cachorros más saludables son reservados vivos para soltarlos no como carnada, sino como carne, en el foso de los grandes felinos del Zoológico de 26 y del Parque Lenin (a veces con el deleite de la grosera grey infantil).

La jauría en el camión-jaula también gritaba. Desde el inicio intuían que esa captura violenta era ya el fin de su Proceso: novela trunca, vida trunca. No más olisqueos mutuos de genitales. No más apareamiento impúdico en público (homo/hetero/bi/orgiástico). No más pulgas ni garrapatas ni sarna (ni más rhabdovirus como un rezago de nuestro capitalismo canino). No más ladridos a canillas y carretillas, pedales y catalinas, yantas y carrocerías. No más compañía cariñosa a los mendigos que pululan por la patria hasta estirar la pata, y entonces terminan disectados en una morgue (para “solaz esparcimiento” del estudiantado médico bolivariano). No más muertes bajo ruedas al cruzar daltónicamente un semáforo. No más vida de perro, en última instancia: la muerte como tránsito misericorde de La Habana al paraíso perruno o ante el Can Cerbero.

Tiré una foto a la escena. Mientras disparaba, me sentí como el reportero que, ante el infante enfocado, espera que el vultúrido en el background extienda sus alas: fotógrafo o funcionario o buitre o trailer del camión-jaula, la muerte siempre rueda en dos patas.

Death on two legs, you never had a heart of your own..., recordé a Queens. Y enseguida al desconocido Luis Marimón, poeta de Matanzas y luego de la cárcel sin cargos creíbles y luego remando a la fuga por un mar malvado —tinto en malva: sangre y maldad son sinónimos cubanos— y luego en un exilio etílico, donde yacen nadie sabe dónde sus huesos (apenas sobremueren sus versos): “el amor de una ciudad se conoce / por la cantidad de sus perros callejeros. / Cuando en una ciudad comienzan a botar sus perros / es que, de cada casa, están botando el corazón”.

Tal vez no debí tomar la foto. Igual todas mis instantáneas siempre son de uno u otro intenso instante prepóstumo. Un tipejo con voz atiplada se me acercó, probablemente para putearme unos dólares pensando que yo era extranjero. Al verse en ridículo cuando le dije lo endémica que era mi nacionalidad, me increpó policiacamente que “por qué cojones tomaba entonces ese tipo de fotos”.

Eso fuimos/somos/seremos. Ese no mirar mirando. País de sacrificios rituales, donde las cabezas de chivos y palomas son la moneda dura de cambio. País no de pesebres —donde nació la compasión como paren las bestias: con bondad antes que primero fuera el verbo—, sino país de patíbulos: paredón, paripé de accidentes, peritos clínicos perversos, desaparecidos condenados de por vida a ser unos aparecidos.


Los cubanos somos no como perros —ni remotamente—, sino como personas. Antes y después de un castrismo humano, demasiado humano para ser comparable con nada que sea natural. 

1 comentario:

Adri Bosch dijo...

Brillante nota ,despiadada,cruel pero real!