sábado, 31 de octubre de 2015

CUBA Y PUERTO RICO SERÁN



¿De un águila las dos alas?
Orlando Luis Pardo Lazo

¿Los puertorriqueños son un país esclavo, una “colonia” que nunca dejó de serlo, tal como nos lo enseñaron desde niños en las aulas cubanas? ¿Ven hoy los puertorriqueños con horror su anexión a los Estados Unidos de América?

¡Pobrecitos, los puertorriqueños! Les ha tocado en suerte ser el peor pueblo del hemisferio: probablemente el único que sufre la desgracia de poder plebiscitar libremente los destinos de su nación.

Cuba se salvó de esa tragedia. En 1976, después de dos décadas sin ninguna Constitución, los cubanos votamos al unísono por la libertad de aliarnos con nuestros amigos foráneos. En efecto, en la primera Carta Magna de la Revolución puede leerse esta especie de Enmienda Platt, pero con los buenos de la película (tovarich, sí; cowboy, no):

Artículo 12: La República de Cuba hace suyos los principios del internacionalismo proletario y de la solidaridad combativa de los pueblos, y […] f) basa sus relaciones con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y demás países socialistas en el internacionalismo socialista, en los objetivos comunes de la construcción de la nueva sociedad, la amistad fraternal, la cooperación y la ayuda mutua.

No es la única mención de una potencia extranjera como garantía de nuestra Ley de Leyes. Pero todas tuvieron que ser borradas a la carrera de manera inconsulta en 1992, porque con la desaparición de la URSS de pronto se dio la paradoja de que la Constitución cubana devino inconstitucional. Una aventura leguleya que jamás han podido disfrutar los puertorriqueños, esos subnacionales del Caribe.

Lo mismo con el Artículo 5 de nuestra Constitución, que para siempre consagra que el “Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista”, en tanto “vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Es decir, sólo en la Mayor de las Antillas la gente tiene garantizada la seguridad de un partido único, estable a perpetuidad, contrario a los tejemanejes corruptos que abaten cíclicamente a nuestros hermanos boricuas en su Isla del Encanto, cada vez más diaspóricos y hasta balcanizados (con un uso excesivo de sus pasaportes, más las consabidas sobredosis de neurotranquilizantes por volar medio mundo en avión).

Si fueran súbditos del castrismo, hace rato que más de un millón de puertorriqueños traidores estarían —y con razón— tras las rejas, y forzados al final a un justo exilio irreversible, pues en noviembre de 2012, por poner sólo el más reciente ejemplo, apenas el 6% de los plebiscitados tuvo el coraje de reclamar en las urnas la independencia de su propio país (lo que prueba, una vez más, que el Imperialismo norteamericano comete fraude tras fraude a su favor).

Lo que fue una opción perversamente pacífica en Puerto Rico, en Cuba hubiera sido una sana guerra civil (otro maleconazo tipo Tianamén, como el de agosto de 1994). Pero nuestros líderes seguro que hubieran decretado a tiempo el Estado de Emergencia, según el Artículo 67 que, ante debacles que “afecten el orden interior, la seguridad del país o la estabilidad del Estado”, los ayuda a constitucionalmente “disponer la movilización de la población”. Precisamente lo que ningún presidente de la Casa Blanca se ha dignado hacer ante tales casos en Puerto Rico: reconcentrarlos como todo pueblo libre se merece para preservar su unidad.

1, Estadidad. 2, Independencia. 3, Estado Libre Asociado Soberano. Estas eran las represivas opciones impuestas en 2012 a un Puerto Rico sin soberanía. Por desgracia, es tal el miedo que amordaza a los boricuas, que ni un solo acto de protesta o repudio ocurrió como consecuencia de esta cómplice consulta popular. Como en 1967. Como en 1993. Como en 1998. Como en 2012. Recursos y más recursos que no se emplean en programa gratuitos de colectivización, y pero mas sin embargo son despilfarrados en este vicio de las pancartas y los plebiscitos.

Por suerte, en Cuba se transmiten resúmenes de la bolivariana TeleSur, donde el patriota de la islita Rafael Cancel Miranda resucitó con el grito de a degüello de que tanta votación banal es “una entretención para engañar al mundo con una falsa democracia”, pues “el derecho de los pueblos no se somete a votación” cuando se vive en “un país secuestrado”.

Y por suerte, también, en Cuba sí contamos con analistas objetivos como Enrique Ubieta, quien dictaminó de antemano que “los números a veces son tramposos”. Mientras que portales noticiosos como CubaDebate citaban fuentes oficiales —más riguroso aún: de la oficialidad— que aclararon que a la postre no hubo más que “una ficción estadística”, la cual, doble chequeada por la periodista Marina Menéndez de Juventud Rebelde demostró ser el “resultado de la manipulación en la mente de un pueblo que se ha visto crecer 'gracias' a los vínculos con el Norte, y a quien se le ha hecho creer que no puede vivir sin ese nexo”, pues “la anexión no fue el parecer de la mayoría; aunque esa variante haya obtenido, al contarse las boletas, los mayores porcentajes”. Más Castro ni el agua.

Para colmo de irregularidades, más de la mitad de los puertorriqueños viven en Estados Unidos o donde les parezca peor, por lo que entran y salen caóticamente de su propio país sin la mínima facilitación de un permiso de entrada y otro de salida, como sí se garantizan en Cuba.

El destino de Puerto Rico está determinado ab ovo por una décima, aquella bucólica Borinqueña de Lola Rodríguez de Tió (1843-1924), por más que en Cuba estos versos le hayan sido atribuidos sin mala intención a ese ubicuo Autor Intelectual que es nuestro José Martí:

Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas,
reciben flores y balas
sobre el mismo corazón.
Qué mucho si en la ilusión
que mil tintes arrebola,
sueña la musa de Lola
con ferviente fantasía
¡de esta tierra y la mía
hacer una patria sola!

Declamando con cuidado estos octosílabos de oro, uno siente como una cosquillita quisquillosa en nuestras convicciones de cubanos a prueba de toda tentación. Hacer una patria sola. Hacer una patria sola. Hacer una patria sola. 

¡Por supuesto, patriotas! Pero, ¿a imagen y semejanza de cuál?