jueves, 22 de octubre de 2015

LA ESQUINA MÁS AZUL DEL PRIMER MUNDO



Por el 13 de agosto,
primeros 10 años sin mi papá.

     De niño, viví en un barrio de las afueras de La Habana llamado Lawton. Fui el clásico “hijo único de viejos”, por lo que apenas nos movíamos al centro de la ciudad. Corrían los años setenta en la Cuba del Primer Congreso del Partido Comunista (ya era obvio que Fidel Castro sería un ente eterno) y, a pesar de lo que dicte ahora la historia sobre aquella década tan “decadente e institucionalizada”, lo cierto es que yo habité en el paraíso doméstico de dos obreros tan pobres como amorosos: María del Carmen y Dionisio Manuel, los mejores padres del mundo. Nunca les di las gracias por esa ilusión de mi infancia.

Un día de 1979 decidieron llevarme a conocer el resto de la realidad. Cogimos varios ómnibus interminables y desembarcamos con nuestra mejor “ropita de salir” en pleno corazón de El Vedado. El inicio o la culminación de La Rampa: avenida 23 y calle L (L es de “lujo”). Y entonces fue mi padre quien lo pronunció, mientras mi madre me sostenía por los hombros, tan sobreprotectora como hoy a sus ochenta años: “Alza la vista, Landy…”

En efecto, allí estaba. La mole. Una aguja para hacerle cosquillas a la panza proletaria del cielo. Un diseño geométrico (distorsionado por mi excitación) que, incluso a mis siete años, era la metáfora perfecta de la modernidad: un nuevo mundo, un nuevo tono, un futuro ignorado desde nuestras casitas de madera allá lejos en Lawton.

Era el edificio con el aura más azul del planeta, cuya única diferencia con el hotel de la cadena Hilton de los años cincuenta era el cartel que leí por mí mismo sobre su pico nevado: Habana Libre.

Yo ya sabía leer. Y gratis, supongo que gracias a la Revolución.

Entramos. Las puertas se abrían solas. Bajo nuestros zapatos de estilo ortopédico, nos acariciaba un pasto de alfombras (tuve que preguntar “qué es esa tela en el piso”). El techo del lobby se alzaba en forma de bóveda, a kilómetros de altura sobre nuestras cabezas. La luz era amable, para nada nacional. La voz de los cubanos también (ni manoteos ni gritos marginales). Se respiraba la paz pulcra de ese fenómeno atmosférico siempre en falta que es el “aire acondicionado”. Los baños eran más grandes que mi casa. Mi padre se compró un periódico en inglés que igual decía por fuera Granma, y me prometió que me enseñaría a leer aquel argot exótico del Primer Mundo: el inglés, desde entonces una de mis patrias privadas.

En 1979 fui feliz de súbito en un hotel heredado por el socialismo real. A partir de 1979 fui también cada vez más infeliz, desterrado en tierra propia, a la espera de ese capitalismo irreal que aquel contacto cercano moldeó en mi memoria. Yo quería vivir en un país como el Habana Libre. La arquitectura es, en primera instancia, ideología.

Cuando mi padre murió, el tedioso 13 de agosto del año 2000, tuve ganas de dejarlo a solas un rato en la fea Funeraria de Luyanó (un antiguo local del Partido Socialista Popular) y visitar por última vez nuestro hotel. Quise cremarlo (aún eso era imposible en Cuba) y lanzar sus cenizas desde la azotea del Habana Libre, sobre la visión vacía de una Habana presa y opresiva. Deseé saltar yo mismo sobre la ciudad tras mis primeros 29 años de vida inverosímil (Fidel Castro cumplía años ese mismo domingo sin dios).

Me quedé sin decirle a Dionisio Manuel “lo siento” por muchas cosas pero, más allá de mi indolencia de huérfano y su ausencia irreparable de padre, me quedé sin agradecerle el descubrimiento del azul en la esquina cubana de avenida 23 y calle L (L de “libertad”).

Mi madre no se enteró de esta escena. Ella sólo me sostenía como me sigue sosteniendo hoy por los hombros, tan sobreprotectora como apenas puede ahora imponerme su “Alza la vista, Landy…”

Fuera de Cuba es un poquito más complicado que eso, María del Carmen. Fuera de Cuba los hijos de Cuba siempre tenemos la vista muy alzada, al otro lado del horizonte y el horror, allá lejos en uno u otro barrido barrio que bien pueden todos llamarse Lawton.