lunes, 30 de noviembre de 2015

IRSE DE CUBA AL CARAJO




LA SALIDA

A las 7 y 7 de la mañana del martes 5 de marzo de 2013 —como quien dice, ayer— salí de las tablas de mi casa de Lawton hacia el aeropuerto internacional José Martí. Me iba. Pensé que por tres semanas o por tres meses. A lo máximo, por tres años. No resistía la idea de alejarme mucho de La Habana, la ciudad más hostil del planeta. Pero ha resultado ser por tres vidas, con sus respectivas muertes y reencarnaciones.

Me fui. Jódete, Habana. Quédate intacta con tus ministerios de las Fuerzas Armadas y del Interior. Cómete con papa a Fidel y Raúl, y a sus respectivas retahílas de hijos y nietos con vocación de herencia insular.

El lunes 4 por la noche se me fue la madrugada entera copiando cosas para unas pocas memorias flash. Imposible pensar, imponerle un orden a la locura de los mil y un archivos digitales que eran mi anti-biografía. También estuve borrando evidencias de mi culpabilidad, proyectos y presupuestos clandestinos de mi cada vez más ostensible labor de zapa y contrarrevolución. Ah, qué rico era complotar con las ONGs extranjeras en contra del paleocatrismo. Uno llega a sentirse un arqueólogo del futuro.

Copié básicamente textos, por supuesto, que ocupan poco espacio en las memorias y yo los tenía por miles, míos y de cualquier otro autor (las más de las veces confundidos a propósito). Copié algunas decenas de fotos, que pesan mucho, pero que serían a partir de muy pronto mi única posesión real: un país de píxeles, Revolución en alta resolución.

Copié lo que pude en esos disquitos duros de miniatura, sin saber que esos documentos a medio teclear serían mis Obras Completas desde ese martes hasta el fin de la eternidad. Esos gigabytes de juguete eran ahora toda mi desmemoria y mi efimeridad. Patria portátil, utopía USB, flash-fidelidad. Cadeneta de migajas de pan digital para tal vez un día volver de ese viaje que no creía y aún no creo que estuviese ocurriendo de verdad. Partí de Cuba en denial, pero convencido de mi acubanísima negación. Quién me entiende. Por su suerte no tengo que entenderme tampoco yo.

Dejé todo lo que amaba sobre mi cama tendida. Parecía ya un museo, una cripta, una desolación. Ninguno de mis amigos se atreve a visitar mi muerte en ausencia allí. Y mi madre todavía hoy no ha cambiado la “ropita de cama”, me cuenta por teléfono a cada rato. Es una sobrecama blancamarillenta, tejida en 1934 por mi abuela paterna, la matrona andaluza que nació a finales del XIX, en Cudillero (y se quiso casar con su primo y los dos tuvieron que huir al otro lado del Atlántico ancho y ajeno, y amable).

Dejé la Vaio i7 de donación, una de las laptops más rápidas de la Isla, descontando las del Consejo de Estado y Comité Central (los comunistas las prefieren de último modelo). Dejé la cámara Canon 7D, también llegada de manos generosas y anónimas que resultaron ser de Washington DC, donde meses después yo terminaría viviendo gratis, no lejos del metro de Rosslyn —en realidad, es la primera estación de Virginia—, un recodo de los Estados Unidos que por algún motivo me resulta indistinguible de un edificio curvo de La Habana: el Focsa, ese fósil de la ciudad castrada a costa del carisma de Castro & Co.

Dejé las fotos encriptadas de la miríada de muchachas que amé, algunas de ellas desnudas, ellas todas tan desvalidas, tan expuestas a nuestra mutua desesperación de cubanos en extinción, tan escurridizas de mí, tan abandonándome cuando más hondamente las necesité. Aunque ninguna fuera mujer y, mucho menos, mi mujer, sino sólo eso: muchachas que como un muchacho yo amé (y ya sé que nunca sabré ser hombre, mi corazón no colabora conmigo a la hora de crecer).

Dejé libros insidiosamente anotados, los que bajo ningún concepto podrían caer en manos de la Seguridad del Estado. O sería el fin de mi personalidad. En especial, el Paradiso de José Lezama Lima, donde conservo casi una novela secundaria, anotada a retazos al margen de la edición de Letras Cubanas con el prólogo menopaúsico del erudito sin eros Cintio Vitier.

Esa mañanita de martes sin retorno en el aeropuerto José Martí, los mismos miserables que me tuvieron preso tres veces a lo largo de tres años, me retuvieron más de una hora sin motivo evidente, dejándome aislado en el salón, con el pasaporte cubano secuestrado por un cadete seudodislálico (el cubano que siga usando ese librito de las visas de la infamia es un esclavo).

Por la hora que era, pensé que habían dejado ir mi avión a Miami sin mí, así que salí de la terminal aérea sin pedir permiso. Indocumentado. Libre como la mierda. Usando mi móvil, denuncié con odio aquella escenita obscena por Radio Martí, la única emisora del mundo que le da voz a los cubanos de una Cuba sin Castro (o sea, a nadie, porque los cubanos somos el castrismo en sí). Cuando llegué hasta la acera del aeropuerto, mi madre María lloraba a lágrima muerta sus 77 años con 42 a rastras con su hijo único Landy (desde que comencé a escribir es lo único que su alma noble hace: llorar, y también rezar y rezar por mí, sin resultados rentables).

Silvia se me acercó y me dijo: “entras ahora mismo de nuevo y que te saquen preso de aquí, coño, en camilla acaso, no por tu pies”. Silvia sin apellidos. Silvia así. Con furia de personita exhausta de tanto ceder por gusto bajo la bota aburrida de un poder tan provinciano como apabullante. Gracias, Silvia, por poner tus manos para empujarme de vuelta contra la aduana cubana.

Y volví, exultante, saltando barreras de seguridad como orlando por su casa. Recordé en tiempo real una escena eufórica del filme Basquiat. We shall overcome, we shall overgo, we shall overcuba one day… Hasta que un Negrón mítico con uniforme corrió hacia mí y sacó un bulto compacto de su bolsillo de atrás. Pensé que sería una pistola y juro por Dios que no me importaban las consecuencias. Dispara, putica, anda. Pero era sólo —risible o ridículamente— mi pasaporte. Al parecer, el castrodescendiente de verde olivo jugaba al dato escondido conmigo. Y en este punto del guión me pidió disculpas —no me las ofreció, sino que me las pidió, como es típico en nuestro trópico— y comentó que todo no había sido más que un “error en no sé qué base de datos” (el horror siempre lo es: un error).

La cuestión es que habían retrasado mi vuelo casi cinco horas —ay, esos charters de compañías mayameras que son 100% propiedad de la policía política del condado de Hialeahabana—, y no me dijeron nada (ni lo anunciaron por la pobre pizarra) hasta que me condujeron medio escoltado al salón de espera, por fin ya junto al resto de la tribu traficante de trapos. Y traumas post-totalitarios.

Media hora después, en el súper-aeropuerto de Miami me sacaron de la cola por los altavoces. Me colaron en una oficina para agilizar mis trámites. Mi nombre tenía por entonces rango de prioridad (ya no, ya no cuentan conmigo los “americanos”; de hecho, ahora soy menos que un americano). Y salí por las escaleras rodantes esperando las cámaras y micrófonos de la mafia maravillosamente mediática de Miami.

Pero el presidente eterno Hugo Chávez se había muerto meses atrás en Cuba, y justo ese 5 de marzo a esa hora de la tarde se les ocurrió dar la noticia vieja desde Venezuela. De (mala) suerte que era Nicolás Maduro quien monopolizaba los lentes de ángulo ancho y las pantallas extraplanas de medio Miami. Paradojas del despotismo.

De todas formas insistí, gracias a un cubanito productor de América TV, y mi noche pronto fue filmada A Fondo con Pedro Sevcec, que me lanzó enseguida la misma pregunta que la Seguridad del Estado me había prometido —en una cárcel de La Habana— que me harían apenas aterrizar en Miami: “¿es cierto que orinaste o algo peor sobre a la bandera cubana?” Convergencia por conveniencia. El orlandonanismo como medida de todas las entrevistas. Puaf.

Al día siguiente yo caía en paracaídas en la Gran Manhattan, que es cagaíta a la manzana enana de La Habana (pero New York es su maqueta en gigantografía). Y al tercer día ya le entraba en un burrito Bolt Bus a la capital del capital: DC o Washington D´Castro. Pero esa es la historia de otra salida, la de mi renuncia y resabio contra los Estados Unidos de América, fuga colateral a favor de una aldea boreal llamada Reykjavík, donde pienso y despienso en cómo desaparecer —con dignidad de renegado por partida doble— en el humo póstumo de su bahía.

Lo único que no tolero es que todas las noches vuelvo y devuelvo a soñar la misma náusea con aquella Cuba de un martes de marzo, en aquel aeropuerto pedestre por donde hoy se le cuela la cubanoamericanada a la Isla, a la par que se le filtra e infiltra su cinismo insípido al castrismo.