sábado, 28 de noviembre de 2015

NO SABRÁN NUNCA NADA DE MÍ, NI SABIÉNDOLO TODO


DÍAS DE REINAS
Orlando Luis Pardo Lazo

El bang-bang de los trenes es permanente en la Avenida Roosevelt. Tiembla nuestra casita de Queens, refugio de inmigrantes cubanos, performance patrio de los pasaportes que Raúl Castro nos bendijo con ínfulas de Estado-Dios. Nos fuimos. Nos salvamos en la última tablita. Patria pirey. Fidelismo de corte fasten-your-seatbelts. El naufragio no nos concierne, excepto como narración. Somos los parias del paraíso, ¿y qué? El último que apague El Morro.

Como son trenes eléctricos, como es New York una ciudad eléctrica, cuando pasan —y pasan siempre los trenes—, se va la señal telefónica de la AT&T. De manera que no sólo por el estrépito es imposible hablar en casa, sino también porque Queens, como Cuba, es un hueco negro. Así que menos aún es concebible comunicarse con la Isla desde esta manzana cosmopolita, y me cuesta conectarme con las voces de mi anciana madre y de mi último amor. Mejor así. Sólo siendo huérfanos es que somos libres para ser paridos y un poco podernos amar.

Nada de esto ocurre en los Estados Unidos, por supuesto. Cuba se reproduce como un cáncer en nuestras cabezas. La misma visa norteamericana, toda vez impresa en tu pasaporte cubano, se parece a uno de esos permisos pésimos del gobierno cubano. El diseño es, por definición, despotismo.

Discúlpenme si despotrico. Pero hace meses que no consigo expresarme bien en inglés, ni en las calles latinejas de una a otra costa de la Unión ex-anglófona, ni en las altas universidades donde le he puesto lo que le he puesto a Fidel (le he dicho desde “alma mía” —y lo es, el muy desalmado— hasta del mal que ya nunca se va a morir).

Me duermo y me despierto en mi exilio súbito. No me doy cuenta de que me fui, de que estoy ido. El decorado sigue siendo Queens y luego Brooklyn y luego Manhattan, pero los Estados Unidos no es eso, sino otra cosa que tú y yo hemos dejado allá atrás: en Cuba, se sobreentiende, en nuestra ilusión de dar un salto mortal tras décadas de sub-socialismo y por fin huir hacia otro tipo de desilusión.

Esta zonita de Queens, donde me hospeda una artista performática cubana, es un barrio de la Latinoamérica más atroz. Precios bajos, gritería nocturna, rudeza en las miradas, chinitos ágrafos, accidentes en las vías férreas, olor a grasa, oscarwaos por doquier, policías que piden licencia de conducción (no lo veía hacer desde Cuba), castillejos enigmáticos del medioevo, teens japonesitas con sus iPads online, libertad al por mayor, gatos (cópulas y broncas de felinos en off, qué maravilla), librerías de Corona igualitas que las de La Habana Vieja, frío en las madrugadas de mayo, calor de Nochebuena, tapones en los oídos para evitar el colapso nervioso por el bang-bang de los trenes, esposas tex-mex que hacen los mandados con un joyerío rapero colgándoles encima (burka de la solvencia) y llaveritos que rechinan más que los subways aéreos de esta ciudad.

Soy un testigo absoluto, soy feliz, nadie está en mejor posición de verlo todo que yo.

Todavía parece Estados Unidos. Pero apenas es sólo eso: se parece más a los Estados Unidos, mientras más se convierte en ese otro país que los cubanos de Cuba no paramos de colonizar. Sin nosotros, la norteamericanidad sería un timo. Sin el sujeto castrista constantemente en estampida —antes y después de Castro—, a los USA les faltaría una sigla (y un siglo de involución).

Los cubanos sin Cuba somos el equilibrio espontáneo de la balanza, el fiel de esta gran nación. Su eje de sentido septentrional. Nuestro plebiscito con los pies es la sangre fresca de la cual se nutren los Vampire States of America.

Me lavo los dientes. Aquí nada sabe a nada. Ni la pasta, ni las manzanas, ni la higiene que deshumaniza a los genitales humanos. Sin embargo, heme aquí, incólume, infame, mientras me lavo los dientes con una fruición primaveral, casi que por primera vez en la vida de mi boca.

En efecto, me ha salido una tercera dentición que no es de hueso ni tampoco de leche: es como una funda sintética que aísla mi saliva de los alimentos y de los líquidos erógenos que en ciertas noches habanémicas salgo a esnifar. La patria es un herpes hermético, un cromosoma que por suerte con ninguno cubano tendrá ni un ápice de conmiseración. Aunque soy mucho más célibe que célebre, pues sólo desde esta amargada austeridad es superable el castrismo.

Me paso las 24 horas del mundo enganchado al wi-fi público de academias confiadas y vecinos vagos. Recobro la visibilidad del planeta con un simple clic-clic (este es el país de las onomatopeyas, el inglés favorece semejante sonoridad actancial). Revuelco las redes sociales desde mi bunker neoyorkino. Pierdo el tiempo. Digo lo contrario de lo que iba a decir. Pienso en mi futuro inminente de homeless. Voy eligiendo desde ahora una escalera tentativa donde roncar a pierna suelta sin que me roben la laptop, que será un cacharro barato, pero allí dentro construyo y escondo mi odio impecable hacia nuestro país portátil, insoportable.

Junto los parrafitos pingueros de la novela cubana que será el fin de las novelas cubanas. En cualquiera de estas esquinas enfangadas de nieve la terminaré sin darme cuenta, en la pobreza absoluta para entonces, un poco enfermo de muerte casi seguro, con mi genio inútil ante el desparpajo de los triunfadores cubanos (esa pandemia pragmática), escupiendo y escupido hasta por el último de mis compatriotas, mirado por encima del hombro por los voceros de dios así en la isla —aquí afuera— como en el exilio —allá en Cuba—, abandonado (como será justísimo que me abandonen por algún comemierda normal) por mi ancestral madre y por mi único amor.

Nunca desayuno, nunca almuerzo. Espero con o más o menos suerte tu invitación a cenar. Trato de ahorrar dinero, sin ganarlo. No gasto nada. Todos los dólares que disimulo como decoración en los lugares más visibles de la casa fueron traídos de Cuba. Patria es paradojidad. Será entretenido ver hasta dónde resistiré.

Comienzan los equívocos y las presiones. Se cortan los hilos del laberinto. Ya todos me quieren de vuelta en Cuba: me interrogan sobre mi status migratorio y se lamentan de no verme de nuevo pateando palabras en Lawton, mientras la policía política me perdonaba la vida, con una paciencia que a la postre me apencó. Pero ya nadie me quiere de vuelta en Cuba, ese país extranjero en el que yo no tendría ni pasaporte ni un quilo prieto partido por la mitad ni piernas como palabras ni párrafos que perpetrar. No soy el que soy, es cierto, pero al menos no estoy donde estoy. Y esa deslocalización es hermosa. Deslocuralización. Sané, no reparen ridículamente en la geografía de mi psicatriz.

Mientras tecleo al compás del bang-bang del tren 7, yo mismo soy un tren tatuado con aquel “lucky seven” que en mis stadiums de niño le oía repetir a mi papá. Insisto en que ahora es nuestro séptimo inning de la suerte, el beisbol como una cábala contra el castrismo, azar azorado, teoría de la probabilidad (de la probidad). Insisto en que los cubanos sólo podremos ser cubanos en Cuba cuando dejemos de ser cubanos de Cuba. Sutilezas mínimas de la sintaxis como resistencia contra las grandilocuentes groserías de la gramática. En, de, the end. O casi. Ocaso.

De columna en calumnia, da la impresión de que sobreviví. No es cierto. Aún me falta caer como un haya ahistórico, como una palma con el corazón de palo hecho trizas por el sol de la medianoche nórdica, con el alma mareada por las constelaciones en vertiginosa rotación durante mis cefaleas de infancia, en aquellas largas noches protopolares de Lawton, La Habana, Cuba, donde mi madre me bautizara Rosa o María o acaso Rosa María mientras yo era un feto sin sexo en su vientre, muchos siglos antes del ultrasonido. Y, como nací varón, tuve que pretender entonces comportarme como un Orlando o un Luis o acaso un Orlando Luis, pero ya nunca dejé de serlo desde el viernes 10 de diciembre de 1971: fui y seré una innacida niña, aterrada de tantos viernes y diez y diciembres antes de volver a desaparecer, en un parpadeo de espanto bajo esta aurora boreal que es el aburrimiento del pueblo cubano: mierda mística de maripositas marxistas en cuyo miocardio miope crepita la muerte metamorfoseada de la Revolución.


Así he dado vueltas y vueltas como un trompo, como un tramposo, como una tétrica termita interminable en fase terminal. Así he tocado lo intangible con eje fálico de mis frases sin signos de puntuación: síntomas síndromes sinestesias semen somas suicidios. Así zozobro en un vaso de agua, me ahogo en las bahías de nombres donde duele mi vagina abortada. Así me salvé por encima de ti, de tu maleficio miseria morbo mezquindad miedo mediocridad. Así, a pesar de ustedes, he visto cosas que los cubanos, jamás creerían. Cosas que amo y lamo en venganza contra tu ignorancia de contemporáneo, tu infamia de isla insulsa hasta lo insultante. Cosas que voy callando por escrito en una lengua límite que ustedes, los cubanos, jamás leerían. 

1 comentario:

René R. Varela dijo...

Lectura para pensastes, y soy Cubano. Marzo 27, 1961. Me sacaron de Cuba en mi niñez, y los asesinos se cuerpos y almas me robaron mi barrio pero no mi Cubania