martes, 22 de diciembre de 2015

Mi Conúzcole definitivo

Permítanme, herman@s del mundo, como desagravio y primer rayito de esperanza por Navidad y Novísimo Año, compartir uno a una con ustedes mi historia íntima con CONÚZCOLE, que es también un secreto entre mi padre (Dionisio Manuel Pardo Fernández, 1919-2000) y yo:





CONÚZCOLE, por OLPL

Conúzcole no tenía edad. Su piel cetrina era de papel periódico estrujado, pero con un olor menos agradable, más agrio.

Conúzcole no se peinaba ni afeitaba, para no tentar a la muerte de cumplir con un olvidado refrán. Vestía percudidamente elegante, como ya nadie en Cuba sabría hacerlo. Era un lord de otra época y su sola presencia ya era subversiva para el paraíso de un proletariado procaz, procastrista.

El vidrio mate de sus ojos ahora desenfocaba aquel verdemar del que alguna vez él estuviera orgulloso. Sus encías hacía décadas que eran otra vez las de un recién nacido, lisas como de loza, pero su verbo seguía siendo el látigo de aquel tribuno republicano de barricadas y años treinta, con cadáveres de enemigos de clase en cada esquina de Catalunya.

Como hogar donde deambular sus días en duermevela y sus madrugadas insomnes, le bastaba con la intemperie de las escalinatas de Lawton. Allí moraba Conúzcole, reclinado en los peldaños de piedra, bajo sol y sereno, entre los marpacíficos salvajes y la hierba guinea, instalado en su mirador junto a gatos y perros callejeros —también gorriones y palomas—, desde donde se domina un paisaje chato que llega hasta la bahía de La Habana y más allá, hasta la línea claustrofóbica del horizonte, muralla imaginaria para contener el flujo incesante de sus mil y un exilios (primero peninsulares y después insulares).

Conúzcole no era viejo en absoluto. Antes bien, después de dejar atrás su primer siglo de vida, ahora parecía atemporal. Su nombre se lo había puesto él mismo con su dicción castiza de la Madre Patria en el Viejo Mundo, seguramente sin darse cuenta, ya nadie podría recordar cuándo. Conúzcole era anterior al tiempo y probablemente anterior al espacio.

“¿Conociste al dueño que fundó este reparto?”, decía alguien. “Conúzcole”, decía él. “¿Y viste funcionando la fábrica de miel de purga?”, decían. “Conúzcole”, decía. “¿Y el fuego que casi vuela a la destilería de alcohol?”, alguien. “Conúzcole”, él. “¿Y cuando el Cardenal anterior puso la primera piedra del convento?” “¿Y cuando Machado vino a ofrecer ayuda por el ciclón del 26?”. “¿Y cuando las líneas del tren eran de palo?”. “¿Y cuando la ruta 23 era un tranvía todavía tirado por caballos?". “¿Y cuando Martí habló en el Liceo de Lawton?” “Conúzcole, conúzcole, conúzcole", era su invariable, no por inverosímil menos verdadera respuesta.

Conúzcole era gallego o vasco o asturiano o catalán: desde Cuba, eso queda exactamente en el mismo país. Es decir, no tenía nacionalidad (ni el odio connatural a todo nacionalismo). Los cubanos piensan que España es sólo una España, ignorando franca —y un poco franquistamente— que allí se habla un manojo de lenguas, hermosas aunque no siempre bien hermanadas, en una pugna de diccionarios editados por una Corona a ratos cándida y a ratos tan cruel.

Tal vez fuera un judío del Líbano, por decir algo exótico y tan común en nuestra Republiquita capitalista. Tal vez, era más o menos marroquí. O un refugiado blanco de la Rusia sin zares pero igual de zarista, de los tantos que recalaron un par de guerras en la Europa roja —con pasaportes falsos de Rumanía, por ejemplo—, antes de huir de las matanzas del mundo hacia la última islita de ultramar. Cuba, esperanza. Cuba, espejismo. Cuba, Conúzcole.

Hombre sin festividades, su alegría tocaba a partes iguales a lo largo y estrecho de cada año, fuera en son de neocolonia conservadora o fuera al ritmo de la fanfarria fanática de la Revolución. Nunca se le vio deprimido ni iracundo, como era común entre la gente de Lawton y otros márgenes, quejosos o violentos ante cada nueva adversidad de un socialismo con salud gratis que se nos fue yendo de las manos, con cada aniversario tornándose más despótico y más propiedad colectiva de nadie. Más camisa de fuerza irreversible en la que tú única opción era el Sí.

Conúzcole a todos consolaba con sus frases sacadas de un relicario tan antiguo como sus huesos prehispánicos. Era un evangelista o por lo menos un epicúreo. Un Séneca del parquecito Córdoba, entre calle Fonts y el pasaje que nadie nombraba, el de la estación policial.

Nadie podría asegurar si Conúzcole conocía de libros. Si sabía leer o interpretaba al azar lo que estaba escrito en la prensa y en aquella Biblia destartalada que era su única mascota. Conúzcole iba a sobrevivir a su época, a pesar de que su época era eterna: él sería el único cubano —enmudecía si lo llamaban “extranjero”— que asistiría sin asombro al velorio de Fidel, y hasta podría despedir íntimamente en público su duelo, sin patetismos políticos ni histerias histriónicas ni revanchismos históricos. Conúzcole estaba de vuelta de todo lo divino y lo humano.

De hecho, esa era su diversión o acaso la fuente de su sabiduría secreta (nunca se le conoció salario): los velorios de la barriada, los héroes anónimos que caían como moscas en cajas a lo largo de nuestro siglo XX doméstico. Conúzcole iba puntualmente a todos los velatorios, casi siempre en la Funeraria de Luyanó, un local que, desde los años cuarenta, fue comprado por los comunistas del PSP para honrar a sus mártires y, de paso, complotar contra la democracia burguesa constitucional (Conúzcole en alguna otra vida pudo ser comunista, pero de los que no pasan de la letra a lucrar con lo luctuoso).

Se aparecía sobre las diez de la madrugada. Compraba su cafecito barato y unos buñuelos de cuando en Cuba había buñuelos. Rememoraba detalles que ningún doliente imaginaría sobre el occiso —siempre datos humanizantes—, y antes del alba ya se había marchado, dejando cierto aire de resignación tras su estancia de fantasmita parlante. Algo de reconciliación con la existencia aportaba su ubicua asistencia, su talante en harapos majestuosos, su donaire salido de un tiempo etéreo: futurista y ancestral. Era una cosa que consolaba. “Ay, Conúzcole, no somos nada”, le decían con lástima no se sabe hacia quién. “Conúzcole”, reconocía cabizbajo él.

Su familia eran todos. Y nadie. No parecía extrañar cercanía de sangre ninguna, pero tampoco de ninguno estaba distante. Uña y carne anti-martiana, con nadie y para el mal de nadie. Conúzcole se nutría, más que de marquesitas matinales o croquetas y frozens y yogurts del crepúsculo, de la cronología de los sucesivos pobladores de Lawton, apócrifos o famosos, enfermos o accidentados, atletas o tullidos, y también lo deleitaban las milagrosas mutaciones de la arquitectura entre pueblerina y cosmopolita del barrio: un lomerío hecho ciudad por la fuerza de voluntad de una Habana siempre habitable, inabandonable a pesar de los pesares.

Los rumores sobre él eran muchos y muy mal intencionados (o cómicos, que en Cuba es casi igual), aunque jamás se atrevieron a soltárselos en plena cara. Que era pájaro arrepentido. Que había sido cura y dejó preñada a una monjita que se mató. Que fue espía nazi. Que fue cómplice de Ramón Mercader. Que era un prófugo de Alcatraz o de la prisión de El Príncipe, acaso un sobreviviente de Sing Sing. Que comía carne cruda. Que conspiró contra Hemingway por unos pesos o por unas putas pagadas por el FBI. Que no se bañaba por una promesa de niño. Que su madre aún vivía. Que era el primer abakuá blanco. Que nunca había sido niño. Que vino en el acorazado Maine y lo dieron por muerto en 1898 (su verdadero nombre estaría en la tarja sin águila de Línea y Malecón). Y, por supuesto, que era catalán o asturiano o vasco o gallego (de todo, excepto español), y que sus padres fueron quemados vivos en una plaza de toros, siglos después de la Inquisición. Cuba como una olla de grillos, donde el mito supera con creces a nuestro aburrimiento de bárbaros. Cuba como cacareo: un asco, sí, pero un asco que nos acaricia el corazón.

Conúzcole parecía inmune a esa burbuja de malicia sin malevolencia. Conúzcole mismo era el antídoto contra ese miedo al otro que los estudiosos llaman cubanidad, enfermedad congénita de las islas.

Cuando cambió la fecha, algo en su alma de repente se trastocó. No son lo mismo los mil novecientos algo, que los años cero o dos mil nada. Hay como una ruptura de colores, un cambio en el tono de la voz, una cosa frágil muy adentro —a ras de pómulos, dentro de la tráquea, bajo el esternón— que ya no reacciona igual en nosotros. Es una suerte de mudez que se resiste a toda mudanza, sobrecogiendo incluso a Conúzcole, el hombre sin edad que no podía verse trancado en una casa sin que a la postre le resultara una cárcel (toda pared se le parecía a un paredón). Preparen, apunten, luego…

El primer síntoma de abatimiento fue precisamente cuando lo arrestaron en la patrulla número 666, esposado sin necesidad hasta la estación de callecita impronunciable, al lado del parque infantil en ruinas (era un bastión del anterior dictador Fulgencio Batista: un castillejo feudoso que bien ejemplificaba cómo los caudillos entienden de urbanidad). Simplemente recogieron a Conúzcole por “ambulante” en la esquina del antiguo Club Ferroviario, culpable del delito de “peligrosidad” con un adjetivo no menos impronunciable para él: “predelictiva” (la justificación fue que un Papa peligroso estaba a punto de desembarcar en aquella Habana sin dios).

Varios vecinos reunieron firmas en protesta, pero luego se aterraron con las noticias de los no sé sabía cuántos arrestos en pocas horas, caídos como una plaga sobre todas las provincias del país (nadie quería ser equiparado con uno de los 25,000 firmantes del Proyecto Varela, por ejemplo: el pánico te paraliza y es la base de nuestra empalizada de país).

En realidad, Conúzcole estuvo preso apenas tres días —con sólo dos noches— y lo trataron con distinción, como a un nuevo Caballero de París: culpable de nada, excepto del contexto de guerra civil que a todos los cubanos con Castro no ha tocado sobrevivir. Le ofrecieron la comida de los oficiales de Seguridad, que ese mes habían invadido el recinto, y sólo fue forzado a bañarse con la ayuda de una enfermera o siquiatra o ambas, traída especialmente desde el policlínico “27 de Noviembre”. Esa tardenoche friolenta, sus gritos de humillación restallaron en la apatía atroz de un Lawton que comenzó su decadencia definitiva.

Y Conúzcole cambió, aunque seguro se empeñó en que su apariencia no delatara la metamorfosis. La textura de su piel milenaria perdió su carcasa protectora. La luz larga y vagamente amorfa de sus ojos con cataratas ahora sí lucía opaca de verdad. Un temblor inédito se apoderó de su gesticulación. Las sílabas se le enredaban. Redujo a casi cero sus recorridos. Ay, Conúzcole, tú también no, por favor.

Como guerrillero urbano contra todos los caudillismos del siglo XX, entendió que él no serviría ahora ni como retaguardia (nunca estuvo muy convencido de que el siglo XX ya había pasado hacía siglos). Como orador improvisado y seductor de sombras, sus letanías perdieron la misericordiosa espontaneidad, su aura de sinceridad seca se resintió, su sentido concreto se tornó carencia. Tal vez su memoria le comenzó a mentir, primer síntoma clínico de toda debacle, sea privada o en comunión.

Conúzcole terminó escurridizo. Dejó de visitar funerarias y panaderías amateurs y cafeterías por cuenta propia y quincallitas de los horrores con productos hechos durante el socialismo soviético. En el portal del Correo de la avenida Porvenir, por ejemplo, nunca más recaló para comentar a voz en cuello —traduciéndolos en clave de cómics, como fue su costumbre durante décadas— los tétricos titulares de los tres tristes periódicos de los comunistas cubanos: Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores (los únicos legales).
Conúzcole se cobijó en las escalinatas menos transitadas de Lawton: la de Calle 12 sobre todo, convertida mitad en cochambre y mitad en marabuzal (al fondo del matadero de reses, abandonado a su suerte durante el Período Especial de Guerra en Tiempos de Paz, y ahora sobresaturado de okupas, a pesar de que el olor a vísceras de vaca no se iba de allí).

Conúzcole era muy persistente, pero no tanto como un olor. De pronto envejeció en unas semanas todo el tiempo que él le había ganado a los relojes en sus más de cien años de inmortalidad.

Cayó en cama. Calladito, como el roble noble que era. Como no tenía cama donde caerse, alguien llamó a una ambulancia que lo recogió sobre el asfalto del mediodía y lo tiraron en una camilla cutre del Cuerpo de Guardia de la antigua Quinta Benéfica, que hoy es el indecente hospital docente Miguel Enríquez (porque los nichos de muerte han de ser bautizados con biografías de muerte).

De cuando en cuando, lo auscultaban. De cuando en cuando, una pastilla sin prescripción. De cuando en cuando, alguna toma de presión arterial (no tanto para el diagnóstico, como para entrenar a los estudiantes llegados gratis desde la Amazonia o desde ese volcán extinto que es la América Central).
Conúzcole les sonreía, condescendiente. Parecía saber más que todos a su alrededor. Acaso él era allí el único que entendía por qué a estas alturas su cuerpo se comportaba tan infantilmente mal. Acaso él era allí el único que había vivido de verdad, sin dobleces de dientes para afuera —de encías para fuera—, pero también sin credos de los que arrepentirse incluso ahora que deliraba.

Sus compañeros de calamidad, cada cual en un camastro, le permitían explayarse en aquellas ensoñaciones, entretenidas a pesar de estar en una lengua traslúcida que ninguna enfermera emergente, ni ningún geriatra de salario mínimo, descifró. Igual todos lo llamaban con cierto exceso de confiancita: “Abu”. Gente buena y banal que tenían más carisma para peinarlo que para cogerle una vena (por primera vez sus cabellos finísimos cedieron a un peine; por primera vez sus venas de veterano reconocían el desierto exterior).

En cada historia, la Historia parecía írsele desfigurando del rostro. Las fechas eran líquidas, estirables, anacronismos de un milenio de caucho. Las distancias apelmazaban aldeas y villorrios y nombres ceceantes de vecinos que ningún vecino recordaba. En cada relato, afloraba el tufo de la violencia, de la peste, de la traición, del desamor dejado atrás por las estupideces del alma (si el pecado es lo que separa a los hombres de dios, ¿es dios quien separa a los hombres de los hombres?).

A Conúzcole nunca se le conoció amor hasta el momento de su agonía. Y entonces todas sus dulcineas se llamaban María. Todas eran dulcísimas, de tez de pera y olor a uva en los labios (frutas imaginarias en Cuba), la mirada frondosa, el talle algo regordete por la descripción, todas prestas al baile y al cante jondo sobre un cajón de bodega, algo brutas de carácter pero muy bellas en su intención. Todas seguro que todavía esperando por él, por su regreso en barco, tal y como a cada una de sus Marías él se lo prometió, aunque ninguna lo conociera como Conúzcole, claro, ni tampoco quisieran creerle que él volvía ahora con más de cien ¿años?, ¿días?, ¿minutos?. ¿O Conúzcole nunca se fue? Espérame, por tu vida. Mira que soy yo, soy tu amor.

¿Cómo darse cuenta de que ya hemos vivido, cuando la cabeza se nos cansa de luz y lenguaje, hundida en un almohadón sin fundas con olor a lejía (propiedad estatal)?

Conúzcole calló. Fue tan simple como cualquier rima popular. Una redondilla guajira. Cayó redondo. Sin su jerga de jotas guturales y sus erres recalcitrantes. El cuerpo se le hundió de súbito bajo su propia impesantez. Pasó lo impensable. De carapacho a esqueleto a cadáver, en una sola medianoche de Luyanó, de las más frías de que hubiera noticia para esa ¿semana?, ¿mes?, ¿milagro?.

En un hangar de la morgue, de cuyo número de gaveta no quisiera acordarme, congelaron su biología que nadie en la Revolución cubana reclamó.

El noviciado médico de Cuba y del resto de los países bolivarianos se encargó de tasajear sus órganos en solventes orgánicos, como un juego didáctico, para aprender cómo era un ser vivo por dentro y, con suerte, lograr una buena tinción histoquímica que les garantizase la máxima puntuación en la próxima práctica de laboratorio.

Conocí a Conúzcole a través del diario de mi padre, libretona cuadriculada de contador —ese oficio obsoleto—, páginas y contrapáginas a tope con su letrona cayuca de celta de Cudillero, un mamotreto que él nunca me mostró hasta después del día que él también terminara —ya sin Conúzcole como consuelo— tendido en la funeraria poscomunista de las calzadas de Luyanó y Porvenir.

Mi padre escribió ese diario de espaldas a la familia: era su crónica de intimidad en medio de un castrismo con los cristos escondidos en los cuarticos de desahogo. Me dio mucha lástima leerlo, tan torpe con las oraciones que la vida lo había obligado a redactar, tan austero y por eso mismo tan osado en imágenes y en buches amargos, tan perdido y tan digno en la tierra a la que lo trajeron sus padres antes de morirse ambos enseguida (en la misma fecha pero de años sucesivos), tan huérfano de nosotros (quiero decir, de mí), tan conúzcome tú y tan desconúzcote yo.

Ahora supongo que por fin me toca a mí. Emigrar con un libro o un desvarío o ambos a España. Camisa blanca de mi desesperanza, España: aparta de mí este castrismo que es tirar nuestra tragedia a choteo, que es tildar a nuestro totalitarismo de apenas una trompetilla si se le compara con.

Homenaje u horror, hoy volvemos como salmones desesperados a la patria conúzcole más querible, que siempre será aquella de la que ninguno de los cubanos a Cuba llegó.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Absolutamente genial. Gracias!