domingo, 6 de diciembre de 2015

SEXTO SUPER STAR




El Sexto O El ruido del pueblo

Apareció en el 2009, en la barriada habanera de San Agustín: en el principio fue la sucinta sílaba Rev pintarrajeada junto al signo Rewind de los equipos de reproducción audiovisual. Sólo eso.

La policía política tomó cartas en el asunto desde temprano. Hubo requisas y hasta un arresto con interrogatorios a su alrededor. Según él, se “salvó por un pelo” (acaso por eso ahora los tiene largos y enmarañados, aunque a veces se pele al rape), pues el susto mayor lo pagó un colega que imitaba su estilo. Y ese epígono adolescente protegió a nuestro autor, de manera que El Sexto pudo comenzar anónimamente su carrera de grafitero en una isla sin sprays.

Pero nuestro novato del año descubrió, gracias a aquella sobrerreacción represiva, la lujuria hechizante de pintar sobre la propiedad colectiva. Lo “enganchó” el éxito instantáneo de tener un público más atento que los esnobistas que bostezan en galerías y museos. Sus lectores serían esa audiencia iletrada de soplones y patrulleros. Paradójicamente, ese primer encontronazo con las autoridades fue “la gasolina para grafitear todavía más”, me confiesa.

Por supuesto, entonces él ni siquiera sabía que esa “actividad delictiva” en Cuba se llamaba “grafiti”. Ni que en el resto del mundo hacía ya rato que se trataba de un lugar común, comercializable por lo demás, sujeto a reglas y manualitos de know-how. No por tener talento, nuestro autor dejaba de ser también un improvisado. O tal vez por no dejar de ser un improvisado, es que Danilo Maldonado Machado tenía tanto talento.

El Sexto: así se le ocurrió llamarse entre alcoholes de madrugada. Técnicamente, sería “El Sexto” más una estrellita con cola de cometa sacado de El Pequeño Príncipe, tatuaje que lleva en uno de sus brazos de niño grande, de adulto adolescentón con ortografía ortopédica y un lenguaje acelerado, entre esos ataques de risa fácil que contagiosamente le dan. A ratos “indignado” y a ratos indignante por su infantilismo genial que no repara demasiado en lo dicho, como si fuera una seguidilla de rap, donde la melodía te obliga a forzar el significado hasta rebasar la forma que lo contiene. Y ese jueguito de las formas inconformes en Cuba te mete de cabeza en el cubo de la política más pedestre.

Por eso El Sexto nace ya abortado en tanto artista plástico, y sale a la luz pública como artista penalizable desde el punto de vista legal. Nuestro Grafitero en Jefe es una suerte de Gorki Águila de la banda punk Porno Para Ricardo, cuyos guitarrazos salpican las paredes privadas de esta o aquella institución o pancarta oficial.

Así, El Sexto en pocas semanas se ganó un copyright reconocible en media Habana: un logo que logró teletransportar de rebote en Cienfuegos, Santiago de Cuba, y quién sabe si en Pinar del Río. La capital de nuestro aún cancaneante capitalismo fue ocupada por su pintura de importación (y de donación: porque nadie dude que esto es sólo otra maniobra a la sombra de las ONGs archienemigas de la Revolución).

Borrar su firma sigue siendo una verdadera “pesadilla para las autoridades del ornato público”, como se queja edípicamente un joven periodista estatal —lo increíble es que un joven emplee el vocablo burocrático “ornato”—, pues El Sexto se empeña en regenerar una a una sus huellas, y no quiere extraviar ninguno de sus trazos delante de la fachada: ese es su hilo de acceso al minotauro, sus virutas de pan para repensar el país, sus posts al estilo de un palimpsexto sobre la pizarra desconchada que son hoy los muros y murales de La Habana.

¿Y quién es El Sexto? ¿Debo delatar lo que la penumbra de las madrugadas no ha delatado? ¿Debo añadir datos que lo incriminen, después de haber sido encarcelado varias veces sin juicio ni cargos claros.

El Sexto es un steppenwolf. Siempre trabaja solo, en cuerpo y alma: con “alevosía y nocturnidad”, podría escribir el joven periodista quejumbroso (y acaso hasta ejercer como testigo en su contra en la Fiscalía). El Sexto es, entre decenas de disparates por el estilo que él mismo se pone, “el Sexto de los 5 Héroes Prisioneros del Imperio” (ay, esa obsesión de reaccionar a las narrativas de un poder que nos paranoiquizó). Pero El Sexto no es precisamente “prisionero del Imperio”, sino de nuestra insularidad de los don nadies, por los don nadies y para los don nadies, siendo su don deambular con ese donaire demoniaco y una mochila cargada con dinamita en formato de contracastrocolor).

Enfático o enfadado, me asegura que las firmas de El Sexto por media Cuba “no tuvieron nada que ver con el 6to Congreso del Partido Comunista”, el que en abril de 2011 se celebró casi en simultáneo con los primeros performances de El Sexto. Un congreso y un partido que son los únicos legales según la constitución vigente, pero que El Sexto asume como una “burla que no significan nada dentro del pueblo, pues allá arriba siguen siendo los mismos de antes y los mismos que se quedarán después” (suena a algo así como el totalitarismo explicado a los niños: el grafiti es eminentemente un arte escolar).

Y es que mientras más grafitea su firma, El Sexto más pierde foucaultianamente su rostro. Se nos hace un Don Todos a la vuelta de cada madrugada, deviniendo moleculita polícroma que, en sus propias palabras, “va echándola por ahí, como quien apunta sus ideas en un diario sin dueño” (y yo pienso de inmediato en el cortocircuito cubano del bad-painting con el worst-writing).

Sexto, ¿y la estrellita qué significa?, le pregunto de pronto: ¿te diste tú mismo grados de comandante o qué? “Oh, no, esa estrella está en talla”, me dice, “y de una punta sale esa pita de papalote que la une a mi nombre, para que nunca se me olvide que la meta es la libertad” (poesía espontánea de los iletrados: no puedo evitar mi entusiasmo).

Por eso El Sexto ya no puede ni tampoco desea parar. Si continúa a ese ritmo, podría terminar cubriendo con una capa de spray apátrida la decadencia descascarada —y descarada— de medio país. Por eso lanza flyers al aire con mensajes sarcásticos o de solidaridad con la sociedad civil (ese oxímoron). Por eso emplea cartones y periódicos, más baratos que el lienzo, cuya nobleza artística lo hace un rezago burgués (El Sexto es el último ejemplar —por supuesto, en peligro de extinción— de nuestro lumpen-proletariado). Por eso su nombre aparece de refilón en las canciones de Silvito El Libre y de Los Aldeanos, en los decorados del teatro Variedades Galiano del grupo El Ciervo Encantado, en los posts de Yoani Sánchez y toda la blogosfera cubana transnacional, así como en algún documental hecho desde la óptica optimista del underground norteamericano. Por eso los artistas de élite como Kcho lo desprecian, después de querer captarlo, cooptarlo, coartarlo. Por eso cuando la Seguridad del Estado le ripió sus T-shirts grafitados con mártires a manos de la propia Seguridad del Estado, El Sexto se tatuó en pleno pecho y omóplato los rostros de Laura Pollán y Oswaldo Payá (ser un Premio Sajarov del Parlamento Europeo se paga en la Isla con la vida, bajo la fatwa fatua del raulismo reformador).

Este graduado de artesanía de nivel medio escolar, este recluta renegado del servicio militar obligatorio, este transeúnte de cursillos y talleres varios, sea contratado en los proyectos de la Asociación Hermanos Saíz (donde no lo dejan firmar sus obras) o sea tratando de ganarse la vida como pintor por cuenta propia para “independizarse económicamente” (sin nunca lograrlo), cargado de sprays a pesar de ser el más pertinaz de los asmáticos, pegando calcomanías contrarrevolucionarias en buses de turismo y taxis estatales al por mayor, incapaz de una pausa a la hora de captar el “ruido del pueblo” para incendiarlo con su lupa locuaz, este tipo tan atípico me asegura que sólo en el grafiti “he encontrado mi onda de realización espiritual” y que ahora sueña con “pintar gigantografías para poner el dedo en la llaga que más le duela a la Revolución” (la crítica como quiropedia).

Se trata de “romper cosas para ir creando otras”, interviniendo en el espacio urbano como en una “galería ambulante” —como su piel ahora lo es— y así “contestar a la violencia de la propaganda política o comercial o ambas”, porque “Cuba está cansada de lo mismo y de los mismos que ya no dan para más”.

Su corona icónica —irónica— de Rey Basquiat es un volante con cuño burocrático que lo autocanoniza, con sorna socialista, como Grafitero Vanguardia Nacional. La no-obra de El Sexto molesta y constituye, según decenas de acápites legales, un delito común (supongo que cualquier arrebato de color le da pánico a nuestra embotada grisura oficial).

Para colmo de coraje, el primer premio importante que El Sexto ganó fuera de Cuba lo donó íntegramente como ayuda para los cuatro o cinco mil inmigrantes cubanos que Nicaragua reprimió en el otoño del 2015 —¿por órdenes de Managua o de La Habana?— con tropas antimotines y gases lacrimógenos, dejándolos varados en la frontera sur, incluidos enfermos y embarazadas y niños, muchos niños, que no merecen la misma misericordia con que nuestro Estado se ensañó en “salvar” a aquel balserito Elián (para, a la vuelta de 15 años, forjarlo como otro soldadito plúmbeo de la post-patria).

Para colmo de provocación, El Sexto me promete que su obra “será inevitable mientras existan calles en Cuba”. Porque incluso “después de un bombardeo”, él confía en que al menos queden un buen par de columnas en pie, invitándolo a la “fiesta de los desfachatados que fornican sobre la descolorida fidelidad a Fidel”.

Cubansummatum est.