sábado, 31 de octubre de 2015

Contrabando de los diplomaticos norcoreanos con tabaco cubano





Los norcoreanos parecen comemierdas comunistas, pero son unos capitalistas contrabandistas del recontracoño de sus madres.

CUBA Y PUERTO RICO SERÁN



¿De un águila las dos alas?
Orlando Luis Pardo Lazo

¿Los puertorriqueños son un país esclavo, una “colonia” que nunca dejó de serlo, tal como nos lo enseñaron desde niños en las aulas cubanas? ¿Ven hoy los puertorriqueños con horror su anexión a los Estados Unidos de América?

¡Pobrecitos, los puertorriqueños! Les ha tocado en suerte ser el peor pueblo del hemisferio: probablemente el único que sufre la desgracia de poder plebiscitar libremente los destinos de su nación.

Cuba se salvó de esa tragedia. En 1976, después de dos décadas sin ninguna Constitución, los cubanos votamos al unísono por la libertad de aliarnos con nuestros amigos foráneos. En efecto, en la primera Carta Magna de la Revolución puede leerse esta especie de Enmienda Platt, pero con los buenos de la película (tovarich, sí; cowboy, no):

Artículo 12: La República de Cuba hace suyos los principios del internacionalismo proletario y de la solidaridad combativa de los pueblos, y […] f) basa sus relaciones con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y demás países socialistas en el internacionalismo socialista, en los objetivos comunes de la construcción de la nueva sociedad, la amistad fraternal, la cooperación y la ayuda mutua.

No es la única mención de una potencia extranjera como garantía de nuestra Ley de Leyes. Pero todas tuvieron que ser borradas a la carrera de manera inconsulta en 1992, porque con la desaparición de la URSS de pronto se dio la paradoja de que la Constitución cubana devino inconstitucional. Una aventura leguleya que jamás han podido disfrutar los puertorriqueños, esos subnacionales del Caribe.

Lo mismo con el Artículo 5 de nuestra Constitución, que para siempre consagra que el “Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista”, en tanto “vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Es decir, sólo en la Mayor de las Antillas la gente tiene garantizada la seguridad de un partido único, estable a perpetuidad, contrario a los tejemanejes corruptos que abaten cíclicamente a nuestros hermanos boricuas en su Isla del Encanto, cada vez más diaspóricos y hasta balcanizados (con un uso excesivo de sus pasaportes, más las consabidas sobredosis de neurotranquilizantes por volar medio mundo en avión).

Si fueran súbditos del castrismo, hace rato que más de un millón de puertorriqueños traidores estarían —y con razón— tras las rejas, y forzados al final a un justo exilio irreversible, pues en noviembre de 2012, por poner sólo el más reciente ejemplo, apenas el 6% de los plebiscitados tuvo el coraje de reclamar en las urnas la independencia de su propio país (lo que prueba, una vez más, que el Imperialismo norteamericano comete fraude tras fraude a su favor).

Lo que fue una opción perversamente pacífica en Puerto Rico, en Cuba hubiera sido una sana guerra civil (otro maleconazo tipo Tianamén, como el de agosto de 1994). Pero nuestros líderes seguro que hubieran decretado a tiempo el Estado de Emergencia, según el Artículo 67 que, ante debacles que “afecten el orden interior, la seguridad del país o la estabilidad del Estado”, los ayuda a constitucionalmente “disponer la movilización de la población”. Precisamente lo que ningún presidente de la Casa Blanca se ha dignado hacer ante tales casos en Puerto Rico: reconcentrarlos como todo pueblo libre se merece para preservar su unidad.

1, Estadidad. 2, Independencia. 3, Estado Libre Asociado Soberano. Estas eran las represivas opciones impuestas en 2012 a un Puerto Rico sin soberanía. Por desgracia, es tal el miedo que amordaza a los boricuas, que ni un solo acto de protesta o repudio ocurrió como consecuencia de esta cómplice consulta popular. Como en 1967. Como en 1993. Como en 1998. Como en 2012. Recursos y más recursos que no se emplean en programa gratuitos de colectivización, y pero mas sin embargo son despilfarrados en este vicio de las pancartas y los plebiscitos.

Por suerte, en Cuba se transmiten resúmenes de la bolivariana TeleSur, donde el patriota de la islita Rafael Cancel Miranda resucitó con el grito de a degüello de que tanta votación banal es “una entretención para engañar al mundo con una falsa democracia”, pues “el derecho de los pueblos no se somete a votación” cuando se vive en “un país secuestrado”.

Y por suerte, también, en Cuba sí contamos con analistas objetivos como Enrique Ubieta, quien dictaminó de antemano que “los números a veces son tramposos”. Mientras que portales noticiosos como CubaDebate citaban fuentes oficiales —más riguroso aún: de la oficialidad— que aclararon que a la postre no hubo más que “una ficción estadística”, la cual, doble chequeada por la periodista Marina Menéndez de Juventud Rebelde demostró ser el “resultado de la manipulación en la mente de un pueblo que se ha visto crecer 'gracias' a los vínculos con el Norte, y a quien se le ha hecho creer que no puede vivir sin ese nexo”, pues “la anexión no fue el parecer de la mayoría; aunque esa variante haya obtenido, al contarse las boletas, los mayores porcentajes”. Más Castro ni el agua.

Para colmo de irregularidades, más de la mitad de los puertorriqueños viven en Estados Unidos o donde les parezca peor, por lo que entran y salen caóticamente de su propio país sin la mínima facilitación de un permiso de entrada y otro de salida, como sí se garantizan en Cuba.

El destino de Puerto Rico está determinado ab ovo por una décima, aquella bucólica Borinqueña de Lola Rodríguez de Tió (1843-1924), por más que en Cuba estos versos le hayan sido atribuidos sin mala intención a ese ubicuo Autor Intelectual que es nuestro José Martí:

Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas,
reciben flores y balas
sobre el mismo corazón.
Qué mucho si en la ilusión
que mil tintes arrebola,
sueña la musa de Lola
con ferviente fantasía
¡de esta tierra y la mía
hacer una patria sola!

Declamando con cuidado estos octosílabos de oro, uno siente como una cosquillita quisquillosa en nuestras convicciones de cubanos a prueba de toda tentación. Hacer una patria sola. Hacer una patria sola. Hacer una patria sola. 

¡Por supuesto, patriotas! Pero, ¿a imagen y semejanza de cuál?

viernes, 30 de octubre de 2015

Castrismo jaujau



ZOOCIEDAD CIVIL
Orlando Luis Pardo Lazo


“¡Como un perro!”, termina interrupta la novela El Proceso, de Franz Kafka. Nunca me gustó ese remate vil. Todavía pienso que tal vez no sea el final que planeaba su autor.

¿Cómo mueren los perros? ¿Acaso no mueren los animales con mucha más dignidad que los humanos, aferrados a una vidita de delirios con dioses y diablos? En todo caso, somos nosotros quienes los matamos como “lo que son”, perros —por ejemplo—, para nuestra definitiva degeneración en la escala biológica: somos, por desgracia, el eslabón que no se perdió.

En esa frase cristaliza toda la violencia que supura de la abyección de los anónimos, esos seres traspapelados que nos van peloteando —hilarante y horripilantemente— de una oficina a otra de la novela: un librito con suficientes connotaciones cubanas como para considerarlo parte inalienable de nuestra literatura insular.

Escribir como un perro (hezcribir, cagar escondiéndonos en las calles). Leer como un perro (desleír la senda de orines que los idiotas llaman “idiosincrasia” y los cubanólogos de la academia caracterizan como “ideología”). Templar como un perro (la pinguita pronta al meteysaca, antes de recibir un cubazo de agua fría o una patada). Jadeos de perro (joder, jodido).

Todo esto y más, encajado de golpe en la escenita de un perro que cargan por la cola ante mi cámara, y lo catapultan por el aire contra la cama del camión-jaula. Zoonosis en acción, arte artero por el bien comunitario. Contra las plagas de pulgas. Y yo, como siempre, metido en el medio, impotente. Escarnio de mi Canon.

Ocurrió la captura del can en la Virgen del Camino, en la frontera frágil de Lawton con San Miguel del Padrón, en La Habana del cincuentinosécuánto aniversario de la Revolución. Fue muy temprano en la mañanita de enero, un Día de los Reyes Mongos: efemérides de la entrada triunfal de Fidel al bastión de nuestra Babilonia bebé, en mil novecientos cincuentialgo.

Me dirigía a la parada de la ruta P-3 y oí varios tanganazos a mi espalda. Pero no podía imaginarme nada. Sería alguna obra en construcción (qué optimista). O alguna descarga de hielo o de viandas para el mercadito (nuestro agro es amargo, pero es nuestro agro). O serían los carroñeros de Servicios Comunales, dándole jan a sus tanques de basura sin ruedas ni tapas ni agarraderas (donación de algún ayuntamiento español que en Cuba descuajeringábamos en tres días inhábiles).

Entonces oí el chillido. Un chillido de perro. Como un frenazo agudo o el efecto de un feedback amplificado: un chirrido biológico al que por fuerza te tienes que virar. Era un perro. Literalmente y literariamente, ¡como un perro!

Y los tanganazos salían de los cuerpos de los múltiples animalitos que atrapaban con lazos, los casi estrangulaban en el aire, antes de coger impulso en círculos con ellos mismos y lanzarlos, para que hicieran su música de ayes contra la planchuela metálica del camión-jaula: un vehículo que era del mismo diseño —pero en miniatura— del que la Policía Nacional Revolucionaria emplea para cazar humanos (igualitarismo o muerte, vil seremos).

Desde el asfalto, dos forzudos proyectaban a los perritos callejeros a full-speed. Tal vez competían entre ellos para ver quién cumplía con más encono su higiénica labor. Por su eficacia mutua, seguro que ambos eran vanguardias en la emulación del MINSAP.

Quise rebelarme. Ir hasta los torturadores de Estado y liberar a la jauría por los métodos que fuera necesario, por las buenas o con un buen bofetón (que probablemente iba a recibir por partida doble yo). Pero supuse que entorpecer semejante “tarea de choque” —onomatopéyicamente, de choque: bang, bang, bang— podría ser penado en mi caso como sabotaje o desacato o escándalo público. Es decir, el expediente perfecto que esperaba la policía política cubana para no tener que procesarme por contrarrevolución.

Me han dicho que a los perritos que nadie reclama, sobre todo a los que lucen más enfermos, los ahogan con monóxido de carbono al estilo de un Brausebsad de bajo presupuesto, pues nuestras cámaras de gas disfrazadas de duchas son sólo una manguera enchufada al tubo de escape de un Moskvich o un Volga o un Lada en uso (siempre modelos rusos). Mientras que los cachorros más saludables son reservados vivos para soltarlos no como carnada, sino como carne, en el foso de los grandes felinos del Zoológico de 26 y del Parque Lenin (a veces con el deleite de la grosera grey infantil).

La jauría en el camión-jaula también gritaba. Desde el inicio intuían que esa captura violenta era ya el fin de su Proceso: novela trunca, vida trunca. No más olisqueos mutuos de genitales. No más apareamiento impúdico en público (homo/hetero/bi/orgiástico). No más pulgas ni garrapatas ni sarna (ni más rhabdovirus como un rezago de nuestro capitalismo canino). No más ladridos a canillas y carretillas, pedales y catalinas, yantas y carrocerías. No más compañía cariñosa a los mendigos que pululan por la patria hasta estirar la pata, y entonces terminan disectados en una morgue (para “solaz esparcimiento” del estudiantado médico bolivariano). No más muertes bajo ruedas al cruzar daltónicamente un semáforo. No más vida de perro, en última instancia: la muerte como tránsito misericorde de La Habana al paraíso perruno o ante el Can Cerbero.

Tiré una foto a la escena. Mientras disparaba, me sentí como el reportero que, ante el infante enfocado, espera que el vultúrido en el background extienda sus alas: fotógrafo o funcionario o buitre o trailer del camión-jaula, la muerte siempre rueda en dos patas.

Death on two legs, you never had a heart of your own..., recordé a Queens. Y enseguida al desconocido Luis Marimón, poeta de Matanzas y luego de la cárcel sin cargos creíbles y luego remando a la fuga por un mar malvado —tinto en malva: sangre y maldad son sinónimos cubanos— y luego en un exilio etílico, donde yacen nadie sabe dónde sus huesos (apenas sobremueren sus versos): “el amor de una ciudad se conoce / por la cantidad de sus perros callejeros. / Cuando en una ciudad comienzan a botar sus perros / es que, de cada casa, están botando el corazón”.

Tal vez no debí tomar la foto. Igual todas mis instantáneas siempre son de uno u otro intenso instante prepóstumo. Un tipejo con voz atiplada se me acercó, probablemente para putearme unos dólares pensando que yo era extranjero. Al verse en ridículo cuando le dije lo endémica que era mi nacionalidad, me increpó policiacamente que “por qué cojones tomaba entonces ese tipo de fotos”.

Eso fuimos/somos/seremos. Ese no mirar mirando. País de sacrificios rituales, donde las cabezas de chivos y palomas son la moneda dura de cambio. País no de pesebres —donde nació la compasión como paren las bestias: con bondad antes que primero fuera el verbo—, sino país de patíbulos: paredón, paripé de accidentes, peritos clínicos perversos, desaparecidos condenados de por vida a ser unos aparecidos.


Los cubanos somos no como perros —ni remotamente—, sino como personas. Antes y después de un castrismo humano, demasiado humano para ser comparable con nada que sea natural. 

jueves, 29 de octubre de 2015

Nadie quiere más a Cuba que Lichi




LEER A LICHI EN EL CONSEJO DE ESTADO
Orlando Luis Pardo Lazo


Supongo fue en 1998. Soy bioquímico —era bioquímico— y por entonces trabajaba en un laboratorio de genética molecular, consagrado a la creación de vacunas de ADN recombinante para uso en humanos. Dengue, Hepatitis B y C, meningitis bacteriana, HIV, y exquisiteces así. Yo era, pues, mano de obra especializada del Clonador e Inmunólogo en Jefe, quien había construido ese centro como venganza contra la UNIDO, que a mediados de los ochenta prefirió a Trieste y Nueva Delhi antes que a La Habana para patrocinar un proyecto similar: el ICGEB.

Éramos un buen equipo. Gente que parecía del Primer Mundo en el Polo Científico del Oeste de La Habana, metidos a tope de aire acondicionado en esa mole sepia que aún aparece al dorso del billete de 50 pesos cubanos: el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB).

Después de estudiar en una Facultad de Biología con excelentes profesores, pero sin un centavo convertible ni para medio litro de agua medianamente destilada, el solvente CIGB era la apoteosis de la libertad investigativa. Manos libres, mente libérrima.

Adscrito, a través de José Millar Barruecos (Chomy) al Consejo de Estado, contábamos con internet antes de la internet cubana, corríamos cualquier estilo de electroforesis, usábamos radioisótopos y sintetizábamos nuevas biomoléculas, todo con reactivos al por mayor Made in USA y, lo más importante para un lector voraz como yo, hojeábamos hasta con cierto desdén las revistas del día Printed in USA, lo mismo que los libros de textos actualizados —algunos adelantados— y los reprints que los colegas yanquis nos enviaban a Cuba, gracias al correo postal de un país intermediario.

En uno de esos cubículos del piso 7B cayó como un bombazo el informe. El Informe contra mí mismo, de Eliseo Alberto, el hijo rebelde del poeta cubano Eliseo Diego, Premio Nacional de Literatura 1986 y fallecido de visita en México en 1994.

Fue a principios de 1998, más o menos cuando la vertiginosa visita del papa Juan Pablo II a la Isla, poco después de yo oír galvanizado la arenga del padre Meurice por radio, uno de esos sábados laborales de enero, con audífonos para disimular en pleno laboratorio, que agoreramente era el G-2 (Genética-2).

El libro, como tantos otros hallazgos editoriales de los años noventa, venía ya desguazado por el pase-pase clandestino de mano en mano. Por lo general, no se imprimen ni venden autores exiliados en Cuba (o el Estado sólo pone a circular el porciento menos inconveniente de sus obras). Y a mí la verdad que la poesía de Eliseo Diego me entusiasmaba muy poco por entonces (hoy más, porque yo también he ido envejeciendo como un lord loco entre lo enamoradizo y la depresión; porque yo también moriré sin darme cuenta lejos de Cuba).

Así, con esa ignorancia insultante de profesionales de las células eucariotas, le entramos al mamotreto. De uno en uno, todos mis colegas de la carrera, leyendo a la carrera, robándole horas de sueño a las madrugadas de fermentación o Polymerase Chain Reaction o secuenciación de plásmidos; aprovechando las meriendas de medianoche, la luz pulcra de los pasillos y la aclimatación nórdica, lo que nos hacía vivir en una realidad virtuosamente virtual, futurista, donde el Período Especial y la Opción Cero —el riesgo de un estado de excepción con reconcentración ciudadana— era sólo una pesadilla que nuestro solapín electrónico exorcizaba, tan pronto traspasábamos la garita del CIGB. Pero hasta aquel coto de micropipetas y nanomedidas llegó el informe del tal Eliseo Alberto: Lichi ya para siempre, porque en julio de 2011, tras un trasplante renal esperado por años, el autor contra sí mismo murió.

Hubo, por supuesto, quien negó tres veces la prosa de Lichi en el laboratorio. Negar en Cuba es muy ventajoso: te pone a salvo de los positivistas prehistóricos en el poder. Y con toda la razón del mundo es negable su prosa, porque Informe contra mí mismo no es verosímil en absoluto (por eso mismo es verdad). Y ni viviéndolo en texto propio uno puede creerse tanta brutalidad incivil, tanto daño de alma —ese no se compensa con salud y educación gratuitas—, tanta familia infiltrada por una fe atea casi física en la infalibilidad de Fidel. Y tanta delación doméstica, como la que el hijo de Eliseo Diego cometió contra el padre de Eliseo Alberto. Miserias del Ministerio del Interior.

Semejantes sutilezas de la Seguridad del Estado son peores que los juicios sumarísimos y sus calabozos a perpetuidad. No el diablo, pero sí el déspota está en los detalles. En lo anormal convertido en normal. En acatar lo que hasta en el país más represivo del mundo rechazaríamos con gritos y patadas en plena plaza. En este sentido, es muy injusto llamar “dictadura” a la Revolución cubana. Las dictaduras son derrocadas, pero la Revolución es resistencia a rajatabla. No hay paraíso peor que los paraísos perpetuos. Termodinámica de una Isla impotable.

Hubo incluso quien dejó de leer a mitad del libro de Lichi, con lágrimas ideológicamente inoportunas corriéndole por la cara, al intentar sin éxito defender en público a su autor (¿cómo no enamorarme de semejante visión?). Hubo quien leyó, y apenas sonrió con sorna o hizo mutis (todavía lo hacen, y es su derecho: los cubanos queremos callar, y no es cobardía sino el coraje de la complicidad).

Dos o tres veces intentamos comentar el Informe en grupo de manera jovial. En algún tiempo libre, en los gimnasios, en una cámara de incubación de 28 o 37 grados Celsius —¡en las de 4 o -20, por supuesto que no!—, en la parte trasera de los buses que nos llevaban y traían del CIGB en aquel abusivo a la par que excitante “horario de consagración”. Comparábamos las listas de los exiliados y sus destinos foráneos para actualizarlas unos meses después de publicado por Alfaguara. Entonces nos imaginábamos en silencio a cada uno de mi generación de bioquímicos balcanizados por ahí, unos y otras sin volver la vista atrás, ni poder cogernos por los cachetes para decirnos directamente a los ojos: oye, tú, mira que yo te quiero a pesar de ti.

Y reír. Reír a coro con tal de detener el debate a un paso antes del abismo. En tanto subciudadanos de nuestro mundo de enzimas y buffers, no estábamos preparados para polemizar políticamente mucho más. Ni era sabio tampoco tantear nuestros propios límites de lectura.

Ahora, cuando buena parte de aquellos colegas están radicados en el exilio, somos todos la parodia imperfecta de los personajes de Eliseo Alberto. Cada quien arrastra su propio informe contra sí mismo, contra nosotros mismos.

Por ejemplo, a más de uno se nos prohibió vivir bajo el mismo techo con familiares cercanos considerados conflictivos y/o no confiables y/o contrarrevolucionarios, si es que deseábamos permanecer contratados por el CIGB. Existía el riesgo ridículo de que revelásemos en sueños los secretos moleculares de un Estado molar, mortal. Como recompensa, el CIGB nos ofrecía un apartamento prestado justo al cruzar la esquina de 31 y 190, entre la pobreza del barrido barrio de La Corbata y el concreto medio brutalista del CIGB.

A más de uno se nos amonestó con una mancha en el expediente laboral por no votar unánimemente en contra o favor de algo en el consejo científico, sobre todo si nuestros criterios de tecnócratas contradecían a los de Chomy, que fungía de mecenas estatal y de vocero de la inspiración bioalquimista del propio Fidel.

A otros se nos culpó de cartearnos digitalmente con el enemigo, en vez de odiar a esos desertores del CIGB a los que se le pagaron congresitos y becas foráneas de PhD, sólo para que nunca abordaran el vuelo de vuelta a Cuba. Algunos llegaron a ser expulsados, luego de acusarlos de pornógrafos o, más mediocremente, de adúlteros a un compañero(a) que era cuadro del Partido o la Juventud comunista. A algotros se les robó información más o menos íntima con la técnica traidora de plantarnos a soplones como amigos, mientras nos metían micrófonos en la autoclave o incluso en el auto de este o aquel compañero(a). Paranoia, ¿para qué? Paticas, ¿pa´ qué te quiero?

Lichi ha muerto a punto de lunes, como corresponde a su promesa hecha con la eternidad (un plagio precioso del padre que lo perdonó y se hizo perdonar su hijo). Lichi en el cielo con informes. Lo extraño, aunque nunca lo conocí. Sé incluso chistes que él mismo hacía sobre cómo y cuándo le caería literalmente —literariamente— del cielo un riñón. Lichi era uno de nuestros últimos seres humanos, y esto no implica para nada una apología. Antes bien, ser humano es una pésima adaptación evolutiva en un archipiélago Cubag donde el cero humano es estadísticamente más significativo. Teoremas del totalitarismo en fase terminal, la más temible: la de la autotransición del F1 al F2 al Fn.

Fuera de Cuba, jamás he vuelto a ver una copia del Informe contra mí mismo. Al parecer es un libro endémico y hace ya rato en peligro de extinción. Un objeto impreso que los jóvenes cubanos de hoy estiman como muuuy envejecido. Cosas de la Guerra Fría o, mejor, de la Guerrita del Pan Duro, cuando aún existían la Tarjeta Blanca y el Permiso de Residencia en el Exterior, entre otras delicadezas del fidelismo feudal.

De las novelas de Lichi, a ninguna le cogí tanto cariño como a su primera no-ficción. A estas alturas de la historieta, no me gusta jugar por escrito a los caracteres bien construidos y toda esa bazofia de cajas chinas, magdalenas con té, icebergs escondidos y decálogos del óptimo narrador. Por favor. Que ya tenemos pelitos hasta en la próstata.

No quedó ni la desmemoria de uno solo de nosotros en aquel CIGB trasnochador de guantes enchumbados de bromuro de etidio y/o fósforo alfa radiactivo y/o poliacrilamida cancerígena del Premio Nóbel de Medicina que cada uno de nosotros iba a ganar. Ja.

Conservo en mi exilio de pacotilla, eso sí, el deleite dolido de haber leído a Lichi de Diego en las siglas con sigilo del CIGB. Fue uno de los que primero me enseñó a pensar: a no pasar por pasar, a patear respetuosamente las palabras hasta que escurriesen una goticámbar del néctar de la verdad. De la mía, de la nuestra, de la de él.

Verdades a veces de vodevil, como es obvio, nada teleológicas como las de su Tío Cintio Vitier. Verdadecitas en miniatura que ningún cubano, cojones, nunca más debería verse en la obligación de esconder. “Eso es caca”, nos dice con descaro el castrismo, como si fuéramos sus niños en un fermentador con medio LB y antibióticos antimperialistas que todos ya esquivan, sí, pero con una hipocresía que es la causa por la que los cubanos nos corrompemos antes de crecer.

Verdades verdes de limón limonero las damas primero y dame un abrazo que yo te pido, certezas tan incontestables que da pena ponerlas en blanco y negro de nuevo aquí (por eso mismo es que vale la pena reponerlas): antes de mí, Eliseo Alberto, nadie quiso más a Cuba que tú.

Alexander Bashlachev - Everybody, Clear Prop!



Alexander Bashlachev 

https://youtu.be/65V0OmrEdNw 


The free Russian culture that the Soviets censored in Cuba in the 80s. 


Cruel Criminal Coward CCCP.

miércoles, 28 de octubre de 2015

CAMILO Y YO, YO Y CAMILO



YO, CAMILO
Orlando Luis Pardo Lazo

Una vecina que viene de visita del Norte —contrario al lemita de TeleSur, en Cuba nuestro norte sí es el Norte— me saluda después de no sé cuántos años, y me ve por primera vez con barba desde que ella partió (mi barba de talibán anti-totalitario o fundamentalista contra Fidel). Entonces casi se hinca de rodillas y se pone a rezar ante mí. Luego se persigna y se para. Me da un abrazo devoto y le suelta con lágrimas en los ojos a mi mamá: “¡Por Dios santo, María, en tu hijo Camilo se reencarnó!”

         En efecto, la Cuba de Castro es la nación más Kardec del planeta. Aquí ningún muerto ha muerto todavía. Por eso todo se sabe en la Isla, incluso antes de que suceda. Y lo que se sabe, no se pregunta: sabiduría empírica de un Wittgenstein que hace innecesario cualquier conato de censura. Los cubanos somos unos cotorrones que todo lo comentamos, pero con un cuacuacuá de catacumbas. Como dice el dicho, calladitos nos vemos mucho más bonitos.

A finales de cada octubre, la prensa oficial resucita al comandante Camilo (Cienfuegos y Gorriarán, porque tuvo padre y madre, los que lo sobrevivieron engañadamente durante décadas). Camilo es ya un género literario en sí: la narrativa de quienes, de tan amados por los dioses, desaparecen muy jóvenes sin explicación terrenal. El subtexto ateo es que a Camilo lo desaparecieron los hombres a la cañona, que ningún dios o diosa lo hubiese reclamado a sus 27 años (edad en la que, en efecto, mueren estadísticamente los que irradian demasiada luz).

A finales de los noventa, el escritor Francisco García González ganó el premio de cuento “Luis Rogelio Nogueras” con Color local, un libro que al intentar publicarlo por Ediciones Extramuros, fue secuestrado en la imprenta por ficcionalizar a un puñado de personajes perdidos en la maraña mentirosa de nuestra historiografía: desde Matías Pérez y su globo aerostático, hasta Camilo Cienfuegos y su avioneta Cessna 310C (el hecho de hacerlo “volar como Matías Pérez” fue la burda burla de sus verdugos de verde olivo).

En el planeta YouTube hay entrevistas y documentales donde se da testimonio en firme de que todo no fue más que un perverso pase de cuentas político. Camilo caía bien. Era un mujeriego maravilloso. Odiaba las tiranías. Creía en la peregrina idea de que el comunismo no venía al caso en Cuba después de ganar a tiros una Revolución popular (desconociendo que los pueblos prefieren al fascismo por comodidad). Había vivido en Estados Unidos. No quería competir “contra Fidel ni en la pelota” (esta fue sentencia de muerte). Y era, por supuesto, nuestro vecino de Lawton mientras vivió.

Mi madre se horroriza sólo de pensar en las versiones digitales de cómo Camilo murió, antes de reencarnarse ahora en mí —es decir, en su barriguita materna de 1971— gracias a nuestra vecina recién caída del Norte. “Borra esa basura, te lo ruego”, me ruega, “vas a caer preso por propaganda enemiga si te cogen con eso grabado ahí”. Y se va del cuarto sin esperar por mi protesta cívica o mi ejecución Shift + Delete (no deja de ser curioso que una mujer sin instrucción haya incorporado tan orgánicamente el repertorio represivo revolucionario: propaganda, enemiga).

Mi madre María, virgen doméstica de los cincuenta, sirvienta que devino proletaria que devino propietaria en la misma casa de familia donde sirvió por un quinto del salario mínimo de entonces (no hay peor cuña que la del mismo cubano). Ella fue una de esas jovencitas que entristeció de muerte cuando el vuelo de Camilo nunca aterrizó. Y luego fue mi madre la que más lloraba de euforia y gracias-a-dios cuando Camilo resucitó en la radio cubana —otra falacia novelesca de Fidel para despingarnos el alma, mientras él complotaba como el tercer o cuarto golpe de Estado silente de enero a octubre de 1959—, sólo para que Fidel rematara de nuevo a Camilo desde su tribuna-tribunal de discursiva luctuosa en el Palacio Presidencial (Castro acusó al Imperialismo del crimen).

Del aquel Cessna 310C no apareció nunca ni un tornillo —datos oficiales—, a pesar de que Fidel movilizó a millones de cubanos para que perdieran una semana rastreándolo. Así y todo, aún hoy, frente al hospital general docente de Yaguajay —donde Camilo ganó su más cruenta batalla—, se expone una hélice materializada por obra y gracia del espíritu de algún Kamilo Kardec.

Creo que desde entonces, mi madre vivió un poco enamorada de esa palabra que había nacido en nuestro barrio y que, de mero milagro, no terminó siendo mi nombre una década después. Santo Camilo Cienfuegos Gorriarán de Lawton. Es una lástima que su casa natal sea hoy un museíto muerto. Y es lastimoso que tenga que venir un exiliado de afuera (como nuestra vecina vidente) a reconocer su barba noble y su sombrero alón —de guajiro jovial— en un exiliado de adentro (como yo). Por cierto, Fidel usaba gorra de guerrilla; el Ché, una boina de bolchevique; pero Raúl es lampiño y por eso mismo los cubanos lo sienten tan siniestro.)

En mi escuelita primaria fui una vez con el resto del aula a lanzarle flores a Camilo al malecón. Hacía un viento de otoño ciclónico y el aire casi me arrebató las rosas rojas de mi jardín, que María me había envuelto en un nylon: no cayeron ni siquiera sobre los arrecifes. Fue como si el mar rechazara mi ofrenda. Las vi volar de vuelta al asfalto, desperdigadas  directamente contra el pasa-pasa de carros americanos, cuyas yantas desguazaron mi culto de pétalos y pistilos al mártir más pingú de la Revolución. Un Adonis bello hasta la violencia, pero mudo e inocuo como sus estatuas instantáneas: ese millón de bustos de bronce o de cemento que irrumpió en aulas y fábricas tan pronto él “desapareció” (en realidad, los “desaparecidos” somos el resto de los cubanos, que nunca sabremos del cuerpo-cadáver de Camilo, ni si dejó testamento, ni nada).

Por cierto, junto con Camilo desapareció su piloto Luciano Fariñas, pero también —días después— otro piloto de un caza Sea Fury que escoltaba al Cessna 310C, así como el mecánico de aviación que revisó a ese Sea Fury de vuelta al hangar. Además, fueron abducidos de por vida varios testigos oculares de una extraña pirueta aérea en la zona de Caibarién, así como semanas después balearían “por accidente” al capitán rebelde Cristino Naranjo —quien hacía una investigación criminal por su cuenta que nunca nadie prosiguió— y a su chofer Luis Nieves Peña. Como colofón, meses después el ejecutor a tiros de estos dos últimos sería a su vez fusilado: Manuel Beatón, un capitán rebelde condenado por alzarse en armas contra el Ejército Rebelde.

Una estela terrorífica, con testimonios que no terminan ahí, sino en el comandante Jaime Costa —castrista antes del castrismo: asaltante al Cuartel Moncada en 1953 y expedicionario del yate Granma en 1956—, quien luego estuvo décadas preso en la Cuba de Castro, hasta poder confesarlo todo desde el exilio, en su libro El clarín toca al amanecer: él mismo vio cómo acribillaron e incineraron a Camilo en la Ciénaga de Zapata, en el fuego cruzado de imponerle el comunismo a un pueblo comunistofóbico de cabarés y casinos, casas de citas y televisión a color, con un congreso corrupto pero con una constitución inclusiva donde en 1940 cupieron incluso los comunistas (los mismos que esperaron su turno para traicionarla hasta el día de hoy).

Nuestra vecina que vino de visita del Norte nos cuenta antes de irse que, en octubre de 1959, con el alma en pena de Camilo flotando sobre la islita de sus amores, muchos cubanos tuvieron entonces revelaciones hechas por un arcángel o por el propio Camilo o por ambos en uno solo ser superior.

Muchos de estos sueños aparecieron en la prensa aún medio libre de aquella época, titulares que con el tiempo serían borrados por “vándalos” con acceso —no sé sabe cómo— a las bóvedas patrimoniales de la Biblioteca Nacional.

Otros visionarios de Camilo dejaban de rastrear al “Señor de la Vanguardia” y peregrinaban de urgencia hasta la Plaza de la Revolución —confesionario del Hombre Nuevo—, donde le daban hasta su último detalle onírico al Departamento de Opinión del Pueblo —ramal en ciernes de nuestra KGB: el G-2—, intentando así aportar pistas para que apareciera el desaparecido.

Por favor.

Ni una tuerca. Ni una mancha de aceite. Ni un humillo. Esa falta de evidencia es la evidencia más obvia de lo que el augusto Camilo habrá tenido que aguantar, sea como sea que lo “murieron” con saña los señores de la retaguardia.

De niño, en el Lawton de los setenta sin barba, yo también soñé una vez con Camilo. Recuerdo muy poco, por supuesto, pero era un sueño muy triste (todos siempre lo son). De esos fogonazos conservo sólo la dentadura rozagante de un Colgate Cienfuegos, su luz de leche tan campechana y cándida, su olor a colonia de barrio habanero y no a los porquerizos de la “tierra colorá”, y las ganas de que Camilo me abrazara y no se muriera al yo despertar (después de su metástasis misericorde —nunca tuvo dolor, ni siquiera un diagnóstico amateur—, de adulto he soñado milimétricamente eso mismo, pero con la risa de abuelo de mi papá).

Camilo cayó como un Ícaro ingenuo, grávido, gravísimo. Lo fusilaron en el fango fétido, flor nativa cuyo coraje enfureció a los 1959 pendejos que importaban una ideología sin dios ni diablo, ni hombres (Raúl Castro y el Ché Guevara armaron aquella orgía horrible de su holocausto). Por algo restauraron la pena de muerte en Cuba en enero de ese mismo año. Y la venganza más vomitiva contra Camilo ocurrió como quien dice ayer, cuando atornillaron su rostro desternillado de risa en una fachada del Ministerio del Interior (no es ese edificio, pero sí lo es).

“Si van a tirar, tírenme a los cojones”, fue la última frase con que Camilo no deja ahora de humillar al Ché, a quien en otro octubre hubo que callarle a tiros su pataleta de “no me maten, valgo más vivo que muerto”. Mientras Fidel y Raúl morirán desechos en menuda mierda en sus camas y ni una momia de mausoleo podrán parir.

“Hacer el amor es como morirse”, le dijiste después de hacer el amor a una de tus marías de los fabulosos cincuenta, “y yo quiero abandonar este mundo con las botas bien puestas”. Amén, pues, Camilo, hermanito hermoso. Y gracias por rechazar mis rosas de niño, crecidas en un jardín vecino al tuyo (como nunca creciste, el castrismo adúltero te maduró). Camilo novio de todas las novias de nuestro Lawton: Cuba la fea de los cubanos nunca te mereció.

COMO LOS CASTROS MATARON A CAMILO CIENFUEGOS



EL CLARÍN TOCA AL AMANECER 
JAIME COSTA


El clarín toca al amanecer es un libro de Jaime Costa, Ex Comandante del Ejército Rebelde, Combatiente del Moncada, Expedicionario del Granma, y que fue condenado a 30 años en las cárceles castristas. Editado por las Ediciones Manatí, consta de 468 páginas y tiene un prólogo de Jorge Valls.

En uno de los capítulos Jaime Costa cuenta la verdad sobre la muerte de Camilo Cienfuegos, que él presenció. Este libro es fundamental para conocer las atrocidades del castrismo, por uno de sus protagonistas, quien estuvo en un lado, y luego en el otro, en el de los defensores de la libertad.

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Todos hablaban de la aparición de Camilo, y los centros de información se sentían presionados por la gente, que querían noticias en detalle. Yo seguía sin saber la verdad de aquel raro juego.

Volvimos a entrar en el rústico caserón campesino, y nos acercamos nuevamente a Fidel, que escuchaba a dorticós:

-¿No ves? te lo dije -le repetía, exhibiendo su triunfal alegría-, no queda más remedio que hacer lo que se hizo con Frank País, ya que cogerá demasiada fuerza y tendrás que responderle de todo esto y finalmente compartir el poder con él… ‘no se puede dar marcha atrás’, para todos Raúl está perdido y nadie pregunta por él, les da lo mismo que aparezca o no, y tal vez prefieren que no lo encuentren. Voy a dar orden de que digan que Raúl apareció y verás que se pierde la noticia sin que a nadie le interese.

-¿Tú crees que será así? -preguntó Fidel, mostrando cara de absoluta ingenuidad y casi me pareció que no había pensado la pregunta, sino que la hizo mecánicamente, sin procesarla, teniendo su cerebro ocupado por otra idea.

Alejándose, Dorticós fue a conversar con el mismo grupo de la ocasión anterior y se mantuvo con ellos no menos de media hora, regresando a donde estaba Fidel, que caminaba lentamente, pero afirmando con fuerza cada pisada, como si los pies estuvieran expresando conclusiones a las que iba arribando su cerebro.

-Nadie le hizo caso a la noticia, -repetía ahora Dorticós, añadiendo: - acuérdate de Frank País.

Fidel se detuivo un ratico en silencio y sin decir algo, como quien de hecho acepta la idea que le han filtrado en su mente, dijo:

-Bueno, vamos.

La expresión de Dorticós parecía triunfal, como que había ganado la partida y se sentía seguro de que ya Fidel estaba en el plan de acción para ejecutar lo que le tenían programado como principal actor, máximo jerarca y figura decisiva. Todos fuimos para los autos, no sé cómo yo me senté en el timón de uno, y a mi lado Almeida, atrás otra persona que no recuerdo y Fidel Castro, quien esta ocasión tampoco hizo la menor referencia personal a mí. Salimos rumbo a la Ciénaga de Zapata, que está en el lado opuesto, al sur de la Isla. Yo no conocía el camino y Almeida me orientaba, constituyendo una caravana de vehículos, que eludíamos toda complicación para llegar al lugar propuesto. Por el radio del auto oímos que un parte de Palacio había desmentido la información previa que afirmaba la aparición de Camilo Cienfuegos, informando además, que ya se había localizado a Raúl Castro. 

Movimos para otras estaciones y repetían lo mismo, finalmente volvían a sus informaciones rutinarias y apagamos el receptor. Todos estábamos en silencio cuando llegamos al batey de un centro agrícola, con casas dispersas que no parecían ocupadas por gentes del lugar, sino como almacenes de aperos de labranza, maquinarias, abonos, y más allá una casa de vivienda cuyo amplio portal avanzaba un tanto haci ala explanada.

La casa había sido seguramente, la residencia de los señores expropiados y ahora era usada, según me pareció, como lugar de descanso y trabajo discreto. Frente a la misma, la explanada se prolongaba formando una pequeña pista de aterrizaje, en la cual había un avión Cesna, que era el que habitualmente utilizaba Camilo Cienfuegos.

Fidel entró en la casa, sentándose en un sofá y estirándose a lo largo, como si necesitara descanso. Oía todo cuanto se decía y pasaba la vista, sin detenerse en alguien, o se quedaba con la mirada perdida, como si estuviera estudiando los secretos de la pared, simulaba prestar atención a cuanto le decían unos yotros, sin dar respuesta alguna a nadie, más bien como si estuviera catalogando las opiniones que iba escuchando de quienes, por su jerarquía, se sentían autorizados a opinar, o decir algo.

Entró Agustín Martínez, quien dando por situado el tema a que se refería, le dijo:

-¿Qué te parece, igual que Frank País, que era tan líder como tú, porque los del 26 de Julio le obedecían más que a tí y no quedó más remedio que entregarlo? Fue el Partido -añadió vivamente- el primero que se dio cuenta, ya que él tenía muchas simpatías por los americanos y estos lo valoraban mucho, en la medida en que se iba convirtiendo en líder del Ejército Rebelde, pues tú dabas una orden y la gente iba a consultarle para ver si la aprobaba o no, antes de cumplirla, y ahora se repite la historia con éste, que tiene la simpatía de los americanos y del Ejército Rebelde. ¿Tú viste la alegría del pueblo cuando se dijo que había aparecido?

Fidel permanecía en silencio, no denotaba ni aprobación, ni rechazo, sencillamente oía y seguía en abstracción.

Entró Aragonés y también, sin introducción alguna, como apoyándose por lo expuesto por Augusto Martínez, le decía:

-¿Tú pensaste que el pueblo se lanzara a la calle, como lo hizo con la noticia de la aparición de Camilo? ¿No fue igual que cuando dijo que había aparecido Raúl, verdad?

Fidel tampoco articuló palabra alguna. Eran las mismas ideas que se repetían, bajando de categoría los exponenetes y de elegancia en la expresión, pero las mismas ideas machacadas, repetidas, elaboradas por alguien tras bambalinas, que se las iban haciendo entrar en el cerebro poco a poco, a través de tres personas distintas a las cuales había oido las mismas expresiones, o era un teatro por el cual se hacía aparecer que Fidel estaba siendo empujado a una decisión que ya estaba tomada, porque había nacido en él, y los demás eran únicamente supuestos gestores que servían para darle la sensación de voluntad colegiada a lo que era irrefrenable propósito en la mente del máximo dirigente.

Fidel seguía en silencio. Tenía un tabaco apagado en la mano izquierda y permanecía tirado en el sofá, con la espalda apoyada sobre el brazo derecho. Luego de permanecer en la misma posición un largo rato se puso de pie y pidiendo que nadie lo acompañara, que quería estar solo, salió y comenzó a pasearse lentamente frente a la casa.

Yo me acerqué a la ventana, revisando el paisaje que me ofrecían los pequeños grupos que conversaban aquí y allá, y a cierta distancia en la minúscula pista de aterrizaje, el pequeño avión de Camilo cienfuegos. No se me ocurrió entonces pararme y decirle a todos:

-Miren, este es el avión que estamos buscando, este es el avión de Camilo.

Quedé mudo. Nadie se me acercaba, nadie me hablaba. Fidel iba y venía como si contara los pasos. A la izquierda, otras casas rústicas que me lucieron desocupadas. Pensé que la única regularmente habitada era en la que estábamos nosotros.

Llegaron dos máquinas que habían salido un rato antes,  trayendo algunas cosas de comer, que supuse habían adquirido en algún pueblo próximo y penetrando en la casa, fueron a una habitación interior, supuestamente el comedor. Muchos se movieron en igual dirección para participar de los alimentos. Yo me quedé en el mismo lugar, me sentía aislado y confundido y tods, como obedeciendo a una orden que se mantenía en silencio, no pasando de frases a palabras entrecortadas y mínimos comentarios. Sólo los de más rango conversaban en pequeños grupos separados.

Bastante más tarde llegó Raúl Castro con ramiro valdés y alguien más. No hubo saludos, nadie dijo nada. Raúl preguntó por Fidel y, seguido de Ramiro, fue en su busca pues había desaparecido del escenario visible. La presencia e inmediata ausencia de Raúl provocó la atención de todos, el murmullo de cuyos bajos comentarios cobró el tono más alto, pero todo siguió igual, excepto que sólo quedaban al alcance de mi vista los de rango superior y personal auxiliar, todos los “notables” fueron desapareciendo.

Al poco rato, el silencio imperante hasta entonces fue roto abruptamente, comenzando a oirse voces altas, gritos a veces, exclamaciones e imprecaciones, de un tono más alto… oí la voz tiplada de Raúl, como es habitual cuando él quiere imponerse y hacerse oir, puse atención y no oi más a Raúl. El vocerío venía de una de las casas próximas a la residencia en que nosotros estábamos. Hubo unos minutos de silencio, y luego la voz de Fidel, como expresando una conclusión que decía: 
“El pueblo es el que  te condena, nosotros no, y te condena porque quieres ser más que yo, y eso lo destruiría todo y se hundiría la revolución”.

Después, la voz de Camilo que decía:

-¡Qué carajo la revolución!, si tú sabes que esto se ha jodido por la cantidad de parásitos comunistas que tú has traído al gobierno, y que todas las acusaciones no son más que intrigas de los comunistas con los cuales yo he estado en conflicto desde hace tiempo, y no me soportan, porque no pueden manejarme.

Sonaron golpes como si fueran manotazos dados sobre una mesa, y después un golpe seco, como si un cuerpo hubiera sido lanzado contra la pared de madera. Y un balbuceo de dorticós, que decía:

-Ya ves, ya ves -y se extendía en expresiones que sólo capté a retazos. Otra vez Camilo, que decía:

-Ahí tienes a Dorticós, intrigante número uno, por entregar la revolución a los comunistas, que cuando nosotros luchábamos, era un miserable botellero de Batista, aspirante a aristócrata, que se ha convertido en el abrepuertas del Partido Comunista.

Ahora Dorticós, irritado, que le decía:

-Te opones a todo, te disgusta todo, te atraviesas en todo. No quieres la nueva estructura del Ministerio del Interior, no quieres que se reorganicen las fuerzas armadas, te opones a todos y no cooperas en ninguno de los nuevos planes, y es más, hay un acto, tú esperas llegar exactamente cuando Fidel está hablando, para que se interrumpa el discurso y Fidel tenga que callarse hasta que la gente termine de aplaudirte, para después continuar. Eso lo has hecho veinte veces en el último tiempo, y tú sabes, y todo el mundo sabe, que el Ejército es un semillero de conspiraciones, y que lo de Hubert no fue por gusto y que tú fallaste y que si te dejamos seguir, lo que estabas haciendo, hubiera sido un desastre.

Camilo, sin darle respuesta a lo dicho por dorticós, decía:

-¿Tú crees, Fidel, que con tipos como éste, que no es más que un oportunista y un aprovechado, se puede salvar la revolución, cuando se pasa la vida intrigando contra los valores serios del proceso, para alejarlos del poder y forzar la entrada de los comunistas? Ese es un cretino vestido de presidente, que desde que lo trajeron trabaja día y noche para destruír la revolución y ese es tu consejero. ‘No jodas, revolución con el cabezón de presidente’.

Volvía a oírse la voz de Fidel más irritado aún, que atropellando las malas palabras y los insultos, terminaba diciéndole:

-Yo no te hice Jefe del Ejército para que me pagaras de esa manera, lo que eres, es un mal agradecido, un sinvergüenza y un traidor, que siempre estás buscando la forma de atravesarte en mis planes y criticando cuanto yo hago.

La respuesta era firme en la voz de Camilo:

-Carajo, son calumnias que estos intrigantes te han metido en la cabeza, quienes me han hecho tremendo paquete y tú, imbécil, te dejas manejar. Quédate con los comunistas, si crees más en ellos que en mí, quédate con ellos y a tí te traicionarán y te hundirán también. Tú sabes que son unos cobardes y que no pueden ver a ningún revolucionario y que son un factor negativo y extraño que se ha metido dentro de la revolución, incapaces de hacer nada por ellos mismos, sólo saben actuar mediante la traición y nunca de frente. Cobardes, como a mí que me mandaron a buscar, haciéndome creer que eras tú quien me llamaba y por eso vine a este lugar, y entonces el Ché y todos me recibieron y me hicieron entrar aquí engañado, diciéndome que tú estabas aquí esperándome. ¿Por qué no fueron ellos a buscarme para traerme preso? No tienen el valor para eso y sólo se atreven a hacerlo mediante el engaño, Tú sabes bien, Fidel, de lo que son capaces estos descarados, por conseguir sus propósitos.

No hubo más diálogo. Apareció Fidel caminando con la cabeza baja y en silencio, tras él, Dorticós, Raúl, Ramiro y otros, se sentaron en el portal de la casa donde y como pudieron. Otra vez el silencio dominaba el ambiente, sólo interrumpido por breves comentarios, persona a persona.

De pronto, como por arte de magia, aparecieron unos camareros vestidos de blanco portando bandejas de abundante comida y bebida, que servían sin taza, con diligente eficiencia, como gentes que, sin duda, eran del oficio gastronómico, y que cumplían a la perfección su función, y de pronto, desaparecieron.

Yo comí poco y me acosté en un sofá que había quedado despejado en el ajetreo de la comida, y pensando que aquella situación permanecería sin definirse por muchas horas, me dejé vencer por el sueño y dormí, sin tener una idea del tiempo que había transcurrido, como fui abruptamente despertado por unas ráfagas de  de ametralladora que sonaban muy cerca. De un salto ya estaba en la ventana, tratando de determinar el lugar de donde había partido el sonido de los tiros. En la puerta estaban Raúl, Abrantes, y Almeida, y allá en la distancia, cerca del avión, Fidel, Dorticós y otros en medio de la oscuridad.

Ahora sacaban de la pequeña casa inmediata a la nuestra en una parihuela el cuerpo de un hombre eivdentemente muerto, cuyos brazos colgaban en abandono, que llevaron hasta el avión, produciéndose unos movimientos de violencia y acto seguidos varios tiros de pistola espaciados. Junto al avión se movían varios hombres en acción e instantes después aparecieron lenguas de fuego que iluminaban todo el distante escenario y envolvían totalmente el pequeño aparato, que lucía caído de frente, como si su nariz casi tocara la pista, no demorándose en oirse explosiones y crecer las llamas que parecía súbitamente alimentadas. Pensé que los depósitos de gasolina habían entrado en combustión después de las explosiones.

Ya se había retirado todos los hombres de las proximidades del pequeño avión en llamas y Fidel, Dorticís y sus inmediatos llegaban a la casa, donde tramaron algo. Fidel, dirigiéndose a todos y a nadie en particular, como pasando la vista para no pasarla en persona alguna, dijo:

-Bueno, ya saben, aquí no ha pasado nada, nadie ha visto nada, nadie vio nada, ya que fue el pueblo quien lo condenó, yo no, -y como si lo creyera necesario repitió otra vez- aquí no ha pasado nada, nadie vio nada.

Lucía muy agitado y hablaba con intervalos de silencio que no parecían adecuados a su habitual manera de expresarse. Entonces, poniéndose de pie, a la vez que caminaba dijo:

-Bueno, vamos -cuando ya estaban trasponiendo la puerta, hacia la esplanada frente a la casa.

Ya las llamas habían crecido y el fuego parecía irse extinguiendo, todos habíamos salido tras Fidel que luego de andar un trecho se detuvo y volviéndose, repitió:

-Ya saben, aquí no ha pasado nada, nadie vio nada, fue el pueblo quien lo condenó, yo  no -y cuando parecía que iba a salir caminando, deteniendo su impulso, se volvió nuevamente para decir- para la historia es un héroe, que todo el mundo lo sepa bien, y que sus cenizas se repartirán por toda Cuba, ya que él es un mártir del pueblo, es un héroe.

Montó en la máquina partiendo de inmediato.

Ya era de madrugada y hacía frío. Todos iban a coger sus vehículos y Raúl, que reparó en mí al pasar, me preguntó:

-¿Y tú con quién viniste?

-Con Almeida.

-Bueno, vete con él, -me sugirió y siguió caminando, agregando- ya sabes que no ha pasado nada.