sábado, 5 de diciembre de 2015

Cubanos del MININT llegando en masa hoy a Venezuela

Free to dream. Free to decide. Free to love. Free to make. Free to build.

Lindo es Noviembre



ESLINDA DE NOVIEMBRE


Hay un mes en el mundo en que siempre veo una película cubana. No hay muchas películas cubanas que se puedan ver. Son tres o cuatro, diez a lo máximo. Y la veo en formato paleolítico, en VHS, el único que aún conserva los grises intermedios del film, sin esos artefactos en alto-contraste de la copia digital. El celuloide original creo que se pudrió, como medio archivo cinematográfico cubano: como medio archivo de cualquier cosa dentro de la islita del salitre, la sandunga y una soberana indolencia (amnesia para evitar toda reminiscencia que comprometa a la nueva retórica de la post-revolución).

Es una peliculita cubana de los años setenta, por supuesto y, como tal, es una peliculita cubana censurada energúmenamente acaso sólo unas horas antes de su estreno. De hecho, el propio director la negó hasta sus últimas entrevistas, de manera que el ICAIC nunca tendrá que pedir públicamente perdón, pues en principio se trata de un caso estético —y no político— de duda autorial.

El mes del mundo al que me refiero es obviamente noviembre (tampoco hay muchos meses para elegir, pues el insoportable sopor de Cuba hace que ningún film sea contemplable la mayor parte del año). Y la película es, por supuesto, una de Humberto Solás, el director cubano que debió ser nuestro mejor realizador, siendo el más sensible y sutil, el de más potencial humano y menos ímpetu panfletario  —un tic institucional que casi hizo tonto a Titón, hasta que reaccionó en pleno umbral de la muerte—, pero un director abortado tan pronto como el Síndrome de las Megaproducciones históricas sedujo a Solás y lo sentenció. Mala compañía para el cine es la novelística cubana.

Y el título de la peliculita huérfana es Un día de noviembre, cuya suavidad al nombrar tuvo que esperar décadas de línea dura desde que el filme estuvo editado acaso otro día de noviembre, pero de mil novecientos setenta y dos.

Cuba, país sin estaciones, igual abrevia sus días en el actual mes once —antes noveno— del almanaque. El sol se pinta amable como nunca en el Caribe y el gris comienza a colorear los tintes chillones y chatos de nuestra realidad. La Isla luce un poquitín más nórdica, menos despótica y más primer parlamento del planeta plantado sobre una falla volcánica: Cubislandia, Habaneikjavík.

A pesar de sus proyecciones póstumas muy de vez en cuando, técnicamente Un día de noviembre todavía espera por su premier oficial. Pero su no-estreno es su estatus ideal como arte intolerable, porque la protege del vulgo que vaga por nuestras salas de cine con ínfulas de Ciudadano Onán (con sus pingas de lumpen-proletariado experto en exprimirse el séptimo semen).

Lucía, un nombre que arrastramos desde el síndrome de la vagina dentada de Lezama Lima (acaso porque toda aliteración es libidinosa), rebota en este filme de Solás mucho mejor que en sus tres Lucías de unos años atrás, a mediados de los sensacionales sesenta. Pero esta Lucía es la muchacha más linda del mundo —como le hubiera gustado decir a Reinaldo Arenas—, con musarañas de liberación de género en la cabeza, pero con casi nada que hacer o decir dentro del argumento. Y eso es lo mejor, porque los personajes del cine cubano siempre pecan de incontinencia castrista en sus parlamentos.

Lucía, imitando a la actriz Eslinda Núñez que la encarna, sólo sabe reírse en Un día de noviembre. Se “supera” como mujer, supura scent of mujeridad, es el epítome y la apoteosis de la Hembra Nueva que ni siquiera llegó a considerar el machista-maoísta de Ernesto Guevara (el Ché). Lucía es linda. Y Eslinda flota, efímera, fuma, fútil, fornica, fauna, en una escena de sexo sin órganos sexuales que es fabulosa precisamente por haber sido pacata y perversamente picoteada por quién sabe cuál de nuestros Manostijeras censuratográficos.

Para colmo, el actor protagónico tampoco actúa ni protagoniza nada ese día de noviembre de mil novecientos setenta y tanto dolor. De hecho, era un amateur: un hombre bello y sin éxito del que se enamoró el ojo intuitivo de Humberto Solás —todos sus ojos íntimos—, aunque después se arrepintiera con un mea culpa cobarde por los pasillos del ICAIC y el ICRT y acaso el MINCULT y el MININT y demás siglas sigilosas.

Para mí, este extra anónimo hace uno de los papelazos más preciosos de la Revolución en 35 milímetros. Se comporta casi como un conductor que cancanea entre actores de verdad, presentándonos a una Cuba pre-proletaria que parece este-europea, mientras él espera su fin. Porque nuestro testigo que ama a Eslinda y al mes de noviembre se muere, por supuesto —toda dramaturgia es funérea—: se hiela, no come nada (slogan de los “muñequitos rusos” que todo niño cubano conoce en la punta con pecas de nuestras naricitas rinocenórdicas).

El clima otoñal fotografiado por Solás desde 1972 no se repite así en Cuba, país estacionario. Vuelan, como bombitas de baño, los recuerdos bucólicos del clandestinaje bélico en contra de la dictadura anterior. Salpican una infancia de arenas, de bicicletas Niágara, de buses Leyland, sobre una banda sonora que mete un ruido risible, pues hay más bulla de barrio que diálogos de la diégesis. Y están los pinos, los pinos perdidos a la primera oportunidad. Alguien tendría que explicar la aversión de la Revolución comunista contra los pinos en tanto emblema de la libertad, aunque ya sabemos que ni siquiera los pinos son pinos en Cuba, sino casuísticamente casuarinas.

Y en cada esquina de La Habana otra vez los ojos de Eslinda Núñez, casi más grandes que su cara: Eslinda forever, Eslinda super-star. Virgen fría como de neón, delineada, labios a pincel japonés, piel transparente, talle ínfimo —voluptuosidad laxa de bailarina— y un chorrazo de asfalto en caída libre desde su pelo (eros de los combustibles fósiles). Con saya, cuando la saya era toda una declaración de erotismo —en Cuba la liberación sexual no tuvo que ver con los genitales, sino con el trabajo voluntario cada domingo sin dios—, cruzando sus piernas con una personalidad imputecible —imputrescible: es lo único que el moho del celuloide no carcomió—, sentadita como Joan Manuel Serrat manda, en un banco de parque, para ofrecerle al co-protagonista la fosforera adolescente de su corazón.

Veo el mar de La Habana y veo que es el mar de Matanzas. Yo tenía un año de vida en noviembre de 1972. Pero lo recuerdo todo mejor que el cretinismo con que mi cabeza hoy recopila recortes de irrealidad. Oigo los testimonios de cada secuencia del filme, y sé que soy el único que sé que esta es la gran película de la soledad socialista cubana. Y que no bastó con el entusiasmo de ponernos a construir una sociedad superior, porque la tristeza es la meta de las utopías triunfantes.

Mientras más libres, más reprimidos Eslinda y él. Mientras más jóvenes y ligeros, con ropa chea pero bailando al ding-dong de la música anglo —en esa época también prohibida—, más nos parecen dos personajes de un paleo-revolución. Nada nos consuela en noviembre. Todo es triste (como en un verso de Virgilio Piñera) y no es por el gris, sino por la grosería cubana que rodea en cada escena al amor: un amor, por supuesto, que quiere escaparse en el tiempo (decimonónico) y en el espacio (este-europeo).

Y esa tristeza se la perdió del pí al pá el script propagandístico de una Revolución que quiso ser máscara de carnaval, que aspiró a que “nacer aquí es una fiesta innombrable” (como en un verso de Lezama Lima), ignorando las líneas de amargo augurio con que el poeta remató esa misma estrofa de la cita: “un redoble de cortejos y tritones reinando. La mar inmóvil y el aire sin sus aves, dulce horror el nacimiento de la ciudad apenas recordada. Las uvas y el caracol de escritura sombría contemplan desfilar prisioneros en sus paseos de límites siniestros, pintados efebos en su lejano ruido, ángeles mustios tras sus flautas brevemente sonando sus cadenas”.

¿Nacer aquí no habrá sido —más realistamente— un fiasco innombrable? Un otoño en cuya oquedad caben diez millones de toneladas de azúcar, como diez millones de sacos cargados con el eco de un horror que ninguna historia interiorizó (el socialismo como superficie; el totalitarismo como tangente tropical; en el filme todos fotografiamos como Lucías locas porque deshabitamos en una larga y estrecha cámara de gas).

Noviembre tras noviembre —mi padre idolatraba a una producción de Hollywood llamada, creo, Dulce noviembre— me siento ante el video VHS y rezo para que el casete no tenga hongos o esté muy rígido de polvo, o de pudor de volverme a mostrar a Eslinda semidesnuda ante mí (a él apenas se le ven los hombros y los antebrazos: en la edición, Humberto Solás se reservó esos rushes en privado para sí). Le doy play al aparatoso aparato. Casi siempre reveo el filme ya pasada la medianoche, para que al dejar correr esas escenas de un mundo imaginario ninguna canallada de la calle contamine de contemporaneidad mi ilusión.

Cada año resuenan los mismos temas del soundtrack, pero todo desvaído, cada mes más analógico, acordes crudos y queribles, y al mismo tiempo concretos, dodeca-afónicos, caídos de un pentagrama hiperreal. La música, que es de Leo Brouwer, se parece a esas camisitas paupérrimas de los personajes, a sus chistes con ganas de al menos tener ganas de romper a llorar. Como si los revolucionarios de aquella época fueran un tin náufragos. Como si intuyeran que la esperanza era un espejismo efímero, una claqueta de salvación para —a la vuelta de otro siglo y milenio (hoy)— varar la nao de la victoria en un capitalismo seguro, súbito, cínico de por vida y nunca más cinéfilo.

Y no sé por qué, pero cuando Eslinda y Esteban cruzan sus cuerpos sin órganos, yo ya no doy para más. Cuando Lucía y Bello se funden en un primer plano de manos, tras toparse entre las rocas ríspidas de un clima de fiordo, los ojos de Orlando Luis comienzan delicadamente a gotear. Alguien tiene que hacerlo en medio de tanto resabio y tanta resequedad. Alguien tiene que hacer el recontrarridículo de llorar, porque la angustia es hoy la única patria del alma que, siendo compartida, nadie nos la podría colectivizar.

Un día de noviembre no merece un remake. O sería un remake rodado en el exilio, como la peliculita original y su urbanística desconcertante, acronológicamente acubana. Un remake que no repita rostros, sino que los plagie. Y cuyos caracteres ya no tengan que pronunciar los parlamentos de 1972, porque en el 2015 los cubanos no podemos ni mirarnos a la cara, de tanto traicionar al amor más puro del planeta y de tanto irnos de nuestros pobres apartamentos de La Habana para envejecer en cualquier otra imposibilidad de ciudad.

Ningún crítico de cine podría entender de qué demonios estamos hablando. Pero tú sí puedes, ¿verdad? A ti y a mí sólo nos queda disparar disparates, con tal de no dispararnos otra cosa más pertinente en la sien.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Castroleciendo

Orlando Luis Pardo Lazo

Castrolence

Finally he had been left alone. Stooped, his perfect Greek profile had now become like that of a vulture. A kind of unkind condor. Carrion claws dripping with his own feces, a layer of bacteriostatic containment. I’m talking about biology. About beauty, that is. And I am, of course, talking about him.
There is a certain sense of classical wisdom in the birds of prey. Something noble in their adapted gestures of eating cadavers. A symptom that life never ends. These are cynical cycles. A circus. A puppet show for the peanut gallery. You have to bewitch and beguile the masses with something. They cannot be left alone, not even by silence. An act of prestidigitation. A word of faith, of fidelity. And in that he has always been much more than insurmountable. He was him. That was enough for him; that was enough for us.

Pope Francis and Fidel Castro shake hands on Sunday afternoon in September, 2015.
Give me an F, give me an I, give me a D, give me an E, give me an L … What’s that spell?
He is not even remotely senile, as his enemies from halfway around the globe and within the island itself will say. He is simply alone, comrades. Alone in body and soul in an unrecognizable world, surrounded by reminiscent faces. An autistic autocrat. Traces of the most intimate totalitarianism of all, from the cradle. The key words from Citizen Kastro:rosebud, revolution …
All around, everyone understands the scene perfectly. They smile compassionately at Fidel. They fire fossilized photos with impunity. They feel privileged to attend the final anecdotes of a social process, his Kafkaesque social process. The difference being that, here and now, everyone can steal their way into the castle. Now, nobody wants to escape. It’s not cool to abandon the trenches. It’s not even profitable. The comandante will have no one to write to, but everyone comes to snap a selfie with him. The historic Happy Hour. The piñata of the paternal land in the pillory. Merry marketing, Fidel.
It is also true that everyone appears somehow impatient or perhaps even nervous in their personal style. They know that the Revolution ends with that lingering, cachectic corpse. They know that the consequences will be more physical than they will be legal or lethal. So they enjoy these marvelous moments of preposthumous peace. Every intense instance is an instant materialistic miracle. They say he was a good president because the Cubans who were left believed in Him.
Meanwhile, we crane our necks with morbid curiosity to see the emptied eyes of the Inferior Leader, the Companion in Chief who no longer holds any dictatorial office, the assassinating, amnesiac, ancestral amigo who now is barely able to dedicate himself to touching objects with his finger, suddenly as innocent as that of a baby. It’s almost as if we have given birth to Fidel after so many illusions, so much intrigue, such paranoia and paternalism, such remoteness, such tracheal pain, which is where our vestigial spirit lies: in the glands.

Alen Lauzán’s cartoon of Fidel Castro is captioned “Cuba updates its inoperating system.” while the speech bubble to the left states “And everyone, including the counterrevolutionaries can invest.” The speech bubble to the right remarks that “Cuba updates its sofware more often than Windows.”
After having imposed his jack-booted truth, as an ethical strategy of governance, Fidel now stands before us living in Braille. He sees nothing, and nobody sees him. He needs contact, his forefinger antennas of a Galician fascist, a Fragas forged from a twentieth century that did not end until the year zero or two thousand when Fidel bled his tainted intestinal fluids.
This is why his death will be a tactile one. The Cuban administration of last rights will leave tiny spots on his olive-green skin—textilic tattoos—Castrolic ticklings by the feminine hands of the Cardinal. Jaime loves him. And the parishioners love Jaime with false bliss, a trick of translation, and a dirty smirk. J’aime, Jaime.
He is not even remotely that senile, comrades, as we say in order to not feel quite so bad about our presence before him. We are those who are, in any case, that senile. We were always being sensually senile to Fidel. A bit of a retarded people, torpid in the tremendous trick-or-treat that was the Utopia upon the face of the Earth. Excremendous. The etymological blockage of no-place. Topless topology. War-blind moles. The era was giving birth to Fidel’s heart. Constitutional Cœurism.
A community so common we even applaud the imprimatur under which Fidel possessed us for half a hundred years of solitude. History has hysterectomized us. We renounce myths and histologies. We let him impregnate us in a manger for talented tyrants, where he could be a Caudillo and a Stallion as he wished, a stud in solitary salvation, a satanic saint facing the world first before now turning his back on the worldly.
Fidel embodies an exquisite state of futurity. As always, he got decades ahead of the Cuban people. Fidel is the ghost that, in the next twentieth century, we will become without him.
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Translated by Ezra E. Fitz

© 2015 e-flux and the author

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lunes, 30 de noviembre de 2015

IRSE DE CUBA AL CARAJO




LA SALIDA

A las 7 y 7 de la mañana del martes 5 de marzo de 2013 —como quien dice, ayer— salí de las tablas de mi casa de Lawton hacia el aeropuerto internacional José Martí. Me iba. Pensé que por tres semanas o por tres meses. A lo máximo, por tres años. No resistía la idea de alejarme mucho de La Habana, la ciudad más hostil del planeta. Pero ha resultado ser por tres vidas, con sus respectivas muertes y reencarnaciones.

Me fui. Jódete, Habana. Quédate intacta con tus ministerios de las Fuerzas Armadas y del Interior. Cómete con papa a Fidel y Raúl, y a sus respectivas retahílas de hijos y nietos con vocación de herencia insular.

El lunes 4 por la noche se me fue la madrugada entera copiando cosas para unas pocas memorias flash. Imposible pensar, imponerle un orden a la locura de los mil y un archivos digitales que eran mi anti-biografía. También estuve borrando evidencias de mi culpabilidad, proyectos y presupuestos clandestinos de mi cada vez más ostensible labor de zapa y contrarrevolución. Ah, qué rico era complotar con las ONGs extranjeras en contra del paleocatrismo. Uno llega a sentirse un arqueólogo del futuro.

Copié básicamente textos, por supuesto, que ocupan poco espacio en las memorias y yo los tenía por miles, míos y de cualquier otro autor (las más de las veces confundidos a propósito). Copié algunas decenas de fotos, que pesan mucho, pero que serían a partir de muy pronto mi única posesión real: un país de píxeles, Revolución en alta resolución.

Copié lo que pude en esos disquitos duros de miniatura, sin saber que esos documentos a medio teclear serían mis Obras Completas desde ese martes hasta el fin de la eternidad. Esos gigabytes de juguete eran ahora toda mi desmemoria y mi efimeridad. Patria portátil, utopía USB, flash-fidelidad. Cadeneta de migajas de pan digital para tal vez un día volver de ese viaje que no creía y aún no creo que estuviese ocurriendo de verdad. Partí de Cuba en denial, pero convencido de mi acubanísima negación. Quién me entiende. Por su suerte no tengo que entenderme tampoco yo.

Dejé todo lo que amaba sobre mi cama tendida. Parecía ya un museo, una cripta, una desolación. Ninguno de mis amigos se atreve a visitar mi muerte en ausencia allí. Y mi madre todavía hoy no ha cambiado la “ropita de cama”, me cuenta por teléfono a cada rato. Es una sobrecama blancamarillenta, tejida en 1934 por mi abuela paterna, la matrona andaluza que nació a finales del XIX, en Cudillero (y se quiso casar con su primo y los dos tuvieron que huir al otro lado del Atlántico ancho y ajeno, y amable).

Dejé la Vaio i7 de donación, una de las laptops más rápidas de la Isla, descontando las del Consejo de Estado y Comité Central (los comunistas las prefieren de último modelo). Dejé la cámara Canon 7D, también llegada de manos generosas y anónimas que resultaron ser de Washington DC, donde meses después yo terminaría viviendo gratis, no lejos del metro de Rosslyn —en realidad, es la primera estación de Virginia—, un recodo de los Estados Unidos que por algún motivo me resulta indistinguible de un edificio curvo de La Habana: el Focsa, ese fósil de la ciudad castrada a costa del carisma de Castro & Co.

Dejé las fotos encriptadas de la miríada de muchachas que amé, algunas de ellas desnudas, ellas todas tan desvalidas, tan expuestas a nuestra mutua desesperación de cubanos en extinción, tan escurridizas de mí, tan abandonándome cuando más hondamente las necesité. Aunque ninguna fuera mujer y, mucho menos, mi mujer, sino sólo eso: muchachas que como un muchacho yo amé (y ya sé que nunca sabré ser hombre, mi corazón no colabora conmigo a la hora de crecer).

Dejé libros insidiosamente anotados, los que bajo ningún concepto podrían caer en manos de la Seguridad del Estado. O sería el fin de mi personalidad. En especial, el Paradiso de José Lezama Lima, donde conservo casi una novela secundaria, anotada a retazos al margen de la edición de Letras Cubanas con el prólogo menopaúsico del erudito sin eros Cintio Vitier.

Esa mañanita de martes sin retorno en el aeropuerto José Martí, los mismos miserables que me tuvieron preso tres veces a lo largo de tres años, me retuvieron más de una hora sin motivo evidente, dejándome aislado en el salón, con el pasaporte cubano secuestrado por un cadete seudodislálico (el cubano que siga usando ese librito de las visas de la infamia es un esclavo).

Por la hora que era, pensé que habían dejado ir mi avión a Miami sin mí, así que salí de la terminal aérea sin pedir permiso. Indocumentado. Libre como la mierda. Usando mi móvil, denuncié con odio aquella escenita obscena por Radio Martí, la única emisora del mundo que le da voz a los cubanos de una Cuba sin Castro (o sea, a nadie, porque los cubanos somos el castrismo en sí). Cuando llegué hasta la acera del aeropuerto, mi madre María lloraba a lágrima muerta sus 77 años con 42 a rastras con su hijo único Landy (desde que comencé a escribir es lo único que su alma noble hace: llorar, y también rezar y rezar por mí, sin resultados rentables).

Silvia se me acercó y me dijo: “entras ahora mismo de nuevo y que te saquen preso de aquí, coño, en camilla acaso, no por tu pies”. Silvia sin apellidos. Silvia así. Con furia de personita exhausta de tanto ceder por gusto bajo la bota aburrida de un poder tan provinciano como apabullante. Gracias, Silvia, por poner tus manos para empujarme de vuelta contra la aduana cubana.

Y volví, exultante, saltando barreras de seguridad como orlando por su casa. Recordé en tiempo real una escena eufórica del filme Basquiat. We shall overcome, we shall overgo, we shall overcuba one day… Hasta que un Negrón mítico con uniforme corrió hacia mí y sacó un bulto compacto de su bolsillo de atrás. Pensé que sería una pistola y juro por Dios que no me importaban las consecuencias. Dispara, putica, anda. Pero era sólo —risible o ridículamente— mi pasaporte. Al parecer, el castrodescendiente de verde olivo jugaba al dato escondido conmigo. Y en este punto del guión me pidió disculpas —no me las ofreció, sino que me las pidió, como es típico en nuestro trópico— y comentó que todo no había sido más que un “error en no sé qué base de datos” (el horror siempre lo es: un error).

La cuestión es que habían retrasado mi vuelo casi cinco horas —ay, esos charters de compañías mayameras que son 100% propiedad de la policía política del condado de Hialeahabana—, y no me dijeron nada (ni lo anunciaron por la pobre pizarra) hasta que me condujeron medio escoltado al salón de espera, por fin ya junto al resto de la tribu traficante de trapos. Y traumas post-totalitarios.

Media hora después, en el súper-aeropuerto de Miami me sacaron de la cola por los altavoces. Me colaron en una oficina para agilizar mis trámites. Mi nombre tenía por entonces rango de prioridad (ya no, ya no cuentan conmigo los “americanos”; de hecho, ahora soy menos que un americano). Y salí por las escaleras rodantes esperando las cámaras y micrófonos de la mafia maravillosamente mediática de Miami.

Pero el presidente eterno Hugo Chávez se había muerto meses atrás en Cuba, y justo ese 5 de marzo a esa hora de la tarde se les ocurrió dar la noticia vieja desde Venezuela. De (mala) suerte que era Nicolás Maduro quien monopolizaba los lentes de ángulo ancho y las pantallas extraplanas de medio Miami. Paradojas del despotismo.

De todas formas insistí, gracias a un cubanito productor de América TV, y mi noche pronto fue filmada A Fondo con Pedro Sevcec, que me lanzó enseguida la misma pregunta que la Seguridad del Estado me había prometido —en una cárcel de La Habana— que me harían apenas aterrizar en Miami: “¿es cierto que orinaste o algo peor sobre a la bandera cubana?” Convergencia por conveniencia. El orlandonanismo como medida de todas las entrevistas. Puaf.

Al día siguiente yo caía en paracaídas en la Gran Manhattan, que es cagaíta a la manzana enana de La Habana (pero New York es su maqueta en gigantografía). Y al tercer día ya le entraba en un burrito Bolt Bus a la capital del capital: DC o Washington D´Castro. Pero esa es la historia de otra salida, la de mi renuncia y resabio contra los Estados Unidos de América, fuga colateral a favor de una aldea boreal llamada Reykjavík, donde pienso y despienso en cómo desaparecer —con dignidad de renegado por partida doble— en el humo póstumo de su bahía.

Lo único que no tolero es que todas las noches vuelvo y devuelvo a soñar la misma náusea con aquella Cuba de un martes de marzo, en aquel aeropuerto pedestre por donde hoy se le cuela la cubanoamericanada a la Isla, a la par que se le filtra e infiltra su cinismo insípido al castrismo.