lunes, 29 de febrero de 2016

BORGES, PAYÁ, ROSA, EL DESIERTO




BORGES, PAYÁ, ROSA, EL DESIERTO
Orlando Luis Pardo Lazo


Borges decidió la peor de todas las ciudades cubanas para morirse. Su tumba es entre nosotros el mejor monumento al soldado desconocido: al escritor no leído, ilegible.

Yace Borges en el corazón de una Europa infartada de inmigrantes, en la Ginebra de las Naciones Unidas y los Relatores Especiales de Derechos Humanos: esos demócratas raquíticos que, a golpe de fondue fidelista, son los peores cómplices del comunismo caribe.

Allí, en una esquina con capilla de Ginebra, ningún cubano reconoce hoy a nuestro ciego en la gloria. Le hemos dado su merecida dosis de olvido, su componte castrista. Que se joda en esa pampa entre Alpes y laguitos con chorros gauchos. Que el viejo por fin se vaya a escanciar sus versos para nadie y sus entrevistas de culto en YouTube.

Ni a uno solo de los cubanos de Ginebra se le ocurriría leer hoy a este suizo a la derecha de Buenos Aires, a este sajón de runas irónicas y alþingis apócrifos, a este cubano que también fue timado por un policía con uniforme de calibán.

En efecto, el coloquiorigenista Roberto Fernández Retamar tuvo a su cargo la misión oficial de, antes de que se muriera, reclutar a Borges para el catálogo de Casa de las Américas, después que tanto lobby se hiciera en Cuba para que no le dieran el Premio Nóbel de Literatura, y después de él mismo estigmatizar a Borges como una “reducción al absurdo”, un “representante arquetípico de una cultura libresca”, un “típico escritor colonial, representante entre nosotros de una clase ya sin fuerza”, “que se extingue”, cuya inteligencia no era su mejor parte por haberse declarado “a favor de los invasores de Girón”.

Hoy Roberto Fernández Retamar es un cadáver, polvo patrio todavía de pie. Pero Borges, por suerte, permanece incólume ante nuestra insultante insulsez insular, ante nuestra mediocridad de proletarios de pacotilla, ante nuestra vileza de verdugos. Borges sigue hoy sin contemporáneos entre nuestros compatriotas idiotas, toda vez ya inhumadas las ideologías.

Este 29 de febrero, lunes excepcional en todos los calendarios y karmas, caigo de rodillas junto al cantero de brujitas y kodamas que adornan la tumba de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, en el cementerio de Plainpalais, donde desde 1986 se pudre la transición cubana no sólo de la dictadura a la democracia, sino también del castrismo a la civilización.

Este nicho necrológico encarna las mil y una campañas cubanas de analfabetización, nuestro anti-intelectualismo de Estado, donde se empieza con el retintín fósil de Fernández Retamar, tildando a Borges de maligno y pueril en política, y se termina como cualquiera de los agentes anónimos de la Seguridad del Estado castrista, reventándole los huesos del cráneo a Oswaldo Payá —quien en esta fecha cumpliría sus 64 años—, con las mismas manos de estar construyendo una escuela que tarde o temprano se convertirá en cuartel. O cárcel. O cadalso.

Por eso los cubanos de Ginebra, Suiza, Europa, la Isla y el Orbe, no peregrinan hasta el petroglifo de Borges, en La Habana del río Ródano. Por eso los cubanos de Ginebra, Suiza, Europa, la Isla y el Orbe, no peregrinan hasta el panteón perdido de Payá, en la Ginebra del cementerio Colón. Por eso los cubanos de Ginebra, Suiza, Europa, la Isla y el Orbe nunca seremos libres. Porque nunca lo fuimos, excepto acaso en las propias páginas del Jorge Luis Borges cubano, bajo la censura ilustrada de su editor Roberto Fernández Retamar.

En tanto pueblo sin imaginación, no nos fue dada la saga luminosa de las espadas y esferas. En tanto pueblo en estado de estulticia, lo de nojotro es otra cosa: el chismecito como género literario de pasillo, el machete para cortar marabú, la cultura del calabozo para que perdonar sea imposible, la moringa y la claria como condimentos de la eternidad: en fin, la grosería cubana como alef maléfico, sin transparencia ni superposición.

Hoy, lunes bisiesto del 2016, Rosa María Payá está de vuelta en nuestra islita de la infamia universal, donde aún caminan con impunidad los cubanos que mataron a su padre Oswaldo Payá y a su amigo del alma Harold Cepero.

Ella es ahora la hija pródiga que vuelve una y otra vez al hogar del horror, ciega de una cubanía anacrónica, como si no pudiera despertar de las pesadillas de un Borges de la barbarie. Fue allí en Ginebra, donde Rosa María Payá acaba de anunciar su regreso a la cripta paterna de La Habana, y donde reiteró en lengua anglo la naturaleza criminal de la Revolución y las reformas raulistas.

A mí, a ella, y a los cubanos sin Cuba que quedamos, tampoco nos unió el amor, sino el espanto totalitario. Si hemos de entrar en el desierto, ya estamos en el desierto. Si la sed va a abrasarnos, que ya nos abrase. Si debemos entrar en la soledad, ya estamos solos. Ningún cubano sobre o bajo la tierra tiene hoy el valor de ser la hija de ese hombre.