miércoles, 17 de febrero de 2016

ROSA MARIA PAYA SOBRE EL ASESINATO DE ESTADO EN CUBA CONTRA OSWALDO PAYA



ASESINATO EN CUBA A MANOS DE CASTRO DE OSWALDO PAYÁ Y HAROLD CEPERO, EL DOMINGO 22 DE JULIO DE 2012. 


COMPREN Y LEAN ESTE LIBRO AHORA MISMO, POR FAVOR!!! 

GRACIAS.

ESTE ES EL PRÓLOGO ESCRITO POR Rosa María Payá Acevedo, 8 de febrero de 2014, HIJA DEL MÁRTIR CUBANO Y COORDINADORA DE CUBA DECIDE, POR UN PLEBISCITO POR LA LIBERTAD EN CUBA: SUMA TU FIRMA EN ESTE ESTE ENLACE: CUBADECIDE.COM


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Jamás habría querido escribir las páginas que siguen. Intentan prologar un libro que nunca debió ser necesario. Pero los hechos, ya se sabe, son obstinados. Y es justo la  realidad, la intransigencia de los hechos, el material con el que Ángel Carromero ha alzado su testimonio: hechos desnudos, recuerdos de un pasado tan reciente como insoportable.

Ahora, cuando repaso una y otra vez los acontecimientos de aquel terrible julio de 2012, me viene a la memoria que escuché que, con el viaje de Ángel Carromero y Aron Modig, se había cometido una indiscreción. Se había hablado del viaje por un teléfono móvil del que mi padre sospechaba; mejor dicho, no sospechaba, tenía la certeza de que estaba intervenido por la seguridad del estado. Intervenir un teléfono en Cuba no es algo inusual o sorprendente; en cambio, era algo que exigía un cuidado especial.

De modo que la llegada de los extranjeros probablemente había sido detectada.

Con esos extranjeros ya vigilados, me senté a conversar a la orilla del mar. Hacía apenas veinte minutos que los conocía. Acababa de abrir, sin permiso, con la resolución que da el saberse observada, la puerta trasera del auto en que esperaban al borde de una calle. Les dije que mi padre me había enviado porque él y Harold tardarían un par de horas en estar libres y poder encontrarlos.

Carromero y Modig, dos jóvenes europeos enrolados en política. Conversando y encontrando las similitudes y las grandes diferencias (sobre todo en términos de peligro) de la labor que los tres desempeñábamos, el tiempo se nos fue con velocidad.

Querían conocer a Oswaldo Payá. Querían conocer a mi padre y ofrecerse para ayudar.

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Mi padre era el hombre más generoso que conoceré. También el más feliz. Sé que cualquier hijo se siente en el derecho de alabar a su padre. Espero, no obstante, que en mi caso se me otorgue la posibilidad de hacerlo sin rubor.

Mi padre dedicó sus esfuerzos a asegurar oportunidades de felicidad para sus compatriotas. Muchos nos preguntan por nuestra niñez, por las dificultades de crecer en una familia marcada por el enfrentamiento a un régimen totalitario. Al explorar mi pasado puedo percatarme de los afanes de mis padres, en los tiempos de máxima escasez de mi infancia, porque no sintiéramos el rigor de la vida cotidiana. Y me doy cuenta de lo ignorante que vivía yo a esa realidad. Lo normal para mí era que hubiese solo un pan al día, de 80 gramos o algo así, por cada miembro de la casa. Lo normal eran aquellas condiciones imposibles, como de estado de guerra. Solo tengo recuerdos felices de esa época. Y recuerdos extraordinariamente hermosos de mis padres. En efecto, por ser hijos de «contrarrevolucionarios», mis hermanos y yo vivíamos con una gran desventaja. Pero no me habría cambiado por ninguno de mis amigos o compañeros de clase. En su mayoría, esos compañeros y amigos pensaban como nosotros, pero debían mantener, de cara a la sociedad, otra postura resultado del miedo propio o del inculcado en sus casas. Generaciones y generaciones acostumbradas a que una cosa es lo que se piensa y se comparte en el hogar, y otra muy diferente lo que se proyecta en la escuela o en los centros de trabajo. Mis hermanos y yo, en cambio, teníamos padres que, sin presionarnos jamás a tomar una postura u otra, nos decían: «Digan lo que quieran, después ya veremos». Por ese privilegio de educarnos libres en medio de una sociedad que no lo es, les estaré siempre agradecida.

Cuando mi padre tenía diecisiete años fue enviado a cumplir el servicio militar en un campamento de castigo. Allí iban a parar los ciudadanos que por ser cristianos −fue su caso−, hippies, homosexuales o escritores, cualquiera con una expresión alternativa, aunque no fuese política, eran considerados una escoria social. El sufrimiento del que fue testigo allí, los amigos y las experiencias de esos tres años, marcaron el hombre que fue.

Siempre optimista y arriesgado, fundó un movimiento, el Movimiento Cristiano Liberación, que se basaba, y se basa, en los valores humanistas cristianos y que tiene como objetivo conducir al país hacia la democracia. Diseñó una solución pacífica y posible para todos los cubanos. Que hoy es la esperanza y la estrategia de muchos de los que trabajamos en pro de la democracia.

«La causa de los derechos humanos –insistía mi padre− es una sola, como una sola es la humanidad. Si hoy se habla de globalización, anunciamos y denunciamos que si no se globaliza la solidaridad, no sólo peligran los derechos humanos sino el derecho a seguir siendo humanos. Sin solidaridad humana tampoco conservaremos un mundo limpio donde siga siendo posible la vida para los seres humanos».

La visión profética de mi padre trasciende los límites del país. Él vio a tiempo la amenaza que representa el gobierno cubano para la democracia de toda la región latinoamericana. Vio también la estrategia del grupo en el poder en Cuba para preservar sus privilegios, su control y su dinero al coste que sea necesario. Una estrategia que mi padre desenmascaró y nombró «cambio fraude». Manifiesta en las reformas de los últimos años que conceden algunos permisos o privilegios a algunos ciudadanos, pero no reconocen los derechos para todos. Reformas, que sirven de excusa a quienes, en nombre de sus intereses económicos, pretenden justificar el régimen totalitario de la Habana.

El poder creyó que necesitaba destruir a mi padre.

Mantuvo la difícil conjunción de ser el gestor de una posible salida democrática y de mantener una posición firme reveladora ante los represores y sus cómplices que pretendían y pretenden reciclarse en el poder. El hecho de que no solo su programa, el Movimiento Cristiano Liberación y la oposición en su conjunto, sino que también mi padre en sí mismo representara una alternativa política a la indecencia que se ha instalado en el poder en Cuba, son factores determinantes en la decisión de sus verdugos.

En tiempos en los que el gobierno cubano intenta consolidar su cambio-fraude y asegurarse con transformaciones que no dejan lugar a la participación ciudadana efectiva, la permanencia en el poder por varios años más, mi padre se les hizo imposible. ¡Qué consecuencias habría tenido por ejemplo el tener que lidiar con Oswaldo Payá viajando, recolectando apoyo internacional por el mundo o con una prohibición de salida que evidenciase el fraude de la reforma migratoria del 2013!

Vaclav Havel había muerto 4 meses antes. Mi padre y Aun San Shu Ky habían enviado vídeos de condolencia a su homenaje póstumo. Mi papá y el líder de la revolución de terciopelo se habían hecho amigos 10 años antes en Praga, en la segunda ocasión en que el gobierno cubano le había permitido salir de Cuba. Mantenían una correspondencia casi íntima, que habrá de publicarse. Enriquece el alma y abre al entendimiento sobre la realidad de lo perverso de los totalitarismos y sus soluciones lo que estos dos amigos tenían para decirse.

Havel, de manera casi exclusiva entre los políticos de su nivel, mantenía una posición firme y sincera ante el régimen de La Habana. No creo que sea coincidencia que el gobierno cubano solo haya atentado definitivamente contra la vida de mi padre luego de la muerte del ex presidente checo. Algo sé con seguridad: los represores cubanos no habrían dado la orden del atentado si desde los centros de poder demócratas del mundo, tanto en Europa como en América, no hubiesen estado mirando hacia otro lado.

Como al pueblo cubano, a mi padre lo dejaron solo.

«Los derechos no tienen color político, ni de raza, ni de cultura. Tampoco las dictaduras tienen color político. No son de derecha ni de izquierda, son sólo dictaduras.» Les había recordado Oswaldo Payá, desde el pleno del Parlamento Europeo, casi diez años atrás. Cuando fue reconocido por esa casa con el premio Andréi Sájarov a la libertad de pensamiento.

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Junto a mi padre, murió Harold Cepero, un hombre libre, naturalmente libre. Un muchacho que no tenía nada material que quisiese tanto como para no deshacerse de ello si otro lo necesitase. Sus verdugos no saben, no pueden ni imaginar el daño que hicieron a nuestra sociedad al privarnos a todos de la presencia de Harold.

Un chico tan espontáneamente valiente, que llevó el Proyecto Varela a su clase en la facultad de Veterinaria, a sabiendas del peligro que eso comportaba. Entendía que todos debían tener la oportunidad de tomar la acción por sus propios derechos. Fue sacado a empujones de los muros de la Universidad. Fue repudiado por sus compañeros, que fingían por miedo a correr la misma suerte. Harold los perdonó a todos. Incluso a quienes nunca fueron después escondidos, a justificarse y pedirle disculpas por su cobardía. Se convirtió sin esfuerzo en el mejor discípulo de mi padre. En el líder joven más importante y prometedor de nuestro movimiento. A personas como él se refirió mi padre cuando dijo:

«La primera victoria que podemos proclamar es que no tenemos odio en el corazón. Por eso decimos a quien nos persigue y a los que tratan de dominarnos: Tú eres mi hermano, yo no te odio, pero ya no me vas a dominar por el miedo, no quiero imponer mi verdad, ni que me impongas la tuya, vamos juntos a buscar la verdad. Ésa es la liberación que estamos proclamando.»

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En mi país hemos sufrido el peso del mito creado por la mega-operación de inteligencia de exportación de la llamada Revolución Cubana. A través del marketing hemos visto a asesinos como el Ché Guevara convertirse en ídolos de la juventud mundial. Jóvenes ingenuamente instrumentalizados por la propaganda de un régimen totalitario. Una América Latina que sufrió dictaduras militares identificadas con la derecha donde las mentiras del mito revolucionario cubano engendraron una especie de amor platónico, que critica el imperialismo pero no a los dictadores fósiles de la Habana. Mientras, los cubanos tenemos que vivir soportando que muchos en el mundo libre aún piensen que mi país es la Tierra de la Libertad cuando hace más de 60 años que los cubanos no participan en elecciones libres y plurales.

Poco se conoce lo eufemístico de la educación y la salud gratuitas y de calidad, si supuestamente son la razón de los ridículos salarios de los trabajadores. El nivel de estos servicios ha bajado de manera alarmante y la corrupción crece en ambos sectores. Los maestros profesionales han abandonado las aulas en busca de mejores condiciones de vida. La mayor parte de los hospitales se encuentran en franco deterioro, escasean los medicamentos y los médicos, en parte por las malas condiciones de trabajo y en parte porque el gobierno los exporta y explota masivamente como si fuesen mercancía, mientras los que quedan en la isla no dan abasto.

Otra realidad apenas conocida es la de la miseria. La metáfora de la erradicación del hambre no resiste las matemáticas de un profesional que gana menos de un dólar al día y una botella de aceite para cocinar que cuesta dos dólares. Pero cincuenta y cinco años de totalitarismo despojan hasta del derecho a decir que se es pobre. Porque en la llamada «Isla de la Libertad» se pueden obtener algunos permisos pero no están garantizados los derechos. Todos los medios de comunicación los controla el gobierno; el acceso a Internet no es un derecho. Los cubanos que viven fuera del país, sean exiliados o emigrados, son todos desterrados porque no se reconocen ni sus mutilados derechos ciudadanos cubanos y viven con miedo a que el gobierno les niegue la entrada y no puedan asistir, por ejemplo, al funeral de sus madres. Hecho éste que, muchos podrán acreditarlo, no es solo una frase.

Los cubanos están cansados. Los cubanos quieren cambios. Hace más de diez años más de veinticinco mil cubanos propusieron una iniciativa legal, llamada Proyecto Varela, para que se realice un plebiscito y se pregunte al pueblo si quiere cambios en las leyes que garanticen la libertad de expresión, la libertad de asociación, la libertad para los prisioneros políticos pacíficos, la empresa privada y las elecciones libres. La constitución cubana establece que si más de diez mil personas apoyan una propuesta legal, entonces la Asamblea Nacional (el parlamento) está en la obligación de responder. Durante más de once años el gobierno de los hermanos Castro ha violado su propia constitución y la Declaración Universal de Derechos Humanos, en su esfuerzo por impedir la ejecución del plebiscito. Mientras, muchos ciudadanos, rompiendo la cultura del miedo y tomando los riegos de la represión de la seguridad del estado, han puesto su nombre, su dirección y su número de identidad en una propuesta legal y le han dicho a los represores: queremos cambios reales.

La urgencia de la solidaridad que precisa el pueblo cubano no responde solo a la necesidad de libertad y derechos de las personas en la Isla. La libertad apremia porque consideramos que el totalitarismo dinástico que mantiene el grupo en el poder en Cuba es una amenaza para las democracias de toda la región.

Un desproporcionado Ministerio de Relaciones Exteriores Cubano se encarga de fomentar «movimientos de solidaridad con la Revolución» en todo el planeta, y crear redes de espionaje como la Red Avispa en Estados Unidos, y la infiltración de inteligencia que, al parecer, ya controla gestiones públicas en Venezuela y otros países del ALBA. Mientras, el grupo en el poder siembra empresas familiares por el mundo y coloca parientes en el Banco Mundial.

La injerencia del gobierno cubano en los asuntos internos de Venezuela, por citar sólo un ejemplo, ha sido determinante en la depauperación de la democracia y la economía de ese país. He aquí dos gobiernos que no son legítimos, porque lo que ocurrió en abril del 2013 en la tierra de Bolívar está muy lejos de ser un proceso transparente y justo. En Cuba hace sesenta y cinco años que no se realizan elecciones libres.

La alta clase política no parece ver el peligro de que en el nuevo orden regional, las fuerzas predominantes no sean democráticas, como pone de manifiesto la CELAC. Apenas se oyen críticas sobre los autoritarismos nacientes en Bolivia o Nicaragua, todos debidamente aconsejados por el gobierno cubano.

Algunos países latinoamericanos a la vuelta de diez años presentan sociedades divididas en torno a gobiernos populistas cuyo denominador común es el intento de perpetuarse en el poder y su cercanía al grupo en el poder en Cuba.

En cuanto a este último, después de no pocos intentos, ha terminado por desechar la opción de toma violenta del poder en la región mediante las guerrillas y el terrorismo. Los fenómenos populistas, en ocasiones gestionando algunas medidas necesarias dirigidas especialmente a las clases más pobres, han tomado ventaja de la corrupción de los gobiernos anteriores que poco hicieron por eliminar la inequidad, la pobreza, la criminalidad o por mejorar el acceso a la salud y la educación. Populismos que en su mayoría presentan niveles similares de corrupción y terminan coartando libertades fundamentales que van desde el irrespeto a la empresa privada hasta el control desmedido sobre los medios de comunicación.

Mi padre creía que América Latina no tiene que debatirse entre el neoliberalismo capitalista salvaje caracterizado en un tiempo por el entreguismo a los Estados Unidos y el populismo con matices totalitarios influidos por el régimen de la Habana.

Ése no tiene por qué ser el futuro de nuestra región.

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La violencia contra la oposición en su conjunto y contra los miembros del MCL en particular ha aumentado considerablemente en los últimos años. Aumentó aún más después de la muerte de mi padre.

Era la seguridad del estado quien amenazaba de muerte a mi padre y quien lo vigilaba, según ellos mismos confesaron en una de sus páginas de Twitter el mismo día que sufrió el atentado que terminó con su vida. No obstante, el gobierno español valida la versión de accidente de tránsito que da el mismo gobierno que amenazaba de muerte a mi padre, mientras en Naciones Unidas la misión cubana rechaza abiertamente las recomendaciones de países democráticos de permitir una investigación sobre la muerte de Oswaldo Payá y de tomar medidas para garantizar los derechos de todos los cubanos. Es la seguridad del estado quien después del atentado comenzó a intimidar a mi familia; a perseguir a mi hermano mayor en autos de la misma marca de los que sabemos, estaban persiguiendo a mi padre el día del atentado; a llamar preguntando por mí a las cuatro de la mañana y aterrorizando a toda la familia y en especial a mi abuela.

Fueron sus agentes los que llamaron a casa de mi familia un día después de mi intervención en el consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra para decir: «Hija de puta, te vamos a matar».

Fue el gobierno cubano quien dio la orden de que se publicara la cantidad de años que pasaremos mi madre y yo en prisión por supuesta difamación.

Hoy intentamos movilizar a la comunidad internacional para que se realice una investigación independiente del gobierno cubano, que aclare las circunstancias en las que murieron Harold Cepero y Oswaldo Payá.

Sabemos que los represores no cederán a menos que la presión sea máxima, pero hay suficiente evidencia fuera de Cuba como para comenzar un proceso.

El testimonio en este libro forma parte de ella.

Es hora de que el régimen de la Habana comience a recibir consecuencias internacionales por los atropellos que comete. Ésta es una manera de proteger las vidas de los defensores de los derechos humanos dentro de la isla y de detener la impunidad con que, hasta ahora, se manejan los cuerpos represivos de la seguridad del estado en el país. Personas que continúan trabajando por una transición verdadera, muchos con la estrategia que mi padre ayudó a diseñar.

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Aquel domingo, yo había planeado irme con ellos. Llegué tan tarde esa madrugada a casa, que no me atreví a pedirles que esperaran por mí. De haber viajado en aquel Hyundai alquilado, también hubiera muerto aquel mediodía a manos de quienes perpetraron el atentado.

Despedí a mi padre y a Harold. Faltaba poco para las seis de la mañana. Mi padre me dio un beso como quien espera verte en breve, atravesó la sala y salió. Harold hizo lo mismo; me dio tiempo a tomarlo por el hombro desde la puerta y recordarle que tuvieran cuidado. Contestó volteándose con esa permanente y tranquilizadora sonrisa suya. Fue la última vez que lo vi. Esa sonrisa amplia de Harold, casi nostálgica, de quien parece comprenderlo todo, incluso lo que aún no le has dicho, y que te perdona por no decirlo. La sonrisa de mi amigo Harold Cepero me acompañará el resto de mis días.

Había sido una buena semana de Julio. Unos días atrás asistimos en familia a la graduación de mi hermano Oswaldito. Mis padres estaban orgullosos. Respirábamos cierta euforia, la que antecede a cosas buenas por pasar, a planes que acariciábamos y aún tenemos para nuestra patria.

La vigilancia era muy intensa aquellos días. Había necesitado alguna documentación y había vuelto por mi vieja Facultad de Física, en la Universidad de La Habana. Al salir, reconocí a unos metros el Volkswagen de mi padre. Su trabajo quedaba a pocas calles de distancia, así que me alegré de encontrarlo y no tener que seguir caminando por El Vedado hasta la escuela de idiomas, donde estudiaba alemán.

Mi padre no sonreía cuando se acercó a la acera y detuvo el auto para recogerme. Su rostro estaba tenso. Me ordenó que subiera pronto y no mirara hacia atrás. Nos seguían varias motocicletas de la seguridad del estado. Recuerdo al menos dos, cada una con dos hombres. El de delante conducía; los de atrás tenían walkie-talkies en las manos, y parecían estarse comunicando todo el tiempo.

No estaba asustada, solo quería tomarles fotos con mi viejo teléfono móvil. Mi padre me regañaba cada vez que giraba para mirarlos. Llevaban un rato siguiéndolo y ahora él solo me llevaba hasta la escuela de idiomas Abraham Lincoln.

Cuando mi padre me recogió de allí media hora más tarde, aún nos perseguían con total ostentación de su impunidad. Lo estuvieron haciendo durante el resto del día.

Yo recordaba cómo, un mes y medio antes, mis padres sufrieron un inexplicable accidente en el que por poco pierden la vida. En esa ocasión todo sucedió tan rápido que ni tan siquiera pudieron ver al auto que les impactó de improviso por el costado trasero y les hizo volcarse en la calzada más importante de Cuba. ¿Fue un aviso o un intento?

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Desde el primer mensaje de texto que recibimos el 22 de Julio desde España, sospechamos que lo ocurrido no había sido un accidente. Horas después, luego de muchos intentos, un policía respondió al teléfono de mi padre y se lo pasó a una médico forense que, fuera de todo protocolo legal, había llegado a la escena el crimen en la ambulancia, donde más de dos horas después increíblemente el cuerpo de mi padre aún permanecía en la carretera.

En el juicio celebrado meses más tarde, nadie preguntó quién era ni qué hacía ese médico forense en una ambulancia donde se supone que sólo viajan médicos especializados en emergencias.

La información que nos llegaba reafirmaba nuestra convicción de que mi padre y Harold habían sido asesinados. Supimos que Ángel pudo hablar con el diputado del congreso, Pablo Casado Blanco desde el teléfono del cónsul español, en una de las escasas oportunidades que la seguridad del estado lo permitió. Pablo preguntaba al otro lado del Atlántico y Ángel respondía con monosílabos, ante el cónsul y ante el oficial de la seguridad del estado. A la pregunta de si había sido un accidente, Ángel respondió que no.

Conocemos, en número y en intensidad, la crueldad de dictaduras como la de Videla o Pinochet. Lo hemos escuchado de las voces de las propias víctimas. Se han abierto procesos de investigación, porque ha habido tribunales de la verdad o del perdón.

En mi patria, a la vuelta de cincuenta y cinco años, eso aún no ha sucedido.

Y estamos ante el mismo grupo de personas responsables por el fusilamiento de miles de cubanos en los años sesenta. Los mismos que llenaron el país con campamentos de castigo a donde iba a parar todo el que tuviera una expresión distinta a la oficial, aunque ni siquiera fuese una expresión política.

Aún no se han contado los jóvenes que perdieron sus vidas en esos servicios militares forzados o cuyas vidas quedaron destruidas para siempre. Falta por calcular el número de víctimas de la injerencia geopolítica de los represores de La Habana, que pusieron a los cubanos como carne de cañón en Angola o Etiopía, mientras la URSS ponía los recursos.

No se ha hecho el recuento de los muertos en las cárceles cubanas por las malas condiciones y los maltratos. No hablo solamente de los prisioneros políticos, por supuesto, sino de las decenas de miles de prisioneros actuales, de cualquier clase, y los centenares de miles que han pasado por las cárceles cubanas, en un país donde para ganarse el pan de cada día es condición necesaria violar la ley en la abrumadora mayoría de los casos.

Ésta es probablemente la primera vez que el crimen de la dictadura cubana tiene un testigo con el valor de enfrentarla.

Lo que están por leer, es el testimonio de un joven que puede ser tu hijo, tu novio, tu hermano. Un joven que no sabía que podía terminar viviendo una pesadilla.

Los consejos que le fueron dados antes de viajar a Cuba, la variedad de opiniones (desde las ideológicamente sesgadas hasta las más prudentes) se quedaron cortas ante lo sucedido. Nadie imagina que el Mal te pueda tocar tan de cerca.

Insisto: el horror de la dictadura cubana, el recuento de las víctimas, aún no ha sido hecho. Aún no se ha construido el museo de la memoria de las víctimas de la Revolución Cubana.

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Sabemos hoy que el joven sueco, Jens Aron Modig, salió de Cuba con un pacto de silencio en el que participaron el servicio de Acción Exterior del Parlamento Europeo y el Ministerio de Exteriores Sueco. Modig se mantiene alegando que nada recuerda.

Sin embargo, la noche del atentado, cuando encontró a Ángel en el hospital, le dio los móviles de mi amigo Harold Cepero. La única explicación posible para ello es que Harold o mi padre se lo hubiesen entregado, después de que la Seguridad del Estado los impactara por detrás, para que no cayesen en manos de los agentes. Cuando fui a verle a Estocolmo, me confesó que nunca habían chocado contra ningún árbol, como afirma el gobierno cubano. No se atreve, en cambio, a contar más, a decir la verdad de lo que sabe y recuerda. Continúa con esa especie de discurso esquizoide que nadie cree y que nadie más que él puede romper.

Sin embargo, Ángel ha sufrido en su piel el poder a veces intangible del gobierno cubano, que se resiste a ser desenmascarado. Vivió el terror de ser prisionero de la dictadura, el descrédito en su propia tierra, donde recibió presiones hasta del gobierno de su propio partido para que permaneciera en silencio.

En España, el país que debió acogerlo y protegerlo, se desarrolló la peor campaña en su contra, mintiendo y manipulando hasta el menor detalle, quién sabe si por el mandato mafioso de La Habana, que durante décadas ha infiltrado a sus agentes en diversas organizaciones y gobiernos, incluidos las de países desarrollados europeos y el de los Estados Unidos.

Carromero es una víctima, como víctimas son los asesinados por ETA, por las FARC o por los paramilitares; ha hablado no tardíamente, sino tan pronto tuvo la oportunidad.

Sin embargo el gobierno de Mariano Rajoy, que supo desde el principio la realidad del atentado y la inocencia del dirigente de las juventudes de su propio partido en Madrid, mantiene condenado al autor de este libro, aun cuando mi familia ha pedido su indulto. Esta incoherencia sigue sin ser corregida, a expensas del sufrimiento de Ángel Carromero. El gobierno español aún está a tiempo de hacer lo correcto.

Ante el valor de este joven español, mi profundo agradecimiento. Sirva pues este testimonio para confirmar la verdad. Una verdad que compromete y ante la que es imposible quedar indiferente.

He leído estas memorias de Ángel Carromero con estremecimiento.

Nosotros nunca superaremos la ausencia de mi padre.

Oswaldo Payá fue un hombre que nos enseñó a no ser cómplices de la «cultura del miedo» sin la cual sería imposible definir el castrismo. Nos animó a resistimos a esa indolencia indigna hasta lo insultante que corroe a generaciones y generaciones de cubanos, dentro y fuera de la Isla.

La liberación que propuso mi padre, mediante la vía legal y durante ese evangelio doméstico que él legó a cuantos lo conocieron, siguen siendo una manera pacífica de sanar de raíz nuestra nación.

Mientras exista la policía política cubana, difícilmente un cubano pueda sentirse a salvo en libertad. La Seguridad del Estado castrista, creada a imagen y semejanza de la genocida KGB soviética y la Stasi alemana, actúa como una sombra en el tiempo. Lo aprovecha y pervierte todo a su favor, tentando a los hombres en sus peores vicios y explotando hasta la saciedad sus debilidades de seres mortales.

De manera que sólo nos queda el poder de una vida en la Verdad, de la palabra pronunciada sin pánico, de la fe que permite perseverar y generar una esperanza realista en medio de la maldad y el dolor. Es el poder de quienes no tienen poder. De quienes lo han entregado todo por el Bien de su prójimo. Incluso la vida. Como mi querido amigo Harold Cepero, como mi papá Oswaldo Payá.



Rosa María Payá Acevedo, 8 de febrero de 2014

1 comentario:

Anónimo dijo...

Increíble yo también quiero a Cuba LIBRE