domingo, 27 de marzo de 2016

HOMENAJE A GUILLERMO ROSALES







Soñé que estaba de nuevo en La Habana, en el salón de la funeraria de Calle 23. Me rodeaban numerosos amigos. Tomábamos café y reíamos. Como locos, orates de remate.

De pronto se abrió una puerta blanca y entró un ataúd enorme, también blanco, cargado por una docena de viejas plañideras. Un amigo me dio un codazo en las costillas y me dijo:

—Ahí traen a Fidel Castro.

Nos volvimos. Las viejas dejaron el féretro en medio de la sala y salieron llorando a todo pulmón. Era ahora la sala de mi casa, en El Cerro o Lawton. Entonces el ataúd se abrió.

Fidel sacó primero una mano. Luego la mitad del cuerpo. Finalmente salió por completo del cajón. Se arregló el traje de gala, y se acercó sonriente hasta nosotros. Pálido. Impresionante. Con olorcito a podrido y todo.

—¿No hay café para mí? —preguntó.

Alguien le dio una taza.


—Bien. Ya estamos muertos —dijo Fidel Castro—. Ahora verán que con esto tampoco resolvemos nada.