lunes, 25 de abril de 2016

Fornicating in the Time of Totalitarianism



La capirra y el negrón. Singando. Cuerpos bajo los rayos solares sin sombra de una Habana que es pura luz. Ciudad que ciega. Que siega. Que singa. En medio de un mar de smartphones del populacho en tiempos de la post-revolución.


Ángeles. Fornicar en las calles del fascismo nonagenario de Fidel es cosa angélica. Caída del cielo. Con o sin atisbos de alma. Con o sin chorrazos de semen. La capirra y el negrón han recuperado la calle cubana del monopolio mórbido de los revolucionarios. A golpe de pene y culo han desintoxicado la miasma urbana de los militantes y las milicias. Améen.


La obispada agenital puede ahora escandalizarse en sus catedrales, cocinándose en su propia pacatería despótica. El exilio cubano, decente al punto de la decadencia, también puede condenarlos (de hecho, hay algo de párroco en quien cree que tiene patria y, para colmo, patria perdida: es el síndrome de los paraísos). Y la antropología de izquierda norteamericana, tapiñando su lesbianismo posesivo detrás de un feminismo fidelista, escribirá que se trata de una excepción: dos pobres locos del lumpen-proletariado que, al templarse en público en cámara, alimentan a los halcones morales de la contrarrevolución y sus lobbies en Washington DC (halcones a estas alturas ya castrados, pero que, en efecto, acusarán al régimen de La Habana de lo único de que el régimen de La Habana no es culpable: de nuestra libertad corporal limítrofe, ilimitada, anticiudadana).


Pero la capirra y el negrón están más allá de derechas e izquierdas. Ellos son un latigazo de voluntad. No del “ser”, ni mucho menos del “estar”, sino del “hacer”. Lo ángeles caídos no son, ni mucho menos están, pero sí hacen. Hacer es lo único que ellos pueden tautológicamente hacer en el totalitarismo. Fósiles fácticos. Fiesta funeraria. Fetos que incuban el futuro de esa Cuba que los civiles no supimos hacer. Ni estar. Ni ser.


Singar es 1959 veces más humano que ser sujetos del socialismo. Dar cadera, cojones. Ahí, duro. Sacar la lechita rica, mami. Mecánica al margen de ideologías cuyo valor de uso es sólo disimular el genocidio global. No te vayas a venir todavía. Goza ahora, que esto no se repite. Héroes aéreos. La capirra y el negrón deberían tener un par de esculturas sin condón en cada escuela, fábrica, carretera, plaza y, por supuesto, iglesia de nuestra nación.


Estos “pobres locos”, rodeados de la locura paupérrima de los habaneros sin izquierda académica ni derecha radical, son 1959 veces menos deshumanizados que la blancada burra y burguesa nacional, la chusma inteligente que idolatró al caudillo y le sufragó su golpe de estado en clave de revolución, para expulsar al negro del Palacio Presidencial y restaurar al gallego, antes de ponerse todos con sus trajes y corbatas a pedir “paredón para los traidores” bajo el insultante sol insular de enero, sólo para después ser ellos mismos los tenidos por traidores al proceso, y tener que cobardemente cometer exilio (o ser procesados uno a uno por el paredón que promocionaron). Pim, pam, pum.


Así los muy cabroncitos nos dejaron solos a los cubanos que íbamos a venir después. Nos abandonaron en la arena bajo el pulgar perpetuo del clan Castro. Y no tuvimos más remedio que borrar nuestros cuerpos bajo los uniformes de verde oliva viril, vil. Y con nuestros cuerpos secuestrados por el castrismo, también nos escamotearon nuestras correspondientes pingas y papayas en Cuba, mientras el exilio ex-revolucionario triunfaba ascéticamente en sus emporios de Miami, México, Madrid, entre otras menopausias mortales.


Habría que hacer un minuto de silencio ante la relojería venérea de la capirra y el negrón. Una mamada de silencio. Habría que singar no como ellos en el bulevar, sino con ellos frente al Cinecito que los móviles delatan en Centro Habana, a ras del Parque Central. Habría que recuperar la grosería de nuestra genitalia como un putsch porno contra el Estado sin sexo de la Plaza de la Revolución. Contra todos los estados sin sexo de toda plaza de toda revolución.


Ah, pero me temo que los cubanos, curitas contritos del corazón, dejaremos pasar también esta oportunidad de que no corra la sangre en Cuba, sino la leche. Masoquistas de mierda, preferimos los coágulos de una hemoglobina sin oxígeno antes que los grumos de un semen sin el menor sentido. Somos logocéntricos de remate, como el castrismo. Como Castro, somos oligofrénicos de remate.


No me jodan con la capirra y el negrón. Habría que ponerles en sus partes no pudendas la perlana de una Orden de la República José Martí.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

como me he reido compadre. eso de la orden Jose Marti, pa cagarse a carcajadas, se te ocurren cada cosas !

el hacha.

Yamil Rojas dijo...

No jodas Orlando!

Camilo Canel dijo...

Orlando Luis, tú eres el verdadero Hombre Nuevo, lo mejor que dió la Revolución