miércoles, 18 de mayo de 2016

In memoriam Park




A Eddy Campa, ese don nadie.

Aquí nadie habla, nadie se mueve.
Ni los árboles.

La Pequeña Habana ha desaparecido
en uno de esos atardeceres de la Miami
mejor pasada por Castro.

Nunca hubo aquí un exiliado.
A todos nos enviaron desde La Gran Habana,
todos fuimos los héroes
de un plan maestro magistral.

Ganamos la emulación.
Nuestros hijos nos enterrarán.
Hasta eso tendremos que resolverlo
sin la ayuda de nadie.

Aquí nada habla, nada se mueve.
Ni los cubanos.
La Pequeña Habana ha desaparecido
bajo uno de esos parqueos de cinco o quince pisos,
sin taxímetro ni epitafio.

Habría que repatriar la Virgen de la Ermita
a su cuchitril de Guanabo.
Habría que apagar el eco en google
de esos versitos inmóviles que aún resuenan en Memorial Park.

El silencio es ahora sobrecogedor,
un silencio de tres pares de cojones
por donde corren las perseguidoras de los americanos
que ya sólo persiguen a su propio fantasma.

La victoria de ellos es la velocidad.
Nosotros, patéticos, pedaleamos.
El triunfo nuestro es un triciclo
que cogió carcoma.

Nos condecoró el cáncer.
Nos cogimos el culo con el crepúsculo
y quitamos hasta aquellos cartelones 
con faltas de ortografía en cubano.

El nuevo totalitarismo trae un trademark Made in Tegucigalpa.
Qué feos son los latinoamericanos que invadieron el barrio.

Muertos
o imaginarios,
los cadáveres cómicamente conservados de La Pequeña Habana
hemos ido permutando.
Cambiamos la chiva por la vaca
y la vaca por Coral Gables.

Ahora, por fin, ya estamos en ninguna parte.
Somos,
como vulgarmente se dice,
universales.