jueves, 29 de septiembre de 2016

Uno de los grandes poemas de la lengua: Weltliteratura cubana instantánea.




Tres tristes pizarras para las tizas.
Un pantallón de vinilo donde proyectar la luz.
Fotones del intelecto,
onda de izquierdas electroamericanas,
partículas sin masa con extensiones en powerpoint.
Polímeros reciclables de uno, dos, tres colores:
negro,
rojo,
azul.
Tinta de mentiritas en la linfa locuaz de los plumones:
leche de éter, evaporable,
ética sin etimología del etanol.
Así de evanescente es la sabiduría.
Hay que saber borrar lo que rayamos en la pizarra.
Arte efímero, eficaz.
Desfasado.

El aula parece un cosmódromo de alta resolución.
Crisol de razas y religiones.
Tomacorrientes por todas partes,
amperaje voltaico al tutiplén.
A los latinos nos entristece tanta pluralidad.
Los cubanos, en específico,
metidos en un aula nos comportamos siempre
como pioneros.
Puppets show,
los títeres enseñan.

Pienso en el polvo
de las escuelitas primarias de La Habana.
Pienso en aquella provincia perfecta
para las utopías Made in USA y en Europa.
Pienso en aquella única pared,
con su raya institucional interminable
recorriendo las aulas,
los museos,
los hospitales.
Estaciones de policía,
estadios,
mausoleos,
carreteras,
cárceles.

Pienso en las pancartas.
Pienso en mi padre que en paz se espanta.
Pienso en la propaganda.
Pienso en el milagro longevo de mi madre,
longina seductora cual flor primaveral
y
en el lenguaje misterioso de tus ojos.

Pienso en ponerme de pie.
Pienso en la pobreza de las universidades norteamericanas
cuyos libros de textos no alcanzan
a explicar por qué pasó lo que nos pasó.

Es una odisea levantar la mano
ante el profesor de Revoluciones Comparadas.
Sería un gesto heroico avanzar ahora
hasta esas tres tristes pizarras superpuestas
y coger la tiza sintética de luz o éter
para rayar en plena clase
todo nuestro resentimiento de clase.

Aquí nos sentimos todos muy Marx.
Esto es el desmadre que nos parió:
las rajas vulváceas de la antepatria,
alcancía de fetos oligatoriamente free gratis.

Digo: professor, please.
Digo: help me, socorro.
Digo: basta ya, compañeros,
no traigan más cubanos para torturarlos así.

Catacumbas de la academia,
gitmos donde gozan los gurús de una colonialidad colegiada.
Pobrecitos mis compatriotas.
Pobrecitos doctores de la debacle.
Pobrecitos los pioneros
que perdimos todo excepto nuestras pañoletas,
panfletos de la victoria más vil.

Todo pueblo merece un día desaparecer.
Ningún pueblo merece la impertinente presencia
del capítulo cubano que suscriben los profesores eméritos,
eméticos.
Amnesia es misericordia.
Misericordia es nacer de nuevo
en la escalinata que nos enclaustra en el Danforth campus,
camposantos sin crucificados de Saint Louis 63130.
Vía Cubis.

Sentaditos como dios manda
en nuestros pupitres con estipendio de élite,
rumiamos el rosario roto del
Ave Washu, los que van a morir en el paredón
de las pizarras penúltimas te saludan.
Shalom Washu.
In Washu we trust.
Washu o’akhbar.
Per veritatem Washu.