viernes, 13 de octubre de 2017

Viejuca, dame de comer.


Mi novia de la vejez en WashU
Orlando Luis Pardo Lazo


Yo pensaba que esto sólo pasaba en Cuba. Pero no. Pasa también en los Estados Unidos. Y mucho. Donde quiera que haya recepciones con comida gratuita, allá va un número de personas a hacer acto de presencia. Es decir, a comer como desquiciados. Las más de las veces, a comer y a llevarse otra cuota de comida para sus casas. Si es que tienen casas.


En Washington University in Saint Louis, Missouri, hay varias personas así. Todas muy mayores de edad. Pero no se pierden una conferencia. Podrían tener ya como cinco o seis PhD en varias disciplinas, de tantos temas que ellos y ellas han escuchado cada día, siempre a la caza del consabido platico con ensalada y alguna carne fría, siempre con una jabita de nylon lista para contrabandear las sobras de la élite intelectual.


No me van a creer, pero aquí ya todo es igualito que en Cuba, cuando las recepciones de la UNEAC y el ICAIC, por ejemplo, se repletaban no sólo con poetastros y cineastas hambrientos, sino también con ancianos salidos como de ninguna parte, usando con orgullo de clase sus raídos trajes elegantes y sus ostensivas dentaduras de plástico.


A Washington University in Saint Louis siempre viene a comer una señora vestida de negro. Usa sombrero negro también, calado sobre su pelo de plata casi hasta la altura de su mirada. Esos ojos de un hálito azul dulzón y un poco como de bruja buena. Preciosa debió de ser. Cuando preciosa lo es hoy todavía.


Jamás le he hablado a esta señora enigmática. Pero en ocasiones coincidimos los dos en los ómnibus del transporte público. Ignoro si ella paga o no paga. Sólo sé que no interactúa con nadie. No mira a los lados. La vista clavada en el infinito. La tristeza escondida con arrogancia. Así fue que me enamoré de una mujer muy mayor. Y una vez hasta me atreví a tomarle una foto. Pero ahora no me atrevo a publicarla. (Discúlpenme, pero me están cazando la pelea, y por cualquier bobería podrían acusarme de cualquier imbecilidad.)


Lo cierto es que pienso en ella como en mi novia de la vejez. Yo también estoy envejeciendo a pasos agigantados en este páramo perverso que es el mid-west norteamericano, en el corazón del corazón de la América.


Lo cierto es que yo también voy a comer gratis en las recepciones y charlas de la blancada profesional, a la par que intento terminar mi PhD en Literatura Comparada, aunque la izquierda académica crea que yo no tengo lugar aquí, por ser un escritor reaccionario que defiende al capitalismo y a la democracia. Igualito que en Cuba, las universidades de Estados Unidos parecen ser ya únicamente para los revolucionarios.


Pienso en ella como en la “viejuca” en blanco y negro de Pulgarcita, ¿recuerdan? Aquella señora era sin duda mi personaje preferido de una infancia real-socialista a ras de la TVC.


Hay días en que me doy cuenta que la señora de negro va de luto porque ya está muerta, y quien viene a comer a WashU es apenas el recuerdo de su fantasma. Otros días entiendo entonces que en realidad esta señora es una inmortal. Y, de hecho, me está esperando con su atuendo funerario en mi propia vejez de exilio, para, en efecto, casarse conmigo y ser mi novia postrera, justo un día antes de morirnos ambos en alguna lectura de mala narrativa en inglés o acaso durante un panel sobre la formidable falta de libertad de expresión en los campus universitarios de USA, empezando por Washington University in Saint Louis, donde cualquier debate de aula puede terminar en una denuncia de jaula.


Pienso en esta mujer anciana como en una metáfora de la libertad. Viene a la universidad exclusivamente a lo suyo. Come y se va. No se regodea en las mil y una charlas a las que asiste. No se contamina de socialismo, ni siquiera de solidaridad. Es un individuo. Justo lo que no tenemos en Cuba. Y justo lo que se está extinguiendo hoy en los Estados Unidos, por el pánico que todos sienten de ser ellos mismos.


Amo a mi bruja de azabache y azahar. Amo a la bruja que come gratis en mi universidad. Sueño con estar tan viejo como ella para poder casarnos y hacerle mansamente el amor, antes de dejarnos morir con una sonrisa asocial en nuestros labios cuarteados por el tiempo y la soledad.


No sé su nombre. Nunca se lo he preguntado. Mejor así. Conservo apenas una foto tomada como si yo fuera un ladrón, para no olvidarla. Amar es eso. No conocer el nombre anónimo de la rosa. O conocerlo, pero no tener ninguna necesidad en la vida de pronunciarlo en voz alta. Amar es saber callar entre dos.


martes, 10 de octubre de 2017

El hereje Padura versus un Rembrandt balsero


Leonardo Padura: un Rembrandt balsero
Orlando Luis Pardo Lazo



La novela Herejes[1] del cubano Leonardo Padura paradójicamente no resulta ser una novela heterodoxa. Como estilo e historia, Herejes es formalmente fácil de leer, a pesar de las más de 500 páginas y los vericuetos de su lenguaje: esa prosa mitad preciosista y mitad provinciana, mitad erudita y mitad estéril, que ha sido elogiada hasta la exageración[2] así como ridiculizada sin misericordia[3] por la crítica literaria internacional, siempre tan subjetiva y personalista, a veces hasta el punto de caer en el despotismo.

Dentro de Cuba, donde Padura reside permanentemente a pesar de ser desde 2011 un ciudadano español[4] (doble estatus migratorio que la Constitución cubana no reconoce[5]), resulta un poco más difícil tanto el elogio como la estigmatización de Herejes. En primer lugar, porque, siendo Padura en potencia un best-seller nacional, sus libros circulan pésimamente en la Isla, como con desgano comercial por parte de las editoriales del Estado (las únicas legales en el país), sin reeditarse tanto como lo exigiría la demanda de sus lectores[6], constituyendo todo lo anterior precisamente uno de los dos nuevos estilos de la censura oficial en Cuba: boicotear sin armar escándalo la circulación de las obras.

El otro estilo de la censura neocastrista sería nada menos que pactar e imponerle la “estrella amarilla”[7] de un Premio Nacional de Literatura[8] al escritor en cuestión que el Ministerio de Cultura ―en cuyo interior coexiste el Ministerio del Interior― desea captar y/o cooptar. Es una especie de neutralización por naturalización. Además de ser la mejor manera del poder para decirle cínicamente al intelectual cubano de hoy: ya no necesitamos tu sumisión incondicional; ahora nos basta con tu disciplina dentro de un canon cultural construido más o menos nacionalistamente, porque fuera de Cuba un escritor cubano sería sólo un soberano Don Nadie.

En el caso de Padura, esta “captura mágica”[9] ocurrió apenas cinco años atrás, a finales del 2012, cuando ya su novelística era un fenómeno formidable en trance de múltiple traducción, con vocación sino global al menos sí globalizable. En Cuba, país libre de analfabetismo desde 1961 según la estadística gubernamental, al parecer hasta los déspotas se han leído a Guattari y Deleuze9: esquizocomunismo a la carta, mil mascaradas, izquierda imaginaria como significante vacío para seducir a la academia primermundista, rizomatización de una Revolución no por reumática menos represiva. Cubansummatum est!

Herejes, pues, como nos tiene acostumbrado su prolífico autor (Padura mismo reconoce que acaso él sea el escritor cubano que más trabaja[10]), nos propone en paralelo la resonancia de varios planos narrativos en diferentes espacios y tiempos. La Habana, a saltos desde 1939 hasta 1959, y desde 1959 hasta el 2009. Miami, como continuidad y antípoda de la capital cubana, entre 1958 y 1989. Y las tan remotas del sol caribeño Cracovia en 1648 y Ámsterdam (Nueva Jerusalén) entre 1643 y 1947.

La novela1 marca una especie de resurrección policiaca de Mario Conde, ahora algo envejecido de espíritu a sus cincuenta y tantos años, retirado un par de décadas atrás de sus detectivismos como agente de la Policía Nacional Revolucionaria y, todavía, como el propio Padura hoy, sin haber compartido esa “experiencia traumática de tener un hijo” (341), pues lo más que ha logrado el Conde es tener con su pareja Tamara un hijastro veinteañero que vive fuera del país (439).

Al respecto, es como si Conde y Padura fueran convergiendo en un solo ente ficticio pero a la vez fáctico, según acumulan peripecias y páginas, siempre con más derrotas que esperanzas. Uno y otro medio amalgamados y medio amargados. Otro y uno como un dúo de filósofos de barrio cuyos nombres, Leonardo y Mario, tienden amorosamente a la apócope de Leomario[11], en una homorrelación a ratos ingenua y a ratos incestuosa, donde cada quien pare y es parido por su par, pero donde cada uno de estos dos hombres fuera de época resultan patéticamente entrañables en medio del desierto y la desolación, amulatándose entre sí en un solo personaje criollo de tintes tragicómicos o casi.

Y cada cual cuestionándose en Herejes1 si “¿será verdad que soy un alcohólico?” (476) o por qué de pronto “¿ahora todo le da ganas de llorar?” (477). En escenas escuetas con mucho squalor, por supuesto, como Esmé se lo pide a Salinger en cuento[12] traducido en Cuba que marcó a la generación de Leomario, con una cita literaria reiterativa hasta lo apabullante, que ha teñido con su escualidez conmovedora a esta simbiosis de zombis en medio del socialismo insular, un sistema insulso al punto de lo insultante.

Escribir resulta entones una válvula de escape para ambos: si para Conde semejante imposibilidad es una tortura, para el imparable Padura ha sido una epifanía de mercadotecnia. Escribir es en Herejes1 la ilusión de contar las cosas a contracorriente, pero siempre desde la Isla: instinto de inventarse una biografía a falta de vida, mientras “apenas les quedaba el recurso de resistir como sobrevivientes” de una “generación escondida”, en medio de un “cansancio sideral”, con la “sensación de incertidumbre constante” y “derrota irreversible” (24), además de las consabidas “memorias empecinadas” y, por supuesto, una jauría domesticada de “perros callejeros” por doquier. (26)

 Escribir, también, como una quimera de papel y lápiz, porque Cuba sigue habitando estadísticamente en una Era Analógica, pre-digital y post-dictatorial, donde, aunque la ideología de Estado devino hipocresía de izquierda y el Comandante en Jefe devino cenizas de cadáver en noviembre de 2016, todavía la élite corporativa-militar sigue acaparando las computadoras y dispensando la internet como si de buchitos de café se tratara: siendo esta tal vez la última batalla de la gerontocracia para enlentecer al futuro, para enlutar su llegada un día después.

Escribir en Padura es también ese fantasma de la fertilidad y ese tabú para los que tengan o no tengan talento. Como en ese habanero sueño de 2007 en Herejes1 que es llegar a “escribir alguna vez una novela donde contara una historia, por supuesto que también escuálida y conmovedora, como las que había escrito aquel hijo de puta de Salinger que en cualquier momento se moría, de seguro sin volver a publicar ni un miserable cuentecito”. (27)

Solo que, ya antes de Herejes publicarse en 2013, Leonardo Padura sabía que, en efecto, Jerome David Salinger le había hecho la hijodeputada de morirse sin volver a escribir ni un maravilloso cuentecito. Como tal vez, más temprano que tarde, un día del siglo XXI de la Cuba sin Castros el crimen de Padura tendrá que ser entonces en contra de su propio alter-ego (técnicamente, un Mariocondecidio), cuyo cuerpo acaso sea hallado muerto por su perro holgazán Basura II, a mitad del más lánguido y conmovedor de sus párrafos: ¿los de Padura?, ¿los del Conde?, a esas alturas de la saga, ¿para qué distinguir?

Pero, a fuerza de tanto intentarlo, insisto en que Herejes pudiera leerse, a contrapelo de sí misma, como una novela sin herejías. Las ventajas de su lectura popular son también sus propios límites inconfesados, su intríngulis íntimo: ese permanente y paralizante no poder pasarse de cierto punto. O, como pedía Salman Rushdie[13], atreverse a cruzar la raya de lo radicalmente prohibido. En este caso, la ternura con que en Cuba nos castra el tabú del totalitarismo, gracias a su maquillaje de indigencia igualitaria.

Los personajes de Herejes se creen herejes, sí. Y el autor de Herejes a su vez cree que los crea herejes, es cierto. No está nada mal para comenzar, en medio de la ñoñería edípica de las mil y una generaciones de los llamados novelistas cubanos de la Revolución. Pero todavía la sombra castradora de un San Garta[14] cubiche recorre toda La Habana desde una mansión masónica de Mantilla, donde el Génesis de Mario Conde viene verificándose desde pronto hará ya tres décadas. Y todavía un lector libre siente el peso de la política como ausencia atroz, mientras más y más reclamen Padura y Conde (en sus entrevistas[15] y en su dramaturgia, respectivamente), que por favor no politicemos su obra.

Es decir, las herejías de Herejes han sido desplazadas con prestidigitación autoral. Están en otra geografía muy ajena a la cubana (Europa vista desde Cuba es un planeta extrasolar). O tocan la geografía cubana, pero quedan demasiado lejanas en el tiempo (la República vista desde la Revolución es paleohistoria). O están por fin en nuestro tiempo y espacio actual, pero interiorizadas, con esa mala costumbre sobreactuada del cine cubano que es poner a los personajes a hablar a solas, a monologar con nadie a través del espejo, para así denotar sus conflictos, complejos y, con suerte, su complejidad (narcisismo naive).

Mario Conde también lo hace en Herejes, por supuesto. Policía de raza y perdedor empedernido, consciente al punto del encabronamiento de ser “un comemierda con dos doctorados” (96), Conde bien sabe que hablar con el otro en Cuba te puede poner a podrirte en una cárcel, sin necesidad de pruebas o testigos o cargos. El totalitarismo en esencia es eso: una carencia total de tecnicismos, una eficacia in extremis.

De hecho, el totalitarismo sería una especie de siniestra simplificación de la vida social, a pesar de las eternas quejas de los intelectuales cubanos en contra de la proliferación burocrática. Quejas que Padura en parte comparte en sus columnas publicadas en internet (y, por lo tanto, ilegibles en Cuba), como si de un costumbrismo a la carta se tratara[16]. Y quejas que a su vez se incuban dentro de su obra, con cada uno de sus personajes con la vida y/o la carrera profesional más o menos “bloqueada por una capa de burócratas, arribistas y oportunistas” (al decir del trotskista inglés Alan Woods[17]), pero quejas que no llegan a cuestionarse el statu-quo, el establishment, ni mucho menos… ¡el sistema! (con todas sus letras en cubano).

Tales límites tentativos no niegan que cada uno de los tópicos de Herejes sea en sí mismo brutal, desde el asesinato de una joven muchacha, asidua de los emos habaneros y a medio camino de una suerte de post-existencialismo tropical, hasta la tragedia del buque Saint Luis, anclado en la bahía de La Habana en 1939 durante toda una semana de aquella primavera oprobiosa, y forzado finalmente a regresar a Europa con más de 900 judíos, los que terminarían en su mayoría consumidos por el horror del holocausto, sin que las autoridades corruptas de Cuba, ni tampoco las muy democráticas de Estados Unidos y Canadá, hicieran nada para darles refugio humanitario a esos seres humanos inocentes al borde de la II Guerra Mundial (sólo 22 refugiados recibieron autorización para desembarcar en La Habana[18]).

Es de destacar la sensación de sumisión que supura dolorosamente de la trama de Herejes en su relación con el pueblo judío y su diáspora. De hecho, las tres grandes religiones monoteístas comparten este principio de entrega humana total a Dios como la vía de actuar en libertad. Trátese del hágase-tu-voluntad católico, trátese de la sumisión que entraña la propia palabra islam, o trátese del sometimiento predicado por la ortodoxia judía, esa “aceptación de la sumisión como estrategia de sobrevivencia” (79) contra la cual los judíos de Padura se rebelan en un plano individual, pero en la cual como pueblo parecen condenados inexorablemente a caer a lo largo y ancho de la Historia, en una suerte de diferendo recurrente entre deseo y destino, entre fidelidad y fatalidad, entre la emancipación y la entrega.

Por otra parte, aunque la crítica especializada y académica aún no parece detectar ningún casus belli al respecto, ciertos estados de opinión de vez en cuando tornan a colimar cuantitativamente a Padura en la esquina roja de la misoginia, considerando que la representación de los géneros en Herejes, que en definitiva es la representación de los géneros en toda su novelística, no hace justicia a la causa global por la plena emancipación de la mujer (léase, de la mujer occidental)[19].

John O’Brien, por poner un ejemplo de este tipo de aproximación a la literatura, se interesó de manera absolutamente binaria en las “mal-representaciones de la mujer” en la novelística del checo Milan Kundera[20]. En una búsqueda de sexismos y misoginias, detectivesco al punto casi de lo Mariocondesco, O’Brien confina sus categorías a cinco pares de estereotipos femeninos en los libros de Kundera: Madonna versus Prostituta, Belleza versus Fealdad, Amistad Masculina versus Antagonismo Femenino, Fuerza versus Debilidad, y Libre Albedrío versus Destino.

Kundera, por su parte, ha respondido a semejante reduccionismo extraliterario, tal como lo reconoce el propio O’Brien20, con una boutade en contra los críticos devenidos exégetas: “¡Ahórrame tu estalinismo!” Defendiendo así a capa y espada su noción de que la ficción, y muy en específico el arte de la novela, son traicionados en su esencia cuando se someten a criterios y agendas externos a la tradición estética literaria. Por eso en su capítulo de Conclusiones el propio O’Brien20 se pregunta si su libro de ensayos no provocará que Kundera le replique con otra boutade no menos radical: “¡Ahórrame tu feminismo!”

En este sentido, nunca es tarde para reactualizar los principios fundamentales de la Literatura Comparada en tanto disciplina de rigor estrictamente académico. En su ensayo fundacional ¿Tenemos que disculparnos?[21], ya en 1995 Peter Brooks dejaba muy en claro que “el estudio de la literatura es una experiencia fundamentalmente distinta de cualquier otra” y, como tal, “no puede ser reducida a los estudios culturales porque es fundamentalmente otra, resistiéndose a una contextualización plena en otros discursos, y demandando formas diferentes de atención, incluso de conocimiento”. El peligro de no reconocerlo así en la actualidad, según Brooks21, sería “arriesgarse a remplazar el estudio de la literatura” como tal por una especie de “historia social amateur, sociología amateur, e ideología amateur”.

Más recientemente, Rita Felski[22] también ha alertado sobre estas estériles tensiones dentro del ambiente académico, donde los “críticos se hayan a sí mismos zigzagueando entre las dicotomías de texto versus contexto, palabra versus mundo, e internalismo versus externalismo para explicar las obras de arte”. Felski, aunque reconoce que “la historia no es una caja”, deja también muy en claro su filiación de lectora “post-crítica”, una perspectiva desde la cual “las maneras estándares de pensar el contexto histórico son incapaces de explicar cómo las obras de arte se mueven en el tiempo”, por lo que incluso “los textos literarios pueden ser provechosamente considerados como actores no-humanos”, sin necesidad de “oponer el pensamiento a la emoción, ni divorciar el rigor intelectual de los vínculos afectivos”.

Por lo demás, Felski[23] concluye que semejantes modelos de una “hermenéutica de la sospecha” en principio traicionan la lógica de cualquier obra de arte, debido a su antagonismo apriorístico entre lo “hegemónico” y lo “marginal”, cayendo así en una “negatividad” hacia la crítica artística que, “en años recientes, a menudo ha estado atada a estereotipos del feminismo aguafiestas, las minorías amargadas, y otros avatares resentidos de la ‘corrección política’”.

En cualquier caso, la novelística de Padura diríase que constituye más un síntoma ciego del contexto cubano, y no tanto un ejemplo específico a denunciar o corregir. A menos que estemos dispuestos a correr el riesgo de caer en un tipo de orientalismo donde el objeto bajo análisis es violentado por el analista, siempre desde una posición de ventaja teórica ajena al universo narrativo en sí y a su contexto cultural nativo.

De más está añadir que lo mismo sería aplicable al respecto de otros temas y tendencias de moda en el know-how latinoamericanista norteamericano, como sería el caso de la raza, las minorías, las religiones, las identidades, las migraciones, y un etcétera étnico y ético antes que estético. De quedar atrapado de antemano entre todos esos vectores superpuestos, Padura nunca se hubiera podido permitir escribir ni la primera línea de la sabrosa saga de su protagonista Mario Conde. Todo esto mientras el gobierno cubano, por ejemplo, de una manera inverosímilmente invisible para esos mismos estados de opinión, sigue siendo abrumadoramente masculino, homofóbico, anti-inmigrante y de raza blanca, a la vuelta de casi 60 años de poder inconsulto.

Herejes, por último, tampoco depende de la elucidación de uno o dos crímenes para su efectividad empática o antipática. Diríase que Conde nunca resuelve nada, sino que son los enigmas los que lo resuelven a él en cada episodio de odio a los que se enfrenta nuestro antihéroe dentro del socialismo a la cubana. Contrario al género policial en puridad, revelar el nombre el asesino no regala las claves de la trama. Y esto es un indicio bastante incisivo de que Padura, a pesar de que se le intente condenar por sus altos índices de venta internacional, sí se empeña en escribir novelas tanto de tesis (no por taimadas menos intolerables para el Estado cubano) como de tesitura (en la medida en que su prosa post-periodística se lo permita en cada una de sus mariocondadas).

De manera que no se infringe ninguna plusvalía en términos de copyright si uno anuncia, para terminar, que en esta novela una joven cubana se lleva en balsa a Miami nada menos que un lienzo original de Rembrandt. Padura no le da demasiada importancia a este trance, pero por algún misterioso motivo yo no paro de pensar en este pasaje de Herejes donde cristaliza una de las claves contemporáneas de la cubanía perfecta.

Un Rembrandt balsero (un óleo casi sagrado tal vez protegido del mar dentro de una chusma jabita de nylon): lo más excelso junto con lo más barriotero, la grandeza acomodada o dándose codazos en la misma mochila de la grosería, un país parejero entre la imprecación y el paraíso, un pueblo de personajillos a la intemperie de lo impredecible que han hecho de la hipocresía una virtud para progresar, y, donde, para no alejarnos tanto del tema, hasta la herejía es hoy una mera mueca entre la patria y sus paripés. En fin, la herejía ya no como libertad, tal como la reivindica por escrito el doble ciudadano Padura[24], sino como un histrionismo único del Padura narrador.











[1] Padura, Leonardo. Herejes. Barcelona: Tusquets, 2013.

[2] Galindo, Juan Carlos. “Herejes: Padura, o la mezcla perfecta de novela histórica, social y policíaca”. El País. 21 Ago 2013. https://elpais.com/cultura/2013/08/21/elemental/1377075793_137707.html
“A través de los personajes, la obra analiza más y mejor que otras anteriores de la serie la situación de Cuba y la pérdida progresiva de toda esperanza”.

[3] Macari, Enrique. “Historia, literatura y banalidad”. Letras Libres. 13 Ene 2014. http://www.letraslibres.com/mexico/libros/historia-literatura-y-banalidad
“La prosa de Herejes es floja, vaga, llena de adjetivos genéricos e innecesarios; la novela abunda además en ingenio fácil, chistes malos, reflexiones trilladas y momentos terriblemente cursis”.

[4] “Conceden nacionalidad española a Leonardo Padura”. El Economista. 28 Ene 2011. http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2011/01/28/conceden-nacionalidad-espanola-leonardo-padura

[5] “Capítulo II (Ciudadanía), Artículo 32”. Constitución de la República de Cuba. Gaceta Oficial de la República de Cuba. Ministerio de Justicia. 31 Ene 2003. http://www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2009/06/go_x_03_2003.pdf

[6] “A la Feria con Padura pero…” IPS, Inter Press Service en Cuba. Feb 2017. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/a-la-feria-con-padura-pero

[7] La insignia o estrella amarilla ha sido históricamente un emblema de segregación contra el pueblo judío. Ver (en inglés) “Jewish Identification: Jewish Badge”. Jewish Virtual Library. http://www.jewishvirtuallibrary.org/jewish-badge

[8] “Leonardo Padura Premio Nacional de Literatura 2012”. CubaDebate. 18 Dic 2012. http://www.cubadebate.cu/noticias/2012/12/18/leonardo-padura-premio-nacional-de-literatura-2012/#.WcVJaciGOUk

[9] Deleuze, Gilles and Guattari, Felix. “1227: Treatise on Nomadology—The War Machine”. A Thousand Plateaus. Capitalism and Schizophrenia. Translation and Foreword by Brian Massumi. University of Minnesota Press: Minneapolis and London, 1987. 352. http://projectlamar.com/media/A-Thousand-Plateaus.pdf
“Either the State has at its disposal a violence that is not channeled through war—either it uses police officers and jailers in place of warriors, has no arms and no need of them, operates by immediate, magical capture, seizes’ and binds,’ preventing all combat.”

[10] Padura, Leonardo. “No soy el escritor cubano de más talento de mi generación, pero soy el que mas trabaja”. Casa América. Madrid, España. 3 Jun 2014. http://www.casamerica.es/?q=literatura/no-soy-el-escritor-de-mas-talento-de-mi-generacion-pero-soy-el-que-mas-trabaja

[11] “Leomario” es un neologismo del autor de esta reseña. Pero el propio Padura ha reconocido que “Mario Conde es mi contemporáneo, como lo es de miles de cubanos, estén donde estén”, y ha escrito sobre esta convergencia biográfica de ambos en primera persona gramatical del plural, contribuyendo así a la cubanesca confusión de categorías narratológicas. Ver al respecto: Padura, Leonardo. “Mi contemporáneo Mario Conde”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 18 Abr 2011. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/el-mundo-de-mario-conde/mi-contemporaneo-mario-conde

[12] Salinger, Jerome David. “For Esmé-With Love and Squalor”. Malden, MA: Burning Man Books, 2001. https://www.mercerislandschools.org/cms/lib3/WA01001855/Centricity/Domain/1259/for%20esme%20salinger.pdf

[13] Rushdie, Salman. Pásate de la raya. Artículos, 1992-2002. Debolsillo. España, 2011.

[14] Kundera, Milan. “La sombra castradora de San Garta”. Letras Libres. 30 Nov 1991. http://www.letraslibres.com/vuelta/la-sombra-castradora-san-garta (Vuelta 180, 1991: 27-31) Kundera se refiere a Garta, personaje de una de las novelas “tristemente convencionales” de Max Brod (El reino encantado del amor), que se supone sea un retrato de su amigo Franz Kafka. Según Kundera, Brod castra a Kafka, dando inicio a su kafkificación, presentándolo como un sufriente cuya Literatura, censurada de todo humor y goce por las exégesis de Brod, se reduciría entonces ser apenas una alegoría sobre lo Real, así como “una clave para comprender su biografía”.

[15] Martín Rodrigo, Inés. “Leonardo Padura: no soy político, pero tengo responsabilidad ciudadana”. ABC. 11 Jun 2015. http://www.abc.es/cultura/libros/20150611/abci-leonardo-padura-princesa-asturias-201506101754.html

[16] Dos ejemplos: Padura, Leonardo. “La agonía de la libreta”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 5 Ago 2011. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/la-agonia-de-la-libreta Padura, Leonardo. “El valor del agua”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 17 Dic 2013. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/el-valor-del-agua

[17] Woods, Alan. “Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros”. In Defence of Marxism. 16 Ene 2014. http://www.marxist.com/leonardo-padura-the-man-who-loved-dogs-es.htm

[18] Bejarano, Margalit. “La historia del buque San Louis: la perspectiva cubana”. División de América Latina y Portugal. Instituto Avraham Harman de Judaísmo Contemporáneo. Universidad Hebrea de Jerusalem. 1999.

[19] Padura ha reflexionado sobre la discriminación de la mujer en algunas de sus columnas en internet. Por ejemplo: “Es el poder patriarcal y toda la filosofía discriminatoria que lo acompaña, el elemento cultural capaz de permitir que, a nivel social y familiar, la violencia de género no solo esté presente con alarmante frecuencia, sino, incluso, que sea admitida como manifestación de un estado de cosas normal por los hombres que la practican… y por muchas mujeres que la sufren”. Padura, Leonardo. “La violencia contra la mujer: ¿un mal endémico?” IPS, Inter Press Service en Cuba. 19 Nov 2012. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/la-violencia-contra-la-mujer-un-mal-endemico

[20] O’Brien John. “(Mis)representing Women”. Milan Kundera and Feminism. Dangerous Intersections. Nueva York: St. Martin’s Press: 1995. 1-61.

[21] Brooks, Peter. “Must We Apologize?” Comparative Literature in the Age of Multiculturalism. Editado por Charles Bernheimer. Baltimore y Londres: The Johns Hopkins University Press, 1995. 97-106.

[22] Felski, Rita. “Context Stinks!” The Limits of Critique. Chicago and London: The University of Chicago Press, 2015. 151-185.

[23] Felski, Rita. “Crrritique”. The Limits of Critique. Chicago and London: The University of Chicago Press, 2015. 117-150.

[24] Padura, Leonardo. “La libertad y la herejía”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 2 Jun 2014. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/el-mundo-de-mario-conde/la-libertad-y-la-herejia

martes, 26 de septiembre de 2017

Soledad es Libertad


La gran soledad de los cubanos en democracia
Orlando Luis Pardo Lazo


Los cubanos venimos de un totalitarismo modelo. Un régimen que logró el sueño del socialismo original, siglos atrás: la Utopía en una Isla sobre la Tierra, el ghetto grosero como emancipación, disfrazando así la falta de libertad del hombre como si fuera un exceso de felicidad, una virtud universal que no admite crítica ni siquiera relativización.



De ahí venimos los cubanos: eso somos, esa es nuestra tara. Tranquilos todos todavía, por favor. Permítanme explicarles. Primero, aceptemos que el tedio de todo ese “daño antropológico” nos corroe la vida: un concepto académico que, traducido al lenguaje de la verdad, que es el argot sentimental de la calle, significa un “daño del carajo en el corazón”. Y también en nuestra alma de mortales, ese pobre pajarito político que ha sido secuestrado por un poder excéntrico, extraño, extranjero, llamado totalitarismo cubano.



La nación cubana no es ni remotamente una dictadura. Decir eso ha sido uno de nuestros peores disparates y debilidades. La nación cubana está simplemente ocupada. Sin dejar ni un solo espacio libre al margen de semejante ocupación.



El castrismo es la abolición de la soberanía nacional a favor de un hombre, un partido, una ideología, un lenguaje, una cosmovisión. Por eso el castrismo no puede generar nunca una alternativa desde sí mismo. Por eso es inimitable. Y por eso, también, está condenado un día a hacer implosión, a desvanecerse tan rápido como apareció, sin dejar legado ni memoria. Pero dejando, eso sí, a varias generaciones de seres humanos desconocidos incluso para sí mismos. En este sentido, el castrismo es una máquina de desaparición, de hacer invisibles a los cubanos, así en la Isla como en el Exilio (esa otra isla que se piensa cosmopolita, pero que igual habita en una gran cárcel).



Los cubanos que salieron de Cuba traen consigo un rayito de luz totalitaria en su mirada. Pobres, pobres contemporáneos atrapados entre palabra y palabra. Es como si nadie antes les hubiera hablado tan claro a los cubanos. Escúchame, no tiene sentido negarlo: somos eso, esa es nuestra tragedia sin siquiera un destino trágico, pues tampoco nos hemos rebelado contra la Historia ni Dios. Antes bien, el castigo de las víctimas del totalitarismo cubano sería en todo caso deambular día a día en Democracia.



En efecto, como tan conmovedoramente lo explica Allan Bloom en su libro The Closing of the American Mind (1987), un libro que las universidades de Estados Unidos llevan 30 años intentando censurar, el hombre en democracia está más que solo: el individuo y sus sentidos, el individuo y su razón, el individuo y su conciencia, el individuo y su moral, el individuo y su responsabilidad, el individuo y su experiencia. No hay vida fuera de ti. Date cuenta a tiempo. Ya sé. De ahí viene ese pánico que nos ataca a los cubanos ante el terror de tener que ser libres de verdad. Estamos atacados. De ahí que también ataquemos. Es una histeria neurótica que nos lleva a implorar, casi heroicamente, estar iluminados por al menos un rayito de la luz de Papá Estado. Como pueblo, lo único que no toleramos es precisamente dejar de ser pueblo. Vivimos y morimos sólo para participar de ese mito gremial también conocido como el “efecto ganado”. Volver al redil.



Es decir, mientras más libres, más ansiedad nos trae la carencia crónica de una especie de castrismo nostálgico. Castrismo sufí, lo llamarían los persas. Castrismo hüzün lo llamarían los turcos. Castrismo coagulado en el corazón, lo llamaríamos nosotros. Es esa marca de fuego llamada despóticamente “identidad”. Esa búsqueda de un sentido en medio del caos cósmico. Y, por supuesto, es tener una justificación para seguir vivos o caer muertos de pronto. Puedes o no creerlo, pero el castrismo de los cubanos ha devenido mediocridad existencial: a falta de biografía, rellenamos entonces, muchas veces sin saberlo, ese abismo atroz con un exceso de Estado.



Todo lo anterior es para poderles decir en paz solamente esto: la cubanía es una cosa exclusivamente de izquierda, de nuestra naturaleza innatamente fascista. No nos asustemos. Lo primero es aceptar con ecuanimidad que nuestro caso nunca ha tenido solución, porque es desde esa izquierda inconsciente que lo hemos estado intentando remediar o erradicar. A los cubanos nos falta, pues, un pensamiento emancipador de derecha. Una derecha decente, débil, descentrada en el uno y sin ningún credo de masas: casi que una derecha antidemocrática para así poder por fin acceder a un atisbo de la democracia. Una derecha capaz de restaurar en Cuba la barbarie y la belleza de esa profunda soledad que son los seres humanos.



Discúlpenme, por favor. Sé que todos ustedes son cubanos y están haciendo su mejor esfuerzo según cada cual. Eso es lindo. Pero sé también que necesitan ayuda. No pueden seguir siendo únicamente iluminados desde lo siniestro de lo social. Alguien tenía que decirles que sin soledad jamás llegaremos a nosotros mismos. El totalitarismo es la tentación de pasar todo el tiempo acompañados. Como en la escuela, la fábrica, la casa, el hospital, el estadio, el teatro, la cárcel, el cementerio, y aún después el paraíso, el purgatorio o el infierno a perpetuidad.



No tengas miedo, coño, cubano. No existe ningún peligro de que te quedes solo. Es tan simple como darte cuenta de que desde siempre lo hemos estado: solos. Sé tú hoy y el castrismo no llega ni a mañana por la mañana. 


Cubansummatum est!

jueves, 21 de septiembre de 2017

The New York Times contra la mujer

En el comunismo la mujer hace mejor el amor

Orlando Luis Pardo Lazo



         El pasado 12 de agosto, el periódico norteamericano The New York Times publicó un artículo titulado¿Por qué las mujeres tenían mejor sexo en el socialismo?, firmado por Kristen Ghodsee, una etnógrafa norteamericana de 47 años que es profesora del Bowdoin College de la ciudad de Brunswick, en el estado de Maine.

         El artículo, ciertamente provocador, no deja de resultar curioso a la luz de los estudios de género y de la creciente corrección feminista, que hoy ya controla cuanto se diga o piense sobre la mujer de costa a costa de los Estados Unidos, no sólo en la academia sino en todas las instituciones de este país, sean privadas o gubernamentales.

         Kristen Ghodsee empieza un poco burlándose de las supuestas penurias que trajo el comunismo soviético cuando sometió militarmente a Europa del Este, justo después de la Segunda Guerra Mundial. La profesora afirma que, desde Norteamérica, todo aquel mundo detrás del Telón de Acero ahora sólo “se imagina como restricciones de viajes, sombríos paisajes de hormigón gris, hombres y mujeres en la miseria languideciendo en largas colas para comprar en mercados vacíos, y los órganos de la Seguridad fisgoneando en la vida privada del ciudadano”.

         De hecho, la sonrisa de Ghodsee en este punto es cínicamente siniestra. Pues el cuadro que ella pinta era tristísimamente así. E incluso mucho peor, incluidos los campos de trabajos forzados, las deportaciones de por vida y el asesinato extrajudicial, siempre con las tropas de Moscú a cada momento pisoteando la soberanía de Europa Oriental. Como en la Cuba de Castro, todos los países comunistas en la órbita de Moscú ni siquiera contaban con ciudadanos, pues el concepto de sociedad civil, así como el de democracia y derechos humanos, fueron prohibidos a perpetuidad.

         Eso también deberían de verlo desde Norteamérica hoy. Y, sobre todo, eso deberían de haberlo visto a tiempo desde el periódico The New York Times, el que, por el contrario, durante el siglo XX se dedicó a justificar y a negar el holocausto bajo el totalitarismo de Stalin (un aliado de Hitler casi hasta el final), gracias a que varios de sus reporteros eran cómplices espirituales o agentes pagados por el comunismo internacional, como el famoso e infame caso del corresponsal Walter Duranty.

         La profesora Ghodsee continúa afirmando, sin ningún tapujo, que “las mujeres del bloque oriental gozaban de muchos derechos y privilegios inexistentes en las democracias liberales de entonces, incluidas la grandes inversiones estatales en educación y capacitación, la plena incorporación a la fuerza de trabajo, las generosas licencias de maternidad, así como un cuidado infantil gratis y garantizado”. Pero, según ella, aún había otra gran “ventaja que no ha recibido mucha atención”. ¿Cuál? ¡Pues que las mujeres bajo el comunismo disfrutaban de un mayor placer sexual!

         Y, como buena académica al fin y al cabo, allá va la doctora Ghodsee a citar encuestas y estudios de carácter científico comprobado. La conclusión es que, comparadas con las explotadas mujeres del capitalismo Occidental, bajo el comunismo era posible hasta duplicar el número de orgasmos. La falta de libertad era, al parecer, un bálsamo afrodisíaco.

          Y también la profesora Ghodsee cita y ella misma hace entrevistas contemporáneas a varias mujeres del campo ex-socialista mundial: la mayoría se queja que ahora, bajo el capitalismo, ya no pueden gozar lo mismo que antes. Porque en el siglo XXI, con el desarrollo y la Unión Europea, entre otros lujos innecesarios, todos y todas están muy agobiados tras tantas horas de trabajo y, al llegar a casa, sólo pueden “sentarse como zombis frente al televisor.” Esposos con esposas: un Primer Mundo asesinamente asexual.

         La cuestión, según la doctora Ghodsee, es que bajo el comunismo la calidad de vida de las mujeres contaba con todos los recursos del Estado, que veía en la “emancipación de la mujer” un paso clave hacia la construcción de la “sociedad socialista científica más avanzada”. Esta liberación ejemplar, en la mayoría de los casos, les garantizaba todos los derechos propios de su sexo, los que no serían aprobados hasta pasados muchos años en el resto del mundo democrático.

         Y lo más triste del caso, sobre todo dicho por una norteamericana que nació y va a morirse en plenitud de libertades individuales, es que, según Ghodsee, al parecer era necesario que semejante emancipación de la mujer fuese “proclamada desde arriba hacia abajo”. Es decir, por la fuerza despótica de los hombres que controlaban aquellos Estados.

         Yo casi podría apostar que Kristen Ghodsee votó en contra de Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre 2016. El racismo más sucio de nuestro planeta es este apartheid de izquierdas. En efecto, lo que los norteamericanos no toleran en Norteamérica, con gusto lo aplauden al otro lado de sus fronteras. Sin ningún tipo de culpa ni dilema moral. Dentro de los Estados Unidos: elecciones, debates, periódicos, porno-selfies y playas de nudistas poli-amorosas. Pero al resto del mundo le encasquetan enseguida el castigo de una burka brutal. Para Ghodsee, no todos los seres humanos nos merecemos vivir una vida en la verdad. Algunos tenemos que conformarnos etnográficamente con jugar a ser ceros humanos.

No sé si Cuba siga siendo comunista después de los cadáveres de Fidel y Raúl Castro. Confieso que sé relativamente poco sobre cómo las mujeres cubanas hacían o deshacían el amor. Pero tampoco sé por qué tendríamos que renunciar al capitalismo y a la democracia para que, según The New York Times, las cubanas puedan disfrutar más del amor.