martes, 7 de febrero de 2017

DAMAGE



El daño soy tú
Orlando Luis Pardo Lazo


Daño. Nada de trauma. Daño.

Estoy dañado. Los cubanos estamos dañados.

Si “honrar, honra”, como decía Martí, entonces “dañar, daña”. Y los cubanos hemos hecho mucho daño, a los cubanos y a los no cubanos. Es así. Nada de trauma. La triste realidad, como diría un bolero o un poema de los peores. Ese es nuestro maletín, nuestra carga de karma de cara al siglo XX que nunca se nos va a acabar de acabar, y también de cara al siglo XXI en el que ninguno de nosotros podrá ser del todo libre ni del todo feliz.

Cataplum. Catacumba. Calabaza, calabaza, cada uno con su cadalso. Catacuba.

Hoy me dijo un viejito en un mall de Saint Louis, Missouri: “I’m sorry, I’m just talking to myself”.

Me pidió perdón por estar hablando consigo mismo. Yo me había quedado mirándolo entre la intriga y la incredulidad, arrastrando su carrito de mandados entre las estanterías repletas. Él levantó sus ojos azul cielo cansado y me dijo eso, tan diplomáticamente, tan a la americana de los tiempos de antes: “Lo siento, sólo estoy hablando conmigo mismo”.

Yo sonreí y seguí mi rumbo, cubano sin Cuba con unos pocos dólares en mi tarjeta del estipendio estudiantil. Débito, debo. Universitario tardío. Escritor con anteojeras. Miope reincidente. Loco, locuaz.

Yo, bajo la soledad anglófona de un estado segregado de los Estados Unidos de América, país de personas muy pobres, a donde hace ya cuatro años que llegué, el 5 de marzo de 2013, recorriendo sus carreteras sin concierto ni casa, de conferencia en conferencia, cobrando en cama y comida, clamando en el vacío por la libertad imaginaria de un pueblo inimaginable que ni siquiera habla el mismo idioma que yo: el pueblo cubano.

Durante muchos meses lloraba puntualmente todas las noches. Todas las noches de dios de un habitante de La Habana que no cree en dios. Lloraba solo, sentado. Sintiendo. Presintiendo. Después se me fue pasando. Jamás me adapté a sobrevivir fuera de mi país. Tampoco me importa. Jamás me adaptaré a sobremorir fuera de mi país.

Si dejé de llorar en las madrugadas de Norteamérica fue sólo porque puse una piedra descomunal en mi corazón. Lo tapié, lo tapé, lo lapidé. Púdrete, corazón de melón. Una piedra que acaso ahora se parezca al cambolo cósmico donde clausuraron al esqueleto incinerado del comandante en jefe Fidel. Al ladito del Apóstol de la Revolución, que como todas las revoluciones es una sola y es criminal.

Me da cierta alegría alevosa saber que al menos la memoria de Martí y la de Castro quedarán untadas junticas de la misma pestilencia patria. Lo más grande con lo más bajo. Eso es también parte esencial del daño, su promiscuidad de pura materia. Patria es mojonidad.

El Exilio fue primero. La Nación se inventó después, desde fuera de nuestra geografía más bien churrupienta. Fue un error estratégico. Se acerca acaso otra época. Pero ahora carecemos de imaginación. Ya no hay cojones para volver a ser exiliados. Mucho menos para desinventarnos una noción de nación menos sofocante y soez. No contamos con ningún Martí como no sea yo. Contamos, eso sí, con una cantinela de Castros incesantes, la mayoría incluso en contra de Castro. Ya saben cómo se llama el síntoma de esa enfermedad endémica: daño.

Han pasado 17 años desde el año 2000, un año que desde nuestra infancia se parecía mucho al futuro. Ya sabemos que fue sólo una farsa, un fósil. Que la historia es hoy. Que moriremos no en paz, sino en Castro. Y que ni siquiera a nuestros propios hijos y nietos desconocidos le pediremos perdón: I’m sorry, we were just talking to ourselves. Lo siento, sólo estábamos hablando con nosotros mismos.

Es febrero y hace soledad. Los Estados Unidos de América son una gran perdedera de tiempo. Aquí nos hicimos profesionales. Aquí nos hicimos de una vida. Aquí nos desaparecimos, muchísimo antes que los dinosaurios de verde oliva de aquella isla íntima e intimidante que uno a una dejamos atrás. Adiós, amor atroz, fue bonito mientras duró.

Hola, palabra sin permiso, sin despotismo, sin depresión. Dame la mano y ya no te vayas más. Es febrero y hace un silencio ensordecedor. Necesitamos de una vocecita que se verdad, que sea ahora, que sea presencia del yo y no espectáculo. Dime si me escuchas. Dime si estás ahí. Si vale o no la pena que yo te quite noche a noche el cambolo que oprime tu garganta y tu corazón, y que empecemos entonces de nuevo a llorar la lluvia de los cubanos libres de Cuba bajo la misma madrugada de una Norteamérica diurna, desconocida, diaria.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Añoranzas, lo que fuímos y lo que no llegamos ser.