lunes, 6 de febrero de 2017

DING DONG, HACHA, DING DONG





Los negros de Saint Louis cogen la 16.

Van churrosos,
tiznados de piel y espíritu.
Soul sin alma.
La mandíbula desencajada como un aura caída,
puñal de huesos con caries
clavado en pleno esternón.

Llevan biblias y botellas de agua
en sus escondites de la 16.
Jabitas plásticas
y
una cantidad de Saint Louis Dispatches
que en ni en mil vidas podrían leer.
Ni sus hijos.
Ni nietos.

La analfabeticidad es su legado.
Ya han tenido un presidente negro
y, total, nada.
Ahora ya nadie les puede venir a hacer un cuento
de la discriminación,
la desesperanza
y demás blablabás.

Yo también cojo la 16 cada noche.
Soy un negro de Saint Louis recién llegado de Cuba,
esa África de mentiritas
a ras del totalitarismo caribe.

Yo también vengo huyuyo de blancos.
Asqueado de sus mierdas blancas materialistas,
de su blancuzca dialéctica tan despótica,
de esas sonrisas blanquérrimas de la barbarie,
de su prensa blanqueada,
de su semen octogenario de blancos benevolentes
bailando al son de esos látigos blanquísimos
contra toda idea de la injusticia social
y
otras blanquideces por el estilo.

Yo también soy un damné de la terre, coño,
aunque tenga pinta de colonizador.
De pie,
decrépito,
de pinga.
Ya hemos tenido un presidente negro
a mitad del siglo pasado
y, total, nada.

Los blancos siempre retornamos al lugar del crimen.
Mira mi mano.
Halando la cadenita de la campanita
para pronunciar el avemaría del next stop requested
en el pasillo lumpen-proletario de la 16.

Ningún negro en Cuba ha escrito jamás así.
Estoy escapado.
Soy un escapado.
Mi palenque cabe en una maletica de carry-on.

A las diez de la noche de este otoño missurra del 2016
aquí todos somos radicalmente antiblancos.
Antipatria,
antipáticos,
antipatéticos.
Los despachados de Saint Louis
que en ni en mil vidas tú podrías leer.
Ni tus hijos.
Ni nietos.
La analfabeticidad es nuestro legado
en esta Postal Cuba 63130.

De ahí el silencio, esa saliva espesa.
Melaza marxista,
sacarosa de los sobrevivientes
recién llegados de la cara oculta del Telón de Azúcar.

Teatro con peste a grajo.
Luna de vidrio en las miradas,
lana de bodrio en el tictac de la alcancía.
Dos dólares son toda una fortuna
para el seguro social.

Glotis coaguladas por ese goteo agónico
que los negros en la 16 no necesitamos comentar
on our way home.
En el paradero de esta ruta
termina también nuestro lenguaje.

Ding dong, ding dong,
dice la campanita mecánica
desde el Delmar Loop hasta el hospital,
desde los bares de cerveza draft
hasta un boceto de bosque,
desde el club de ajedrez hasta una universidad en jaque,
entre otras deliciosas delicadezas del desarrollo.

Ding dong, cojones, ding dong:
abre, asere, que me quedo en la próxima.
Abre atrás, que me bajo, brother:
para esta puta guagua de una vez.

Mira mi mano,
halando la cadenita de la campanita
con que los esclavos maldecimos a esta tierra,
aunque tengamos pinta de colonizador.

Dentro de la 16 es lo mismo que en Cuba:
aquí nadie osa levantar la vista de sus zapatos
con cada next stop requested
de camino a casa.
Aquí vamos amables y amargados
de cabeza hacia nuestro hangar.
La madre del que mencione el monosílabo
home.
Mojón de medianoche o casi.

El chofer
es el único de nosotros que atesora un salario.
El chofer
es el único entre nosotros con fe evangelista o islámica.
El chofer
es el único en esta nao que aún cree en la próxima parada
que uno a uno le vamos solicitando.

Ding.
Dong.

Ding.
Dong.

Ding.
Dong.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ok, ya esto empezo a funcionar de Nuevo. ya me tenias preocupado.

el hacha.