jueves, 9 de febrero de 2017

Doroteas en su bateas



Mi vida es una vida entre choferes de bus. Guagüeros. Así fue en Cuba durante los últimos años de censura, acoso, chantaje, represión y amigos presos, exiliados o muertos, todo para que Fidel pudiera hacerse polvito en paz.

Recuerdo ahora especialmente a Peralta, el anciano sin edad de la ruta 23, ese ícono literario del paradero de Lawton, que va hasta El Vedado y regresa por la misma vía secreta, desde que Guillermo Cabrera Infante la inmortalizó en una Habana para infantes difuntos.

Aquí, en las calles desconocidas para siempre de Saint Louis, Missouri, en una ciudad a donde nunca acabaré de llegar, ya tengo a otro fiel cómplice conductor en las guaguas de medianoche. Un paranoico, como yo. Un loquito lúcido de conspiraciones criminales. Blanco como la leche. Con su uniforme pulcro de chofer. Casi creepy. Y con una necesidad impostergable de contarme su vida del pí al pá: es decir, de parada en parada. Como si intuyera que yo soy un escritor de excepción. Como si me implorara que yo le diera forma súbita a su biografía de obrero que votó por Trump, confiando en él (y en mí) para así por fin salir de su anonimato. Como mismo aún le debo a Peralta la mejor crónica urbana de su ruta 23 fantasma.

Mi nuevo confidente de la ruta 16 se sabe al dedillo los asesinatos más atroces cometidos con el contubernio del gobierno de los USA. La mayoría fueron crímenes de los años sesenta, esa década suicida. La mayoría asociados a los asesinatos de John F. Kennedy y su amante Marilyn Monroe. En aquella época la costumbre de los blancos no era tanto matar negros en las calles (aunque también), sino matar a otros blancos de manera secreta y espectacular.

Mi chofer whistle-blower me susurra el caso de Dorothy Kilgallen. Cuando él era un niño (y esto hasta hoy era el secreto mejor guardado en todos los paraderos del transporte público planetario), a mi chofer le gustaba sentarse en familia a ver el show televisivo de What’s My Line? Allí estaba siempre su panelista y reportera Dorothy Kilgallen, de la que el niño-chofer estaba peligrosamente enamorado hasta el día de hoy.

En un momento en que nuestro héroe del silencio se quedó solo frente a la pantalla en blanco y negro del televisor (sus padres fueron a la cocina a preparar un snack familiar), él oyó como Dorothy declaró en vivo ante las cámaras y micrófonos: yo sé quiénes mataron a mi amiga Marilyn y a su amante J.F.K.

Más allá de la inversión de la jerarquía de poder, mi chofer infante se quedó frío. Me dice que comenzó a temblar. Para cuando sus padres regresaron de la cocina, mi infante chofer lloraba a moco tendido sin que se atreviera a contarle a nadie por qué. Pero esta noche él me lo ha contado a mí. Y ahora yo se lo estoy soplando a ustedes en español.

El niño que él era en el otoño de 1965 entendió que con esa confesión fuera de guión, a su Dorothy de las maravillas también la iban a asesinar. Y así fue. El 8 de noviembre ya estaba muerta. Apareció como aparecían las mujeres muertas de entonces, intoxicada por una sobredosis de barbitúricos y alcohol. Y cualquiera que tenga YouTube podrá comprobar cómo del FBI para arriba todo el mundo le tenía un ojo de muerte echado a este reportera radical, que incluso recién había filtrado a la prensa informaciones top-confidenciales de la Comisión Warren.

Toco la campanita de la guagua y ya me tengo que quedar. Llegamos a la parada de la esquina de mi casa. Mi amigo frena, abre la puerta del bus, y me mira con una tristeza en inglés que es mi misma tristeza en español. Estamos muy solos en medio de un mar de muertos tan anónimos como él y yo. Estamos jadeando memorias eméritas, eméticas. Vomitando verdades de pacotilla que a ningún estudiante de mi universidad ni a ningún pasajero de nuestra ruta podrían importarla ya nada. Somos dos espectros que se reconocen y se desean mutuamente good-night.

Y así. Cada noche un crimen de antaño. Mi chofer de supremacía blanca y yo, un negro encimarronado de un castrismo sin Castros en una fase terminal que nunca terminará. Parecemos dos cubanos en una nave espacial. La campanita es una reminiscencia de algún efecto especial. Pobrecitos mi chofer medio chocho y yo. Pobrecitas las dorothys y marilynes matadas de década en década por los norteamericanos. Pobrecita Cuba que creía que fuera de Cuba la vida era un don y es la misma debacle.

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