lunes, 27 de marzo de 2017

Lili y Landy de Lawton

Sociedad

Lili Marlén y yo


(ALEN LAUZÁN)

Lili es de Lawton. Del Lawton de mi memoria. Allá. En Cuba. Entre las chimeneas y las escalinatas de la noche Van Troi cubana. Escuelas, fábricas, prisiones: todo se llamaba "Nguyen Van Troi" en Lawton y en una Habana hecha de un laberinto de barrios Lawton. Cuando todos éramos niños y siempre lo íbamos a ser. Niños con padres. Cubanos de medio metro sin historia. Cubanos de medio metro que nunca íbamos a morir. Ni nadie. Tampoco Lili de Lawton.

Lili era la única hembra de sus tres o cuatro hermanos. Una familia linda, como todas las familias de entonces. Y revolucionaria. También como todas las familias de entonces. O al menos eso creíamos nosotros, los enanos de la Revolución. Niños pioneritos casi con el apellido Van Troi tatuado en la piel, al peor estilo de una vacuna gratis estatal. Cubanitos al margen del horror. Porque el horror en la dictadura cubana era un señor fantasma. Como la dictadura cubana misma lo era, un fantasma que todavía hoy recorre y corroe la Europa escondida en nuestro corazón, nuestras ansias de olvidar y ser otros.

Así fue cómo el castrismo no dejó desaparecidos. Así fue cómo el castrismo a todos nos apareció: nos hizo un pueblo de aparecidos, fantasmal. Ha sido la dictadura cubana en pleno la desaparecida. La dictadura que, sin embargo, a ningún demócrata del mundo se le apareció. Ninguna democracia nos creyó en tanto cubanos. Estábamos locos, éramos ingratos: una partida de reaccionarios. Nadie nos escuchaba a nosotros, los cubanos que crecíamos. Como Lili también creció. Como tuve que crecer yo, sin poder evitarlo. Hasta que ahora somos dos cubanos muy grandes. Demasiado grandes para caber con comodidad dentro de la misma Cuba, sea dictatorial o revolucionaria.

Lili se graduó del MinInt. Yo, de un Pre de la calle (nunca toleré la idea de becarme: entre otros motivos personales, por simple cobarde). Su uniforme verde olivo lucía tan diferente en ella, su uniforme de verde lili. Saya corta, medias negras, zapatos ortopédicos, blusita entallada, pelo lacio corto, negrísimo, labios carnosos, de carmín, parpados con polvo violeta, un tin cheos y a la par tan vulnerables, tan muchacha conmovedora en su complicidad de Kohlys y Castros, incluidos brillitos y esa areola de los desodorantes ochenteros del socialismo cubano, que llegó a los noventa como un desierto decrépito, y siguió sin parar hasta los años ceros del sinsentido insular, hasta que Fidel finalmente tuvo la cortesía de morirse sin decirnos siquiera ni adiós.

Todo esto mientras yo pululo por los exilios extemporáneos de Cuba, todavía atrapado en aquella noche Van Troi de Lawton, en la que Lili ahora es un alto oficial de la embajada cubana en Washington, D.C., apuesta como toda buen Peter Pan, incapaz de envejecer, como mismo aun no me atrevo a envejecer yo.

Hemos dormido muy cerquita, Lili y yo. En Lawton, las ventanas de nuestros cuartos casi se comunicaban por sobre el cuchillo de Beales y Fonts. Bastaba con abrir las persianas republicanas para poder espiarnos. Ella, desde su segundo piso. Yo, desde mi jardín de brujitas y espárragos. Ahora también. Seguimos persiguiéndonos el sueño o las pesadillas. En la capital de los Estados Unidos de América continuamos acostándonos más que cerquita, almohada con almohada casi. Las cabezas recostadas en habitaciones sin historia, en una comunidad sin padres en la vacua vecindad de la Calle 16 del North West, huerfanitos a los que ya no nos ilusiona ni espiarnos, porque Lili y yo supuestamente somos ahora el enemigo. Ese es el mejor legado de Fidel. Destilar el oprobio de su odio más allá del polvo patrio que pernocta en el cementerio de Santa Ifigenia, junto a las cucarachas insignes de José Martí.

Lili, la funcionaria castrista que impone, marcial, el apartheid migratorio a millones de cubanos desperdigados por todo el planeta. Yo, el escritor extranjero que aun juega a llamarse "cubano", cuando a su barrio natal ni de visita ya me dejan viajar. Ni de visita ya me dejas viajar, inolvidable vecinita de nuestra prehistoria infantil.

Moriremos, pues, en Cubas ajenas, antípodas, Lili y yo. Como corresponde a adultos más o menos adulterados. Ella, extrañada de cómo pudo "Pardito" cambiar tanto de mentalidad (así me llamaba siempre ella, juntos a sus tres o cuatro hermanos y su mamá, homónima de la mía: Marías de la miseria maravillosa de no tener que ser ciudadanos, sino compañeros cálidos hasta el momento de la delación.) Yo, extrañándola no solo a ella, sino a todo aquel cosmos bucólico en los tiempos de una barbarie si no racional al menos sí racionada. De Planes Tarecos y Planes de la Calle. Edén falaz con que nuestros mutuos padres nos impusieron el acto elemental de ser feliz. Y lo hicieron tan honestamente como pudieron, hasta que reventaron de hipocresía.

Pobres, pobres padres de Lili Marlén y Orlando Luis, exhaustos de darnos amor con tal de no dejarnos caer en el anti-castrismo, como al cabo caí yo. Hasta que un día del siglo XXI se murieron mutuamente, también sin decirnos ni adiós. Dejándonos a Lili y a mí huérfanos hasta de una hoja de ruta para intentar la utopía triste, por tan tardía, de una mínima reconciliación.

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