martes, 4 de abril de 2017

Pon tu pensamiento en mi





Soñar Cuba nos cuesta un mundo

Orlando Luis Pardo Lazo



Son días de muerte, en los que uno se queda noqueado a mitad de tarde. El cerebro se nos desconecta. El exilio nos dice de pronto: oye, cubano, estoy aquí. Y uno cae como muerto sobre la siesta de la cama. Boqueando por aire, por ánimo, por alma. Como muerto, no. Muerto como tal.



Excepto por los sueños, esa bendita maldición.



Esta tarde llovía con ganas en la primavera sucia de Saint Louis. Tronó. Hacía siglos que no oía tronar así, como en Cuba. Y yo me babeaba como un cadáver reciente sobre mi canapé, en uno de esos estudios que la universidad le da a sus estudiantes graduados para que ahorren dos quilos y piensen claustrofóbicamente en sus tesis de Ph.D.



University City, en San (Orlando) Louis, estado segregadísimo de Missouri.



No sé bien lo que soñé, pero sé que era con Cuba. No debo de haberme dormido demasiado. Cuando más, media hora. Pero además del olor de la lluvia, gruesa y polvorienta, como los aguaceros de La Habana, con toquecito recónditamente invernal, me despertó la mezcla con otro olor. Un olor a mi casa, allá en Lawton, a madera mojada con un retintín de frijoles negros.



Sí, de frijoles negros. Un aroma de infancia entrando por mi ventana junto con el bullicio extranjero de la lluvia. Lo fui oliendo dormido. Muerto, primero. Después, despertando.



Sentí una alegría de niño no huérfano. Una felicidad ancestral, pura, incontaminada de mundo y desamor y maldad (no de los otros, sino mi mundo, mi desamor, mi maldad). Y entonces me cayó encima en el sueño una tristeza del recontracoño de su madre. Como morirse de nuevo, estando ya muerto. Una opresión de piedra en el corazón. Pensé que era un infarto. Pensé que me iban a encontrar cadáver dentro de una semana. Solo. Aislado. Desconsolado. Pero no.



Lo que pasó fue que me desperté llorando. Llorando a lágrima viva, con gotas tan gruesas como las del aguacero. Y no entendía todavía por qué. Hasta que recordé los olores del sueño. Y sí. No eran un efecto secundario de mi imaginación. Tampoco era ningún daño colateral en mi mente, por ser un cubano sin otros cubanos a mi alrededor. Era físico. Era una cosa material. Podía olerlas todavía, según me despabilaba. En efecto, por encima del olor maternal de la lluvia, como en Cuba, había moléculas de frijoles negros en mi habitación.



Santo cielo. Alguno de mis vecinos en el edificio debía de estarlos cocinando. No se oía el ulular de las ollas de presión, porque ese artefacto no se usa en las cocinas de los Estados Unidos, pero era obvio que alguien muy cerca le estaba dando candela a un cazuelón de frijoles negros. Y con los mismos condimentos con que yo crecí, a golpe de arroz con frijoles, en un reparto hoy hecho talco de La Habana eterna: el Lawton nuestro que estás en el cieno…



La tristeza no se me quitaba ni después de ducharme. Todo mi apartamento olía a aquel olor. Casi podía masticarlo. Qué abusadores son estos americanos. O tal vez fueran inmigrantes los que me torturaban. Con gusto hubiera tocado puerta por puerta hasta averiguar quién era quien cocinaba así. Con gusto me le hubiera echado al cuello llorando a quien me respondiera: soy yo. Con gusto le hubiera pedido: no cocines más esa mierda que me revuelve la vida o, por lo menos, déjame vivir contigo hasta la eternidad.



Los cubanos estamos muy mal. Así de locos. Así de sentimentales. La nostalgia comienza por la barriga. Nos ha matado no tanto este exilio ya irreversible, inexistente, como su funeraria falta de sabor. Su insustancialidad. Su radical estado de negra desfrijolización.



Me calmé. Me senté frente a la computadora. Pensé en mí. Pensé en ti. Pensé en nosotros. En todas las siestas y seis de la tarde que hemos pasado tan juntos, acaso sin darnos cuenta. Sin prestarle atención a lo inatendible, a lo cotidiano que nos hizo humanos y cuya ausencia luego nos desapareció.



Porque eso somos los cubanos de Cuba sin Cuba, bajo el tictac de la lluvia ajena y las volutas aromáticas de esas frijoladas que hemos perdido en la Isla, y de paso en todo el planeta. No nos llamemos más a engaño, por favor. Es mentira aquel refrán más o menos reaccionario de que “más se perdió en Cuba”. Caballeros: en Cuba no se le ha perdido nada a nadie. Pero los cubanos de Cuba sin Cuba sí que seguimos siendo todos unos desaparecidos.



No te me desaparezcas tú. Pon tu pensamiento en mí. Mira que se me han quedado coaguladas entre pecho y pecho un par de cositas que te quería y aún no te he sabido decir.



1 comentario:

Ana Brett dijo...

Es de nosotros la olla de presión. Caraotas negras en Venezuela. Antes de dormir leí esto de casualidad y lo comparto:
¿Cuál es tu más intimo refugio?
Huir. Dejarlo todo atrás es irse hacia ningún lado.
¿Hacia donde corres cuando lo necesitas?
No se va hacia ningún sitio cuando se huye. Simplemente se corre.
Entrevista de María Ramírez Ribes a Carmen Buollosa.