jueves, 4 de mayo de 2017

De nunca máses





No quiero ver nunca más la funeraria de Luyanó. Nunca más la avenida de Luyanó, serpenteante, siniestra bajo el sol de plomo fundido durante el día, sobrecogedora bajo la luna ciega de las madrugadas cubanas.

No quiero ver nunca más una esquina. En el exilio no existen las esquinas, por suerte. Nunca más Toyo o Tejas. Nunca más La Víbora ni El Mónaco. Nunca más la rotonda de la Shell o de Cojímar. En las esquinas cubanas hasta la memoria se dobla, retorciendo el tiempo de nuestras vidas. En el exilio no existe el tiempo, por suerte, ni nuestras vidas.

Nunca más quiero verme entre las ruinas de una ciudad llamada antes La Habana, deshabitada ahora por cualquier cosa menos por habaneros. Porque nadie conoce ya a La Habana, donde no saben ni siquiera que sobreviven. Los cubanos ya sólo la usurpan, la insultan. Pero nadie es de allí. Tampoco nadie aspira a morirse allí. En el exilio, por suerte, no hay Habana. Sólo muerte.

No quiero ver nunca más a las personas queridas. A los muertos que se me murieron y yo nunca los acabé de morir allí. Tati y su Isauro. Tita y su Abel. Clara y Valladares. Berta y Osmín. Las dos Margot. Santos, Gilberto. Manolito y Ulises, mi Ulises del alma. En el exilio ustedes no son ni fantasmas. Eso alivia. En el exilio el fantasma ahora soy yo.

Nunca más quiero verme rodeado de cubanos en Cuba. Era triste, muy triste. Ustedes ni se imaginan. No me enloquecí de milagro. Es decir, hubiera sido un milagro no enloquecer. Salí tarde. Salí atontado. Salí hecho trizas. No vine. No estoy aquí.

No quiero verme nunca más parado en una parada. Los oídos zumbando. A punto de desmayarme. Resistiendo sólo para no hacer el ridículo. Sin nada que hacer, excepto esperar una guagua que no venía y si venía, no me llevaba a ninguna parte. Así estuve casi veinte años. Así perdí la mitad de la vida que no alcanzaré a vivir. Me demoré como un idiota. Cada cual se demora como lo que cada cual es.

Nunca más quiero verme sentado delante de un plato de comida ante el televisor. Nunca más quiero oír las ollas silbando al unísono desde la siete de la mañana. ¿Por qué cocinaban tanto? ¿Qué es lo que cocinaban tanto? ¿Por qué en Cuba cocinábamos a toda hora, sin nada que comer, desde que repuntaba el sol hasta casi la medianoche, para dejar en remojo la comida ausente del próximo día?

No quiero verme hablando en cubano como si los cubanos me comprendieran. Esa mentira me mató el alma. No me comprenden. Los cubanos no me comprenden. Yo no quiero hacerme comprender por los cubanos.

No quiero verme en un hospital gratuito. Las enfermeras como niñas, los médicos como mentecatos, los camillistas como canallas. El síndrome del aula eterna, el caricaturesco trauma de la eterna pañoleta anudada a tu cuello, aunque tengas 80 años, esa tela de nylon sofocante, esa tara. Cuba no está ni remotamente en su prehistoria. Cuba está en una edad preescolar.

No quiero verme pidiendo trabajo para no cobrar un salario. No es una crítica económica. En el exilio tengo menos dinero que en Cuba. Es una crítica de corte filosofal. He vivido como una larva, sin trabajar, sin pertenecer. Sociópata de remate en medio de un socialismo ausente, donde lo único que le está prohibido al ser humano es precisamente socializar. En Cuba no hay sociedad. Cuba en ese sentido es indistinguible del más irreversible de los exilios.

No quiero que mis ojos que ya se están cansando vuelvan a ver a Lawton. Debe de estar irreconocible. No quiero que mis ojos que ya están más que cansados vuelvan a ver a Regla, Guanabacoa, las playas invernales de aquella infancia que ahora es como si hubiera sido de otro. No quiero que mis ojos que no están vuelvan a darse cuenta de que todo sigue estando. No, por favor. Ningún hijo de dios merece morir dos veces en vida. Ningún hijo de hombre merece matar dos veces a dios.

Nunca más es nunca más. Nunca más nunca estuvo tan cerca como ahora de mí.



5 comentarios:

Anónimo dijo...

estoy contigo 100%, por eso trate de nunca mas volver, de nunca mas mirar, de nunca mas vivir esa tierra que en realidad tanto sufrimiento trae a todo el que la habita. y se te queda ese tajo que no cierra de un recuerdo que no hay forma de borrar porque lo sembraron tan profundo que es imposible sacarlo de raiz, siempre algo queda y vuelve a brotar el muy maldito. fruto del malnacido que nos doblego a su imagen y semejanza, desgraciado hijo de cuba que mal uso y deformo al pobre Marti.

el hacha.

Anónimo dijo...

No eres el único cubano que tristemente experimenta algo así, nos desgarraron a muchos los momentos buenos de nuestras vidas para pocos tener muchos momentos buenos, y lo más triste cuántos quedan alla sin esperanza, sin comprender a los cubanos y sin que los comprendan a ellos como dices, bendiciones Pardo.

Luis Ángel Méndez Gort dijo...

Interpretación: Tú no quieres Cuba y cubanos como lo que son actualmente. Sin embargo dejas abierta la posibilidad de querer otra forma del espacio geográfico y las personas que lo habitan.

Lenier Pernas dijo...

Vivo horrorizado... tengo pesadillas.... lo unico que me aterra es que los huesos de mis muertos, ésos tan queridos que ni siquiera salieron del pueblo, sean ultrajados por la barahunda de sacrilegos que ni descansar los muertos dejan.

Daisy Valera dijo...

Hace solo dos días miraba el librero (este pequeño libreo de mi exilio) y te recordaba. En una una esquina los libros de Cabrera Infante que me faltaban por leer y compré y leí a pocos meses de llegar a México. Recordé el entusiasmo con que devoré aquellos que me prestaste en La Habana y me di cuenta que no los leería nunca más, que no me interesa en lo absoluto La Habana. La Habana, Cuba, los cubanos; dejaron de existir.