martes, 18 de julio de 2017

Por esta vez sin información visual



Mi papá me hacía cuentos. Me contaba cosas que tal vez un niño tan pequeño no debiera de conocer. Por eso mismo fueron tan memorables. Por eso mismo serán las últimas que en vida voy a recordar.


Cuentos para dormir. Pero era imposible dormir con aquellos cuentos. Mi papá tenía el don de la narrativa. Y tenía el don de su voz de papá. Dos tesoros que me alejaban del sueño y me sumergían en el insomnio de la imaginación.


Me sentí inmortal bajo la luz oral de mi padre. Me sentí vivo. Me sentí feliz. Incluso ahora puedo casi sentir lo que fue estar vivo y feliz alguna vez, aunque ahora ya todo sea parodia e inercia. Aunque ahora no haya más remedio que simular y sobrevivir.


Mi papá me contaba cuentos de aparecidos, de almas en pena, de crímenes ocurridos cuando único podían ocurrir: en el capitalismo cubano. Porque la Revolución comunista era demasiado desierto para alojar ningún tipo de historia vital. Y también me contaba cuentos que ocurrían, por supuesto, en ese otro paraíso imposible en la Cuba de los atroces años setenta: historias del extranjero.


En todos sus cuentos había siempre una muchacha, aunque a veces la muchacha moría. O ya estaba muerta antes de empezar. Y en todos sus cuentos yo aprendía siempre lo que era el amor antes del amor. Y aprendía de súbito a enamorarme por primera vez cada vez, no sé bien si de la muchacha o de mi propio amor, que entonces me sorprendía y me hacía sentir mil veces mejor que el resto de la humanidad.


A cada una de aquellas muchachas de palabras yo me las imaginaba muy blancas, muy frágiles, muy levitantes. Muy enamoradas de mí o de mi asombroso amor hacia cada una de ellas. Un amor indestructible, fiel como carajo, felicidad filtrada a través de los cuentos que me hacía puntualmente mi padre. De noche, a la luz del alma. Todavía no hay manera de decirlo mejor.


He buscado a esa muchacha infatigablemente. Estoy exhausto. Creo haberla atisbado sin excepción. Siempre fue ella, siempre fueron ella. También, sin excepción, a todas las he perdido en el reino de lo efímero. Se fueron o yo me fui.


Le he fallado a mi padre. O mi padre me mintió al borde de mi cama de infancia. O tal vez la explicación sea mucho más sencilla: las muchachas, como el amor, estaban todas muertas antes de empezar. 


Como muerto está ahora mi padre. Como muerto está ahora nuestro mundo de cuentos inconcebibles que ya a ningún hijo le contaré. Como muertas están las noches con alma de nuestro país en pasado. Como mismo se nos murió aquel lenguaje sin límites, milagroso al punto de lo material, que era una cosa tan fascinante y a la vez tan familiar.


Las extraño a todas. A todas ahora, por favor, les pido perdón. Es muy posible que el muerto en vida sólo haya sido yo.


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