martes, 29 de agosto de 2017

DESAYUNO CON TIJERAS




 DESAYUNO CON TIJERAS
Orlando Luis Pardo Lazo


Me paré frente al espejo del baño. Estaba wild. Tenía una barba de viejo, desbocada. Los pelos rojizos y blancos desbordaban mi cuello y mi cara. Yo era un viejo de 45 años. Desquiciado. Un animal sin casa. Odié al espejo del baño.


Fui a la única gaveta que tengo en mi studio de estudiante de doctorado en una universidad norteamericana del mid-west. Una gaveta plástica. Barata. Repleta de papeles y cosas. En su última visita a los Estados Unidos, mi madre me trajo una tijera cubana. No una, sino nuestra tijera cubana. La misma que recuerdo desde mi infancia, la fiel compañera de mi madre y mi niñez junto a su máquina de coser: una Singer inevitable. Una tijera emblemática. Una tijera que yo podría poner con gusto en lugar de la estrella en la bandera cubana.


Viré para el baño. No estaba para nada alterado. Estaba simplemente en otra parte. Comencé a quitarme la barba. Fue mucho peor. Mi propia piel me parecía de pronto irreconocible. Ese maldito espejo norteamericano. Este maldito paisaje norteamericano. Este maldito país norteamericano. Me pregunto qué hemos estado y qué seguimos haciendo todos los cubanos aquí. ¿Qué se nos ha perdido en los Estados Unidos, con su maléfica carga de studios con espejos que nos devuelven imágenes que nunca hubiéramos imaginado?


Aunque mis movimientos eran apáticos, casi afásicos, de pronto me di un tijeretazo terrible. Me llevé de un tajo medio bigote y media nariz. Comencé a sangrar. Indetenible, incréible, inverosímilmente. Sangraba y sangraba por un corte que nadie más que yo mismo me había dado. Ni siquiera vi el movimiento de la tijera. Tal vez fue la tijera sola quien me cortó. La venganza de la tijera cubana. La venganza de la tierra cubana. La venganza de los cubanos, cada cual con una tijera traída de Cuba en la mano y con un espejo espeluznante en el corazón.


No hice nada para detener la hemorragia. Si iba a morir, que muriera así, de pie. Mirándome. En una habitación rentada con monedas extrañas.


Evidentemente no morí. No me quedó ni marca. El exilio es eso: acumular cada mañana experiencias extremas donde, sin embargo, hasta las cicatrices son falsas. El exilio es habitar en ayunos. Un ayuno incesante que no se puede romper, ni rápido ni lento, con ningún breakfast continental.

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