viernes, 15 de septiembre de 2017

Un poco al estilo de Salinger



Un poco al estilo de Salinger
Orlando Luis Pardo Lazo

Nos perdimos la belleza de una segunda guerra mundial. Nos perdimos ser reclutados en una ciudad lejana con cafés, con cervezas, y con mujeres solitarias sentadas ante la barra como si fuera un altar. Nos perdimos hablarles, la cualidad del diálogo entre desconocidos con destinos opuestos.

No sé. Hay noches en que pienso en todas esas pérdidas. Y en que sólo por eso los cubanos nunca podremos formar parte de la civilización.

No somos un pueblo occidental. Nos falta la experiencia de una vida adulta. Que es la experiencia de la belleza bárbara de una segunda guerra mundial. La experiencia de ser reclutados en una ciudad ajena donde las mujeres se sientan solas en los bares como ante un altar. Y la experiencia de poder hablarles entonces, en cualquiera de esos anocheceres foráneos, fascinados ambos por ser tan desconocidos en medio de la historia universal y, sin embargo, de pronto ya estarnos amando desde la primera cerveza o café hasta el fin de la eternidad.

Parece poesía. Tal vez un poco lo sea. Cubanos escuálidos y conmovedores, al estilo de un cuento de Salinger.

En las noches de insomnio extraño eso para mi patria. Un país de personas. Donde cada palabra cuente. Donde biografía no sea un sinónimo de mentira. Y donde a la gente se le inculque desde muy pequeños el instinto sagrado de la curiosidad. Sin miedo. Las ganas de no morirnos. Sin miedo. Y el asombro atroz de llevar cada uno al universo entero debajo del cráneo. Sin miedo.

Los cubanos carecemos de una cubanía salinger que nos salve. Nuestra raza nunca fue del todo alfabetizada. Leímos mucho y leímos mal. No alcanzó el silencio para todos y el bullicio nos convirtió muy pronto en pobres personajes anti-literarios. Parodias pésimas. Exhibicionistas a la intemperie de la ideología más idiota del siglo, sin siquiera el menor resquicio de un espacio interior.

Por más que bebamos y nos emborrachemos, a los cubanos nos va a costar muchísimo trabajo aprender el arte cívico de la privacidad, de los cuerpos contenidos en público, de los parlamentos dichos no para seducir sino para durar.

No sé. Hay noches en que me acuesto en mi cama de exilio y no consigo dormir, pensando en cosas mitad escuálidas y mitad conmovedoras como éstas. Catástrofes pasadas de moda que ya nadie extraña, pero que yo extraño. Resonancias de una Revolución que se fue de revoluciones desde el inicio, arrebatándonos por igual mujeres y guerras, barras y bares, cafés y cervezas, conversaciones y soledades.

Las carencias de los cubanos no se curan con cosas. La nuestra es una carestía crónica, constitucional. Y hasta que no aprendamos a vernos como habitantes políticos de este planeta, la política entre cubanos seguirá dándonos pánico. Y pena propia.

La noche nos convoca de nuevo esta noche. Estamos vivos y desvelados. Todavía hay más tiempo que vida. Y más vida que Revolución.

Cubansummatum est.


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