miércoles, 18 de octubre de 2017

Cubanos sin Cuba

Cubanos sin Cuba
Orlando Luis Pardo Lazo


Como todo exilio que se respete, los Estados Unidos son el país de la mentira y la muerte. Es aquí donde los cubanos hemos creído llegar, con ínfulas más o menos idiotas de libertad. Y es aquí, también, donde los cubanos vamos cayendo cadáveres, como moscas mediocres que nunca se emanciparon.


Estados Unidos se nos hizo demasiado tarde para los cubanos. Miramos y miramos en derredor, esperando acaso un milagro, por puro supersticiosos que somos desde que literalmente vagábamos por la Isla, pero el milagro a estas alturas ha devenido una mierda descomunal. Lo que nos queda es la inercia y una innata idea de lo que hubiéramos podido ser de habernos dado cuenta a tiempo de que ya lo éramos.


Acostúmbrate.


Los cubanos somos menos que inmigrantes aquí. Todos los latinoamericanos nos odian, con sus sonrisitas arteras y sus acentos sacados de la telenovela de turno. Los cubanos somos nordacas, animales con voluntad de triunfar en el Norte y despojarnos de toda nuestra tara del sur. Pero ya no tenemos lugar aquí. Ni en los cementerios. Sólo cenizas quedarán de todo. Sombras nada más. Entre tu vida y la mía, vidas vaciadas hasta de biografía. Porque tú y yo bien sabemos que Estados Unidos va de cabeza y de culo al socialismo de los solventes. Y esa tendencia al totalitarismo de izquierda no la puede revertir ni siquiera una guerra nuclear.


Entonces por fin seremos parias en el planeta completo. Por fin podremos entender, los que no seamos tan brutos como nuestros vecinos, que no hay retorno posible a Cuba. Porque Cuba fue el inicio de estos Estados Unidos mentirosos, mórbidos y, sobre todo, mediocres. Mentecatos. Porque con la carencia crónica de Cuba nunca se nos quedó ninguna patria regada allá atrás, en el basurero entrañable de la memoria y la esquina más descojonada de nuestro corazón.


Estamos solos. Creo que por suerte. La guerra comienza ahora.


Mi amor, no confíes en ningún norteamericano. Y no confíes en ningún inmigrante a este país. Esto es entre tú y yo. Te lo digo a tu oído, como amantes. Necesitamos un sionismo cubano. Fundar una plantación, no con todos ni mucho menos para el bien de todos, sino discriminatoriamente sólo para los cubanos buenos. Una finca de luz. Un ghetto de gloria. Se llama sentido común. Lo otro fue demagogia decimonónica de ese monstruo de frialdad llamado José Martí (así le llamaban las mujeres en sus cartas desconsoladas: “monstruo de frialdad”).


Mi amor, necesitamos una derecha decente. Necesitamos un apartheid en contra de la izquierda totalitaria que ha carcomido a Latinoamérica y que ahora corroe cómplice a los Estados Unidos.


Toma mi mano. Te quiero hoy. ¿Sabes qué? Nunca te he dejado de pensar. No por altruismo, sino porque me gustas. Porque, además, me encanta que yo te encante. Porque estoy enamorado de ti y tú de mí. Qué privilegio, en medio de esta mierda de nación plural donde lo primero que está penado es precisamente el amor. Tengo la impresión que los Estados Unidos es una burbuja donde, quien no es un perverso, es porque padece anorgasmia. Decadencia, sí. Degeneración, cómo no. No le tengamos miedo al lenguaje. Nadie te hablado nunca como te estoy hablando ahora yo.


Mi amor, no compartas estas palabras. Es un panfleto del alma y ha sido escrito única y exclusivamente para ti. Te amo. Nunca está de más repetirlo. Yo te amo, incluso cuando ya no te acuerdes de mí. Te toco. Te tengo. Cada una de mis fibras vibra y rebota en ti. Esta comunión tiene que ser obra de alguien más grande que tú y yo.


Súbete a un techo, por favor. Ahora. Termina de leerme lejos de la grosería federal.


Mira, tati, cómo la noche avanza y arrasa sobre nuestras cabezas de exilio. Mira la velocidad alucinante de los astros. Dan vueltas como reguiletes. Los aviones pasan silentes, casi a la mano, dejando un rastro de humo que se parece tanto a nosotros, los cubanos sin Cuba, pero con cubanos.


Los carros zumban en las autopistas. Los norteamericanos se matan de tan energúmenos que son entre sí. Ni siquiera eso. Se matan energúmenamente entre otros, porque ya ni un solo habitante de los Estados Unidos es norteamericano como tal. No están aquí. Se fueron a hacer la revolución de los pobres a nivel mundial. Cedieron su espacio vital para los desposeídos, que ya vienen a repoblar la infertilidad natural de una intelectualidad siniestra. Renunciaron con pena pacata a su propia narrativa. Son todos ahora una minoría nativa. No les dediques ni un minuto más. Sé tú. Sé fundamental y fundamentalistamente cubano.


Respira. Hay una cosa allá arriba llamada dios, con minúscula. Es nuestra existencia exclusiva. Somos, aunque no lo creamos todavía, casi contemporáneos. Estamos ahora y aquí. Esa presencia mutua se llama Poder, con mayúscula. Por eso te quería dar las gracias ahora por estar ahora y aquí. Ya sé que no has hecho nada para estarlo, pero igual no quería que se nos acabara nuestro tiempo común en La Tierra sin agradecértelo. Te lo repito, mi amor. Te quiero a ti.


Baja ya si quieres de esa azotea. Es un martes del mundo. Todo es rabiosamente maravilloso. El fuego aún vive entre nosotros, dentro de nosotros. Somos un pueblo elegido. No usé la palabra sionismo por gusto. Los cubanos somos el Israel de las Américas. Siempre lo supimos. Y siempre nos dejamos distraer por la brutalidad vecinal. Nadie en este hemisferio brilla más que la lumbre que hemos descubierto en los ojos de una mujer o un hombre cubanos a quienes tú y yo adoramos, siglos atrás. Trata de recordar ese fulgor, ese rayo, ese renacer. Trata de ser tú de nuevo, por favor.


Me callo ahora por un ratico. Es triste vivir para siempre sin un paisaje. Eso sí que lo perdimos cuando perdimos a Cuba desde ahora hasta la eternidad. Nos arrebataron la paz que da asomarse a un paisaje propio, reconocible.


En Estados Unidos y en el resto de Europa (porque Estados Unidos es Europa, nunca lo dudes) los cubanos reímos y lloramos como turistas. Tampoco estamos aquí. Casi que ya nos hemos confundido con la inmundicia íntima del ser norteamericano. Andamos en andrajos por nuestra pérdida permanente del paisaje. Y así es imposible ni elegirnos a nosotros mismos.


Lo primero sería, pues, ocupar un espacio. Un observatorio estelar, desde donde clavar nuestros huesos en el magma de la tierra y no sentir que hemos visto y vivido en vano. Y saber que estamos trayendo a otros cubanos mejores que nosotros para extender este ramalazo de luz. Y sentir que engendramos por puro amor, que somos alguienes capaces de crear y creer en los alguienes que vendrán, algo que ningún Estado concreto ni ninguna Fe abstracta podría jamás hacer por nosotros.  


Te beso. Te abrazo. No es falta de cariño. Te quiero con el alma. Pero tampoco te digo adiós.

Tuyo,


Lord Landy.

1 comentario:

Anónimo dijo...

yo no se bro, pero cada dia me suenas mas distante y mas desconectado. perdona mi impresion poco literaria e infantil, pero es lo que recibo.

el hacha.