domingo, 29 de octubre de 2017

Dreaming in Cuban de verdad


10. Primeros sueños

        Un día me desperté estando ya en Cuba.
        Fue muy al inicio. En Pittsburgh, Pennsylvania. Durante una beca de literatura para publicar una especie de antología. Cuentos cubanos traducidos al inglés lo mejor que se pudo pagar a un número más o menos amateur de traductores.
        Éramos dieciséis escritores cubanos, la mayoría de La Habana. Con un prólogo mío, bien provocador y político, para presentarles inapropiadamente a los yanquis mis dieciséis narradores de la “Generación Año Cero”, según nos dio por llamarnos poco antes de yo emigrar, unos meses atrás.
        Por entonces era el verano del 2013.
        Desde el martes 5 de marzo, todos los días yo soñaba que estaba en Cuba, como supongo sea lo natural. Soñarlo, no estarlo.
        Pero esa mañana amanecí convencido de que ahora sí estaba en Cuba de verdad. Físicamente.
        Abrí los ojos y mi cuarto alquilado en Pittsburgh todavía lo era: Cuba, Pennsylvania.
        El mismo churre en el techo. Los mismos desgarrones de la pared. El mismo cansancio en mi cuerpo. La misma falta de perspectivas en mi corazón. Y la misma escandalera de los gorriones al otro lado de las persianas.
        Un cosmos resuelto.
        No faltaba nada.
        Después de semanas y meses de amanecer medio mareado en el exilio, ahora yo estaba más que seguro de haber regresado a Cuba sin darme cuenta desde los USA. O tal vez de nunca haber salido de mi país.
        Como si los Estados Unidos hubieran sido sólo un mal sueño. Una pesadilla de gente que me halaba por la manga de la camisa y me obligaban a hablar en público en contra de la Revolución, antes o después de hacerse un selfie conmigo.
        Gente linda, cubanos con un alma mucho más noble que Cuba. Pero también un público atiborrante, una muchedumbre que yo no podía controlar.
        Toneladas de calor humano.
        Aplausos apátridas que seguían propinándome en todas las universidades que visité, hasta terminar un poco zombi por la marea de cariño y la náusea de creer que todo el mundo era millonario.
        Yo, el mendigo renegado de nuestro paraíso gratuito.
        Diríase que me hubieran estado esperando durante toda la vida. Pero, a la vez, no podían hacer casi nada por mí. Excepto estrecharme en un abrazo y desearme toda la suerte del mundo para cuando yo estuviera de vuelta en Cuba otra vez.
        Muchos me daban dinero para esa empresa. Volver.
        Los billetes más conmovedores de mi existencia.
        En realidad, ninguno era rico ni mucho menos. Le estaban quitando esa plata a la renta de sus familias, así aspiraban a ayudar a un rehén escapado efímeramente de la Revolución. Un fugitivo que por fin ahora ya estaba de vuelta en Cuba otra vez.
        Con los ojos abiertos de espanto sobre una cama alquilada en Pittsburgh, Pennsylvania, donde hasta en el verano hace un raro frío por las madrugadas.
        Lo primero que sentí fue la vorágine de una alegría atroz, vertiginosa.
        ¡Estaba en casa!
        Aunque Cuba hacía mucho rato que no era mi casa.
        Estaba en casa, y no me habían metido preso al entrar por el aeropuerto internacional José Martí.
        Esa felicidad duró supongo varios minutos.
        Ya podía respirar en paz. Mi vida no había cambiado en nada. Los Estados Unidos eran, en efecto, una sensacional mentira. Menos mal.
        Sonreí por primera vez desde el martes 5 de marzo de 2013, a las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde.
        Entonces vino como un rafagazo de luz. Un hachazo de lucidez, de locura. Que me partió en mil pedazos el cráneo.
        Crac.
        Los huesos de la cabeza me los sentí clavados en la garganta. Quise gritar y, por supuesto, no pude. Eso es un tema clásico de las duermevelas. Nada original.
        Estaba en una cárcel llamada Cuba. Había caído en una trampa sin darme cuenta.
        Estaba en Cuba, acostado en mi cama. Por lo que yo acababa de desperdiciar la única oportunidad de ser libre que Dios o el Estado gentilmente me habían dado.
        Nunca más vería a los Estados Unidos.
        Nunca más en la vida vería sus grises y sus carreteras desde el aire.
        Ni tampoco a los cubanos sin Cuba que, sin saberlo, yo ya había empezado a querer.
        El amor es ansí. Uno ama cuando no se entera de amar.
        Pensé en Rolando Pulido, el diseñador solitario y triste de Rego Park, Nueva York. La encarnación del amor en un escenario donde todos se han ido ya. Donde a todos ya nos han ido.
        Pensé en que nunca más tendría en mi mano un móvil con internet, para reconectar a tanta y tanta gente regada por todo el planeta Cuba.
        Pensé en Rosa María Payá. Y en la muerte de su padre que yo presencié en Cuba. Más de una vez. Porque varias veces en Lawton vi en sueños cómo lo mataban. Y cada vez me despertaba más y más convencido de que, en efecto, lo mataron así: reventándole el cráneo con las manos de otros cubanos no menos cubanos que él.
        Tuve una arqueada. Sentí revoltura en el estómago.
        Me temblaban todos los músculos. Comencé a sudar.
        Salté de la cama.
        Saqué la cabeza y puede que medio cuerpo por la ventana.   Pensé que iba a vomitar hasta las vísceras, sin saber del todo sobre cuál ciudad. En cualquier caso, sobre una ciudad cubana o norteamericana de Pennsylvania.
        Si no lo echaba todo afuera de un palo, sentí que me iba a asfixiar.
        Es lo que estoy haciendo ahora. Vomitando.
        No quería morir todavía. No quería una muerte súbita y sin haberla contado.
        Es patético morir como se mueren muchos bebés, en la inconciencia de un buche sacado del alma o de la vesícula biliar.
        Miré afuera. Es decir, recuperé la visión.
        El paisaje era igual de pedestre. Casitas de madera y ladrillo.
        Negros jóvenes, blancos empobrecidos, basuras de abuelas.
        Ni uno solo con pinta de inmigrante. Lo bueno de Cuba es que en Cuba todos somos cubanos. No hay casualidad.
        Perros haciendo caca al lado de sus amos con cara de caca.
        El cielo tempranero era de un azul tropical. Las nubes, blancas como en todas partes.
        Pero sobre los muros y techos de la ciudad corría un tren de ardillas. Y ni un solo gato.
        Ese único delicado detalle detuvo de un mazazo mi alucinación.
        Qué Cuba de qué.
        Yo estaba lejos de casa. Nunca había estado ni cerca.
        Estar en casa es, cuando menos, una contradicción.
        Metí el cuerpo dentro de mi cuarto alquilado y corrí al baño.
        Me puse a mear como un loco. Litros y litros de meado en libertad.
        Espumoso, bullente, oloroso, límpido. Casi semen.
        Tuve una erección. Estaba vivo. Aunque me negara a seguirlo estando.
        Levanté la cabeza y me vi.
        En el espejo del baño me corrían un par de lágrimas por las mejillas.
        No estaba llorando. No soy uno de esos personajes masculinos que lloran solos de una punta a otra de la literatura cubana.
        Soy Orlando Luis. Soy el mejor. Soy el que estábamos esperando.
        Además, las mujeres no creen en lágrimas. Ni en Pittsburgh ni en La Habana ni en ninguna aldea o megápolis de Pennsylvania.
        Recordé una palabra de infancia, regalo de mi madre: botiquín.
        Y después otra: mercurocromo.
        Y otra: rojo aseptil.
        Yodo.
        Violeta de genciana.
        Jarabe de tolú.
        Curitas.
        Supositorio.
        No estaba en Cuba, por suerte.

        Simplemente me estaba despertando en los Estados Unidos.

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