martes, 24 de octubre de 2017

Isauro, la 1, y el supremacismo blanco

CAPÍTULO 11. 
Isauro, la 1, y el supremacismo blanco


        La ruta 1 era del paradero de Párraga. Iba hasta el muelle de Luz, creo. Y atravesaba Lawton de una manera muy rara. Cerca de la loma del Burro, bastante lejos de mi casa.

        Recuerdo cuando las 1 eran Leylands. Las ventanas tenían barrotes y había un cordelito con una campana. Igual que ahora lo tienen aquí.

        La ruta 1 en los Estados Unidos va desde Clayton hasta la estación de Central West End, haciendo un lazo en la Washington University de Saint Louis.

        Es una 1 que pasa justo por el frente de mi casa, en Waterman Boulevard. Años atrás, en Providence, Rhode Island, también viví un tiempo en otra Waterman Street.

        A falta de mar, Waterman.

        De noche, esta 1 la maneja un blanco traslúcido. Un hombre de otra época. De completo uniforme, tan azul como las venas que se asoman bajo su piel. Con un reloj analógico de guaguero colgando de la correspondiente cadena a imitación de la plata.

        Las manos de uñas cuidadísimas, de mujer. El cuello del uniforme almidonado, acaso por una mujer. Y una gorra de reglamento, tan respetable como risible en su rigidez.

        Ignoro su nombre. Yo lo llamo Isauro.

        Como el Isauro chofer que vivía en mi cuadra de Lawton.

        He debido venir inverosímilmente hasta el Mid-West norteamericano para reencontrarlo.

        Isauro era el esposo de Tati. Se murió en Cuba un día de entresemana, a las cinco de la tarde.

        Esto lo recuerdo por Tati, que decía siempre, sin importarle mis cinco o seis años:

        ―Cada día, a las cinco de la tarde, lo que quiero es que la tierra se abra y me trague.

        Y un día la tierra la complació.

        Su Isauro era igual que mi Isauro. Un blanco traslúcido, otro hombre de otra época anterior a las que les tocara en suerte o por desgracia vivir.

        Igual los dos de completo uniforme, un azul venoso. Y uñas delicadas, lenguaje delicioso, más el retintín de sus descomunales relojes de cuerda pendulándoles a la cadera, según los frenazos y baches de sus respectivas guaguas. Las 1.

        Hay noches en que pienso que el Isauro de Tati me ha venido a buscar hasta este barrio sin memoria en la ciudad segregada de Saint Louis.

        Hay noches en que sueño con él, con ellos. Los Isauros, isómeros de mi muerte mansamente Missouri.

        Aunque parezca imposible, los dos me contaron historias de conspiraciones y almas en penas. El primer Isauro, en cubano. En el aire límpido de aquella Cuba recién nacida de los años setenta. Y el segundo Isauro, en inglés. Citando canales de YouTube y emisoras de radio a las que él llama puntualmente después de la medianoche, para persuadir de su paranoia a un público mucho más populoso que yo.

        He tenido el privilegio que le fuera negado a Tati.

        Ver otra vez a su Isauro. O al menos imaginarlo en mi otro Isauro.

        Choferes de la 1. Blancos espectaculares. Una raza ciertamente superior, comparada consigo misma.

        Hombrazos calculo que con menos de setenta años. Pulcros, inteligentes, amorosos con sus mujeres, y quién sabe si hasta un poco adúlteros, como es debido, pero sin fallarle jamás a la casa.

        Muertos cada uno antes de su tiempo. Pero, a la vez, cada cual muerto justo a tiempo para evitarse a sí mismos la humillación de envejecer demasiado.

        Choferes sabios de la ruta 1, al volante de una vida sin renegar de su condición de mortales.

        Todo lo contrario de mí, que los recuerdo aquí y allá a ambos, pero a fuerza de ser precisamente una especie perversa de anti-Isauro.

        O, en el mejor de los casos, a fuerza de ser una estéril encarnación, mitad tempranera y mitad tardía, de la pobre Tati de los setenta cubanos.

        El exilio, aunque sea de mentiritas, es ser una Tati un día cualquiera de entresemana, asomada con azoro al borde de aquellas primeras cinco de la tarde.


        

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