viernes, 13 de octubre de 2017

Viejuca, dame de comer.


Mi novia de la vejez en WashU
Orlando Luis Pardo Lazo


Yo pensaba que esto sólo pasaba en Cuba. Pero no. Pasa también en los Estados Unidos. Y mucho. Donde quiera que haya recepciones con comida gratuita, allá va un número de personas a hacer acto de presencia. Es decir, a comer como desquiciados. Las más de las veces, a comer y a llevarse otra cuota de comida para sus casas. Si es que tienen casas.


En Washington University in Saint Louis, Missouri, hay varias personas así. Todas muy mayores de edad. Pero no se pierden una conferencia. Podrían tener ya como cinco o seis PhD en varias disciplinas, de tantos temas que ellos y ellas han escuchado cada día, siempre a la caza del consabido platico con ensalada y alguna carne fría, siempre con una jabita de nylon lista para contrabandear las sobras de la élite intelectual.


No me van a creer, pero aquí ya todo es igualito que en Cuba, cuando las recepciones de la UNEAC y el ICAIC, por ejemplo, se repletaban no sólo con poetastros y cineastas hambrientos, sino también con ancianos salidos como de ninguna parte, usando con orgullo de clase sus raídos trajes elegantes y sus ostensivas dentaduras de plástico.


A Washington University in Saint Louis siempre viene a comer una señora vestida de negro. Usa sombrero negro también, calado sobre su pelo de plata casi hasta la altura de su mirada. Esos ojos de un hálito azul dulzón y un poco como de bruja buena. Preciosa debió de ser. Cuando preciosa lo es hoy todavía.


Jamás le he hablado a esta señora enigmática. Pero en ocasiones coincidimos los dos en los ómnibus del transporte público. Ignoro si ella paga o no paga. Sólo sé que no interactúa con nadie. No mira a los lados. La vista clavada en el infinito. La tristeza escondida con arrogancia. Así fue que me enamoré de una mujer muy mayor. Y una vez hasta me atreví a tomarle una foto. Pero ahora no me atrevo a publicarla. (Discúlpenme, pero me están cazando la pelea, y por cualquier bobería podrían acusarme de cualquier imbecilidad.)


Lo cierto es que pienso en ella como en mi novia de la vejez. Yo también estoy envejeciendo a pasos agigantados en este páramo perverso que es el mid-west norteamericano, en el corazón del corazón de la América.


Lo cierto es que yo también voy a comer gratis en las recepciones y charlas de la blancada profesional, a la par que intento terminar mi PhD en Literatura Comparada, aunque la izquierda académica crea que yo no tengo lugar aquí, por ser un escritor reaccionario que defiende al capitalismo y a la democracia. Igualito que en Cuba, las universidades de Estados Unidos parecen ser ya únicamente para los revolucionarios.


Pienso en ella como en la “viejuca” en blanco y negro de Pulgarcita, ¿recuerdan? Aquella señora era sin duda mi personaje preferido de una infancia real-socialista a ras de la TVC.


Hay días en que me doy cuenta que la señora de negro va de luto porque ya está muerta, y quien viene a comer a WashU es apenas el recuerdo de su fantasma. Otros días entiendo entonces que en realidad esta señora es una inmortal. Y, de hecho, me está esperando con su atuendo funerario en mi propia vejez de exilio, para, en efecto, casarse conmigo y ser mi novia postrera, justo un día antes de morirnos ambos en alguna lectura de mala narrativa en inglés o acaso durante un panel sobre la formidable falta de libertad de expresión en los campus universitarios de USA, empezando por Washington University in Saint Louis, donde cualquier debate de aula puede terminar en una denuncia de jaula.


Pienso en esta mujer anciana como en una metáfora de la libertad. Viene a la universidad exclusivamente a lo suyo. Come y se va. No se regodea en las mil y una charlas a las que asiste. No se contamina de socialismo, ni siquiera de solidaridad. Es un individuo. Justo lo que no tenemos en Cuba. Y justo lo que se está extinguiendo hoy en los Estados Unidos, por el pánico que todos sienten de ser ellos mismos.


Amo a mi bruja de azabache y azahar. Amo a la bruja que come gratis en mi universidad. Sueño con estar tan viejo como ella para poder casarnos y hacerle mansamente el amor, antes de dejarnos morir con una sonrisa asocial en nuestros labios cuarteados por el tiempo y la soledad.


No sé su nombre. Nunca se lo he preguntado. Mejor así. Conservo apenas una foto tomada como si yo fuera un ladrón, para no olvidarla. Amar es eso. No conocer el nombre anónimo de la rosa. O conocerlo, pero no tener ninguna necesidad en la vida de pronunciarlo en voz alta. Amar es saber callar entre dos.


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