lunes, 30 de octubre de 2017

Yuli Gurriel y Yu Darvish contra la izquierda snowflake fascista


Solidaridad con Yuli Gurriel: 
¿Chinito y qué, cubanito y qué?
Orlando Luis Pardo Lazo


Una de nuestras mejores estrellas cubanas de beisbol, Yulieski Gourriel ―rebautizado como Yuli Gurriel en las Grandes Ligas de los Estados Unidos―, recién ha caído en una trampa energúmena, en un traspiés de esos que tanto excitan el morbo de una izquierda infantilizada al punto de la infamia.

De hecho, el astro cubano que juega hoy con los Astros de Houston, Texas ―y que es hijo del jonronero ya retirado Lourdes Gourriel―, es en realidad una víctima de las macro-agresiones mediáticas que día a día envenenan el sentido común de Norteamérica, revelando de paso el lamentable estado de ira, ignorancia e indolencia moral que se vive hoy de una costa a otra costa de dicho país.

De más está decir que Yuli Gurriel no hizo absolutamente nada reprochable. Y lo más kafkiano de todo: Yuli Gurriel no hizo absolutamente nada de nada.

Simplemente no hubo conducta ninguna que condenar, pero igual el infielder cubano fue juzgado de antemano por las redes sociales socialistoides de EE.UU., y a la postre ya ha sido sentenciado a una suspensión de cinco partidos sin salario, tan pronto comience la próxima temporada en el 2018.

Nuestro cubanito estrella estaba tranquilamente en el banco de su equipo, sin realizar ningún tipo de demostración que pueda ser considerada como un gesto o una declaración en público. Pero las cámaras de televisión lo estaban espiando, como se caza a un animal de feria.

Supongo que en los Estados Unidos semejante falta de respeto a la privacidad, y semejante acoso en masa a un deportista de élite, sean bien vistos dada la tétrica tradición represiva que se ha vivido siempre aquí, donde el chisme y las cacerías humanas ―de aborígenes, de esclavos, de herejes, de forajidos― son unos de los pilares patrióticos de la norteamericanidad.

Yuli Gurriel hizo, por lo tanto, un comentario jocoso casi en privado sobre “el chinito” Yu Darvish de los Dodgers de Los Ángeles, California, quien ni siquiera es chino sino japonés, y tal vez por eso no se siente del todo ofendido. Yo diría más: no debiera sentirse ni siquiera aludido.

Gurriel estaba sencillamente eufórico, pues acababa de conectar un jonrón que dejó plantado en el box a su rival. Corrió como un cohete las cuatro bases, saludó a todo su equipo y se coló en el dogout de los Astros. Sólo eso. Y lo único que dijo entonces, acaso para sí mismo, fue que el “chinito” esta vez no había podido hacer nada para que la pelota no se fuera del parque. Y, como buen cubanazo, representó la palabra “chinito” estirándose los ojos a la manera asiática. Como mismo lo hacemos tú y yo desde que tenemos uso de razón: ¿chinito y qué, cubanitos y qué?  

Basta de mediocridad mediática y de fobia al macho: es más que obvio que nunca hubo ofensa por ninguna parte. Basta de bobería y de bellaquería, que en realidad son dos maneras de vengarse de los vencedores, con las que cuenta el bullying brutal de la izquierda. 

Y ya. Hasta aquí la pataleta de los periodistas perversos. Punto final al supuesto “racismo” del que han acusado a Yuli Gurriel los caza-racistas radicales de la internet: esa plaga de envidiosos y mentirosos, sindicato de fake news sin otro talento que no sea el de denigrar a los que sí triunfan por su propia voluntad, virtud y tesón.

Ambos jóvenes son atletas de excepción, en franca y fraterna competitividad. Y en un juego de pelota, donde la corrección política sería un sinónimo de comemierdad, es sabido que los peloteros se tiran siempre sus puyas, se retan al duro, se acaloran a la hora de discutir, dan el cuerpo y el alma para derrotarse mutuamente en tanto profesionales de alto rendimiento, y se mofan sin maldad, por supuesto, tal como un minuto después se dan la mano, se aplauden en no pocas ocasiones, y se solidarizan entre sí cuando ocurre alguna tragedia sobre el terreno: como un pelotazo, por ejemplo, o un golpe sin querer durante un deslizamiento violento sobre las bases.

En este sentido, Yuli Gurriel y Yu Darvish no son la excepción. No hay la más remota sombra de malos sentimientos de ninguno hacia el otro. De hecho, Darvish no pidió ningún castigo para el cubano, sino que dijo que era algo que bien podían dejar atrás, porque “nadie es perfecto”.

Pero enseguida la prensa histérica, siempre en busca de titulares y de ganancias ―peor que una esposa adúltera y vil―, los ha puesto ahora al uno a fajarse en contra del otro. Por cierto, sin lograrlo. Hombre contra hombre en la picota pública: que se maten entre ellos, mientras los activistas de izquierda siguen gozando y ya olfateando cuál será su próxima presa (acaso yo, por escribir esta columna a golpes de corazón).

Para colmo, en este caso intentaron ponerlos al uno contra el otro sin ninguna razón. Por puro espíritu de destrucción del ser humano, como primera etapa para destruir después al sistema capitalista que tanto desprecian de manera existencial.

Los cubanos bien sabemos que se trata de una cuestión de sentido común. Que nuestro Yuli Gurriel es un chiquillo jocoso y jorocón, una buena persona e incluso hasta ingenuo en medio de la millonada que él se gana y muy bien ganada. Sabemos que su carrera de pelotero es durísima como la de todo exiliado cubano. Y sabemos que en Cuba a él jamás se le pagó un salario digno, y se le trataba como un rehén del deporte esclavo de la Revolución.

Ah, pero nada de esto le importa a los medios masivos, invadidos de pensamiento igualitario e ideologizados al punto de la idiotez. Por eso nada de esto nos debe importar a los cubanos tampoco. No tenemos patria, es cierto, pues el castrismo nos arrebató a Cuba a perpetuidad, pero por lo menos tenemos una cultura de verdad y no ese multiculturalismo tan falso como fascista que amenaza con tornar a los Estados Unidos en un estado fallido, fósil, funerario.

Cubanos sin Cuba: apoyemos a Yuli y a Yu, dos estelares entre estelares de las Grandes Ligas. Y mandemos para casa del recontracomunismo a quienes no saben nada de beisbol y tampoco nada de racismo, pero son los primeros para criticarlo todo con su mirada mitad marxista y mitad malvada, mitad intelectual y mitad infame.

Gurriel y Darvish pertenecen a un futuro en libertad. Ambos se lo merecen. Y quienes los atacan manipuladoramente ojalá desaparezcan muy pronto, bajo el peso de su inútil pedantería, ninguneados por la América emprendedora por la que, por suerte, apuesta el actual presidente Donald J. Trump.


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